¿Qué pasa con las representaciones de la poesía y con los poetas en la sociedad estetizada y global? ¿Cuáles son las actuales formas de receptividad de la poesía? ¿Le pasa a la poesía lo que aconteció con la música clásica, es decir, estamos ante el fin de sus rituales como práctica casi cotidiana? ¿Está siendo desterritorializada la poesía por la sociedad mediática?
Estos interrogantes están unidos al cambio que las industrias culturales operan en los campos de las representaciones estéticas. Los paradigmas modernos de la poesía y del poeta se balancean en una cuerda demasiado floja que cautiva quizás por la expectativa de la caída o por la capacidad para llegar a nuevos linderos. Con espíritu de malabarista, la poesía camina a tientas, siendo seducida ora por tablas salvadoras que le encadenan, ora por su fecunda rebeldía que la excluye. Entre la salvación institucional y la subversión marginal, ella cruza el campo minado de los rituales del consumo de la estetización cotidiana y del show mediático. Esto lleva a que cambiemos el sentido de nuestras preguntas. Hoy no es tiempo de interrogarnos qué es la poesía, es decir, sobre su esencialidad, sino el de responder qué está pasando con su universo estético. Y es desde allí de donde quieren partir estas reflexiones, pues, de la misma manera que la pregunta por lo bello se agotó para dar paso a las inquietudes sobre lo que le pasaba al arte, el resquebrajamiento de los fundamentos histórico-metafísicos modernos han mutado las indagaciones, ubicándonos en nuevos y sorprendentes territorios.
El poeta que se aventura con cautela sobre las cuerdas de la cultura, a punto de dar un paso o tropezar, está cautivo por otras representaciones sensibles. No se escapa del fuerte impacto que éstas han dado en el corazón del lenguaje. No es su intención huir y guardarse de las tormentas. Su pasión está asaltada; su ideal sometido a transformaciones. Nuevos registros, nuevas pulsiones.
El cambio en las representaciones estéticas, que en la actualidad es tan cotidiano, va dejando abandonadas en el camino infinidad de categorías tradicionales y modernas, las cuales sirvieron a varias generaciones para provocar preguntas, edificar obras de gran valor histórico. A la poesía la asaltan -como a todo el arte actual- los síntomas de los géneros clip, la explosión de sus regímenes linguísticos, el paso de la expresión subjetiva -los romanticismos vanguardistas- al de programación procesual, manifiesta en las estéticas de las interconexiones contemporáneas. Estas mutaciones se asumen sin carga de culpabilidad y sin drama, pues es otra sensibilidad la que las lleva a cabo, otras voces las que las ejecutan. Así, por ejemplo, la idea del tiempo histórico, tantas veces asumida como una esperanza por los siglos épicos, se ha cambiado en inmediatismo e instantaneidad. El poeta moderno vanguardista, quien sobrellevó el peso de su trascendencia al constituirse en “actor social” con responsabilidad y conciencia histórica, observa que se liquida su heroísmo triunfante y se evapora la memoria histórica. De allí que el sentimiento de lo sublime, hijo del tiempo lineal con sus rupturas y catástrofes y de la obsesión por superar la fugacidad cotidiana con un ideal de permanencia, no constituya, para las nuevas sensibilidades de poetas, su mayor desgarramiento. Las guerras de la actual poesía quizá estén en otros campos. Los mitos ilustrados, románticos y vanguardistas, producen en estos poetas una risa cínica, con una aparente mueca de demolición.
Otros frentes, otros territorios. La evaporación del sentido histórico; la desublimación de la memoria creadora, llevan a pensar en una poesía hecha para una sociedad civil global virtual, es decir, para ciudadanos consumidores virtuales, cuya memoria sólo sirve para el olvido, el instante. El poeta-héroe, que dejaba su rastro sobre la tierra, se muta por un poeta que no desea heredar las pesadas cargas del tiempo y que brinca sobre su tradición con felicidad errante, sin angustia alguna. Todas las grandes rocas históricas quedan convertidas en un archivo museístico; se contemplan como objetos exóticos, o se reutilizan para provocar una espectacularidad efímera. Pierden su fuerza provocadora, sus peligros. El poeta virtualizado ya no necesita proclamas ni manifiestos para legitimar la acción. Su intención no está en aclarar qué es o no arte. Se ha despreocupado del esencialismo y de los fundamentos últimos de lo poético como formas necesarias para la vida. Agotados los tiempos de la autoconciencia artística filosófica, otras actitudes rondan. Sin determinismos ni discursos legitimadores, todo es posible, ¿entonces para qué justificar conceptualmente las acciones?
