



Sentir la inutilidad de la actividad poética en este tiempo cuando un totalitarismo financiero y mediático ha cobijado con sus redes casi toda cotidianidad posible, es quizá el síndrome de fracaso del creador actual. Bajo las llamas de los imperios, que desean controlar todo sin que nos demos por enterados, el poeta con su quemante palabra se siente indeseado. No hay acción real que valga, más cuando el imperio globalitario está empeñado en desconocer a la opinión pública y a la sociedad civil, imponiendo su unilateral discurso sobre diferentes propuestas y posiciones. Desaparición de los ciudadanos, invisibilidad de su imagen.
En estas cartografías, con sus novedosas y seductoras formas, se ignora casi por completo al hombre político y cotidiano, se desrealizan las luchas de los pueblos, se rechazan sus peticiones. Las llamadas democracias muestran la estrategia fatal de los simulacros. Al ciudadano se le invita a una obra de teatro como convidado de piedra. Impera el cinismo del aquí todo es válido y posible, se da licencia a los asesinos. Bajo tanta presión impositiva ¿en qué hemos quedado convertidos? En cuerpos de silencios; en voces sin eco alguno; en la marginación de angustias y proclamas. De allí la sensación de la inutilidad del trabajo del poeta, el sentimiento de pérdida de su palabra en el corazón de los hombres. El poder siembra la sensación de la derrota y del fracaso del arte; se encarga de crear un ambiente donde no se le da ninguna importancia a la crítica vital del poeta. Pero éste se mantiene solitario y solidario muy a pesar de las bestiales embestidas y de las tácticas para silenciarlo. Como hombre desaparecido, se sostiene en la ventisca alzando su brújula, su veleta y barómetro para registrar las presiones de su tiempo. No se descuida, pero tampoco engaña con ingenuos y vergonzantes optimismos. Se tensa planeando la forma de hacer mirar su figura oculta tras poderosos velos. En ello consiste su valentía, la consagración a un oficio y destino.
Cierto, el sistema-red proclama libertad y la niega con arrogante cinismo; arenga democracia y la anula con un discurso unilateral y fuerte; pide participación y vuelve espectáculo cursi a todas las opiniones; dice permitir las diferencias y activa, con sus mecanismos de poder, la homogeneización de las alteridades; habla de humanismo solidario y con su pragmatismo lo transforma en humanitarismo caritativo. Pero ante estas fauces hipócritas, el poeta pone a funcionar su palabra, la cual, por supuesto, no desmorona el sistema-red totalitario, pero sí lo cuestiona; no pulveriza al minotauro, pero sí facilita ver su verdadera cara.
Demasiados pesimismos asaltan el trabajo del poeta en tiempos de abismos y tormentas. ¿De qué servirán sus palabras bajo tantos fuegos cruzados? La idea de la impotencia de la poesía ha sido motivo de reflexión durante años. Sin embargo, allí sigue inventando asombros, descubriendo lo cubierto, instaurando realidades donde antes sólo había vacíos. Con la pasión a su favor, levanta una obra, la ve caminar por el mundo, posarse en distintas miradas provenientes del terror o de la dicha. Crea lectores. Cada poeta inventa los suyos; los crea según la intensidad del lenguaje, los cuida, los pasea por el mapa de sus imágenes. Así, la palabra toma sentido y gracia, posibilidad de ser. Por lo tanto, la actividad del poeta en tiempos terribles - como son todos los tiempos- es ser el anverso de la utilidad pragmática, eficaz y eficiente de la sociedad del mercado. Su obra no la elabora con la mentalidad del administrador de negocios para ser útil. El sistema-mundo le exige productos y resultados concretos que lleven al éxito, pero él le lanza interrogantes, asombros, inquietudes; la cultura le pide ser práctico, pero él se niega a instrumentalizar la vida del hombre; se le obliga a cambiar su pensamiento crítico-creativo por un funcionalismo trivial, relajado, pero él se tensa ante los engaños y simulaciones. La primacía de lo administrativo y planificado en el mundo de la sensibilidad efectista, filtra entre los ciudadanos una monstruosa idea: la estupidez de la actividad estético-poética, y esto no es otra cosa que control y vigilancia de la pulsión del poeta, su destierro total de las actividades cívicas y cotidianas. Si desea entrar al juego de los ganadores, debe mostrar un arte funcional, decorativo, complaciente, que sea eficaz y cumpla con la teleología del consumo, o bien, una poesía que supere el distanciamiento, se identifique con el entusiasmo de lo impactante y espectacular. Si así se dan las cosas, el poeta desfilará por la escenografía del fashion lumínico, con pequeños golpecitos dados en la espalda por su amo de turno, agradeciéndole la colaboración y servicio.
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