Las fantasías de Mujica y Roa - Glosas castellanas
2 - Glosas castellanas
El ingreso como redactor del periódico argentino La Nación, en 1932, tras haber iniciado sus estudios en la Facultad de Derecho y abandonarlos dos años después, supone la confirmación primera de la vocación literaria de Manuel Mujica Lainez. A lo largo de los años, compaginará ambas tareas, convirtiéndolas en las dos caras de una misma moneda: sus críticas de artes proporcionarán al escritor la materia de sus narraciones. Pero fue también Mujica un exceso lector de la fantasía de Cervantes. Guadalupe Fernández Ariza señala como su embrujo, continuo y constante a lo largo de toda su producción literaria, se manifiesta ya en esta primera obra, “Mujica desde el comienzo recibió el influjo mágico del Quijote: las Glosas castellanas pueden proponerse como ejemplar homenaje al legado de Darío y de Lugones, del que Mujica se erige en depositario, pues, como indica en Bomarzo, Cervantes es el modelo supremo”. (103) Configurada como continuación “más allá de lo imaginado por Cervantes” (Fernández Ariza 103), Mujica pretende seguir la senda abierta del hidalgo caballero cuyo poder de atracción alcanzara tanto a “curiosos, eruditos y soñadores.” (Glosas castellanas 32)
La obra se compone de una serie de ensayos a manera de narraciones de las cuales nos interesa, principalmente, la segunda, “Prosas quijotiles”, en la que presenta Mujica algunos de los episodios que Cervantes olvidó. Así, proclama la posibilidad de un encuentro casual en la Ciudad Imperial entre don Quijote y el Greco, permitiendo que el genio cretense, de igual manera que el genio castellano, nos dejara en sus cuadros, como este en sus escritos, pinceladas de la imagen del caballero andante,
Lo mismo que el guerrero de Lepanto logró sujetarlo dentro de la malla fuerte de su prosa, un pintor hubo que fijó someramente su fisonomía y su hechura. Es aquel que, frente al portal del casón toledano, leía en el texto griego las «Oraciones Éticas» del obispo de Cesárea. No le hizo un retrato solo, de cuerpo entero, porque se escapaba a lo humano conseguirlo. Mas en todos sus cuadros queda un reflejo del enamorado de Dulcinea. Esta nariz, estas pupilas, que alumbran los salones del Museo del Prado, suyas fueron. Suya esa mano fina, abierta como una flor sobre el pecho. Suya la frente aquella despejada. Ya aquel meditar, suyo también.
El alma está, asimismo, presente y diseminada en las telas numerosas. Simboliza alguno de los modelos la valentía del retador de gigantes, el otro su locura, su piedad y su desencanto postrero, los otros. (“El pintor de don Quijote” 45-46);
o cuenta una nueva y última aventura de Sancho, sólo, tras la muerte de su amo, confundiendo, especularmente, los bandidos que acuden al encuentro de la comitiva por carneros, “-«Eran carneros -susurra-. Le digo a Vuesamerced que eran carneros. Mi señor les hubiera desbaratado con su lanza. Mi señor sufría de extrañas visiones. Yo preferí aguardarles quedo y permitirles seguir su viaje. Verdad que me han magullado un tanto…»” (“El escepticismo de Sancho” 52). “Los duques”, en cambio, deviene crítica social a un estamento acomodado y ocioso, a un mundo cortesano vacuo y sin sentido, que se mofa de la locura de don Quijote cuando no ve su propia decadencia y su propio error,
Y ni el señor duque ni la señora duquesa advertían que, así como él iba en pos de quimeras, quedaban ellos de quimeras en pos. Que si es absurdo el llamar ejércitos a los carneros y gigantes a los molinos y escoger por norte y guía a fábulas estrafalarias, no lo es menos el desvivirse por futesas y besar de continuo la diestra de la Señora Vanidad. Creyó Don Quijote en la posibilidad de lo imposible. Sus modelos, de tan perfectos, escapan a la humana condición. Aspiración suprema de los duques, en cambio, fueron los dictados últimos de la moda, así en lo que a lo material hace, como a lo moral. Pasó el uno por el mundo con el alma limpia, deshaciendo entuertos a su manera, pues la intención pura no le faltó jamás. Representaron los otros una dorada pantomima, entre los abanicos de los lisonjeros. Esclavos fueron ambos: el de la Triste Figura, de sus sueños demasiado altos, y los duques de sus menguados prejuicios. Miraba él al cielo, barnizado de nubes, y ellos a la tierra, alhajada de tramoyas y bambalinas suntuosas. (“Los duques” 42-43).