De esta manera, al no sentirse preso de la tradición, sus actitudes se vuelven trans-históricas, fuera de los lindes de las categorías modernas. De allí que al poeta se le haya incapacitado con la virtualización de su acción civil, mucho más que en la etapa del historicismo triunfante, y ello a pesar de que nos parezca lo contrario. Sí, es cierto, hay más medios de difusión, rápidos, baratos y eficaces. Poesía en la red, poesía velocidad. Pero, ¿se le escucha al poeta? ¿Se le da real importancia a su palabra o se le engaña con sofismas de difusión en públicos-masa, no lectores, restándole su potencia inventora y contestataria?
Nuestra propuesta no está en tratar de tornar al pasado con ojos de llanto nostálgico. No. Algo se ha roto aquí. Se trata de pensar, con sentido más creativo que fóbico, cómo aprovechar esta virtualización de la actividad del poeta. En realidad es un amplio trabajo de asimilación y de educación de esa otra forma de subjetividad no conocida en los siglos épicos historicistas y construida por esta época de inmediatez en la sociedad clip. El beneficio de la virtualización es poner a navegar una presencia a distancia para construir públicos-lectores críticos; un ágora virtual activa, mínima en comparación con los macro-mercados, pero importante como productora de sentidos en la virtualidad de la acción estética y política. Se debe iniciar por superar el sentimiento de inutilidad que deja en los poetas su participación entre los ciudadanos de consumo rápido; participar en diálogos, simposios digitales; gestar excelentes revistas de calidad en todos los formatos posibles; promover encuentros globales; utilizar la velocidad de las redes para la reflexión, las denuncias, las propuestas. A pesar de saber que los nuevos macro relatos (Mercado y Medios) tienen en su naturaleza un espíritu de invasión y de relajación de las sensibilidades, la poesía debe luchar por entrar al debate desde y sobre su virtualidad telemática, tratando de esclarecer su razón de ser bajo estas condiciones.
Tal vez sea demasiado prematuro para descifrar qué extrañas conquistas traerán estas recientes cartografías de lo sensible, pero algo vislumbramos entre la niebla: algunos poetas tendrán la actitud de aprovechar su virtualidad y las mezclas de estilos y géneros, para crear obras de gran calidad que subvierta, desde lo global o local, las estéticas de la estandarización y repetición. Otros aprovecharán la inmediatez del instante digital para lograr introducirse en las redes blandas con un sentido más crítico que supere al actual pragmatismo tecnócrata y utilitario de Internet, proponiendo poéticas renovadoras. Confrontación y aprovechamiento. He allí la actual ambigüedad del poeta: estar dentro de la globalización y en la periferia de la misma. En el adentro como crítico no conciliador; en la periferia como reflexivo, combativo, no escapista. Expectante y lúcido, es decir, sacando luces para alumbrar estos brumosos laberintos. Y aunque su pretensión no es la de ser guía de rebaños, nunca debe perder la fuerza de ayudarnos a vivir más conscientes e intensos en el filo de las navajas.
¿Queda, después de esto, espacio para el melodrama por las “pérdidas” de sentido tradicional poético? ¿Es posible, en medio de esta virtualización, seguir preguntando sobre cómo asumir las viejas categorías escriturales? Cambio de pregunta y de preocupaciones.
Creemos que al poeta le queda todavía mucho que hacer, pero es menester cambiar su antigua armadura por actitudes nuevas, analíticas y certeras. No se trata de deponer la crítica, se trata de actualizarla. A pesar de la sistemática censura y de la metódica exclusión que casi todos los Mass Media llevan a cabo sobre la poesía, ésta, sin descuidar ni un segundo la terrible enajenación masiva global, debe aprovechar la sociedad de la información para interrogar con inteligencia y valentía lo que destierra la vida del hombre. Donde escuche gritos de tortura debe imponer un subversivo espasmo; donde se le relaje su fuerza poética, debe tensionar el arco con una palabra activa. La poesía, como formación constante del asombro y sin miedo ante los misterios que recorre, está dispuesta siempre a cambiar de piel, pero sin dejar abandonado el cuerpo en el campo de combate. No se da por vencida, de allí su gracia permanente.