Nuestro interés se centrará en la primera de las composiciones que conforman este segundo ensayo de las “Prosas quijotiles”. “El cura y el barbero” es una continuación -en esto más en la línea de la historia sobre la aventura de Sancho o incluso el encuentro con el Greco que en la de la ácida crítica al estamento nobiliario- del escrutinio cervantino. Cuando las luces del teatro se apagan, cuando baja el telón y los actores dejan la escena y en ella sus máscaras, la pluma de Mujica los retoma mostrándonos sus verdaderos pensamientos, sus miedos y temores, sus anhelos y esperanzas: “Ya tocó a fin el «donoso y grande escrutinio».” (38). El episodio que Cervantes nos narra en el capítulo VI de la Primera Parte de su obra ha terminado, las cenizas, restos del fuego en el que se consumieron los causantes de la locura de Alonso Quijano, son esparcidas por el viento que elimina con ellos los últimos rastros de la que fuera biblioteca del hidalgo manchego. Tapiado ha quedado el aposento donde esta tuvo su lugar, obra de la mente del cura y el barbero, del ama y la sobrina, y no de un malvado encantador celoso de la valía y valor del caballero andante. Los dos primeros párrafos sirven como contextualización, como nexo de unión entre el modelo utilizado -la obra de Cervantes- y su propia labor creativa, el trasvase que unifica lo ajeno y lo propio, lo ajeno en lo propio. En el fuego “caracolean” los personajes de los libros de caballerías condenados, caracolea Florismarte de Hircania, “-¿Ahí está el señor Florismarte? -replicó el cura-. Pues a fe que ha de parar presto al corral, a pesar de su estraño nacimiento y sonadas aventuras; que no da lugar a otro cosa la dureza y sequedad de su estilo.” (Don Quijote de la Mancha I 132), caracolea Olivante de Laura, “-El autor de este libro -dijo el cura- fue el mesmo que compuso a Jardín de flores; y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; sólo sé decir que éste irá al corral, por disparatado y arrogante.” (132), y caracolea también Palmerín de Oliva, “-Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden della las cenizas” (134). En este particular “acto de fe” el fuego ha devorado a estos tres libros, así como al resto de los que acabaron en la pira del escrutinio, “alimento de su locura”, condenando la desmedida imaginación de don Quijote.
Emprenden entonces, el barbero y el cura el regreso a casa con aquellos volúmenes que, su criterio, ha considerado adecuado y no pernicioso al buen gusto y a las buenas costumbres: Amadís de Gaula, que, después de que el cura lo condenara al haber sido el primero de los libros de caballerías, “-Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego” (130) [1], es salvado por la intermediación del barbero, “-No, señor -dijo el barbero-; que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar.” (130); Belianís de Grecia, nuevamente salvado por el consejo de Maese Nicolás, aunque requiera, considera el cura, “de un poco de ruibardo para purgar la demasiada cólera suya, y es menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras impertinencias de más importancia, para lo cual se les da término ultramarino, y como enmendaren, así se usará con ellos de misericordia o de justicia” (134) por lo que lo deja en su custodia con el encargo de que a nadie lo dejara leer; y, Tirante el Blanco, que cae a los pies del barbero cuando el ama, ante el mandato del cura de tirar el resto de libros de un tamaño mayor -aquellos que versaban sobre caballeros andantes- asiera “casi ocho de una vez” (134), para alegría y regocijo del cura,
-¡Válame Dios! -dijo el cura, dando una gran voz-. ¡Que aquí esté Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Quirieleisón de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante le hizo con el alano, y las agudezas de la condella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros deste género carecen. (134-135)
Por engañar el tiempo, tan lento y mortal en su discurrir, en la oscuridad de la noche, de igual manera que Alonso Quijano -ocioso los más ratos del año, pasando las noches en la lectura de claro en claro-, el cura y el barbero comienzan a leer el primero las aventuras de Amadís, el segundo las batallas de Tirante, el cura Pero Pérez tal vez movido por las palabras de elogio del barbero, maese Nicolás por el consejo del licenciado (“Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho.” Don Quijote de la Mancha I 135) La lectura solitaria de ambos personajes, “el uno tras el espejismo de Amadís y el otro tras el de Tirante” (“El cura y el barbero” 40), hacen nacer en ellos la fantasía de recorrer, del mismo modo que los caballeros andantes, el mundo es pos de la justicia y la fama, la locura quijotesca,
y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. […]
En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. (Don Quijote de la Mancha I 100-101).
Los dos sueñan emular no ya al loco de don Quijote sino al Bueno de Alonso Quijano que, olvidando la relajación de su vida y la comodidad de su hacienda, emprende el viaje por los caminos de la Mancha con el único “deseo de hacer el bien, sin buscar en pago más galardón que el debido de la fama” (“El cura y el barbero” 40). También desean ellos ahora fervientemente, resucitar el arte antiguo de la caballería andante, el uno trucar bacía y “navaja espumosa” en rodela y espada, el otro emular a aquel “arzobispo Turpín”, compañero de batallas de los barones de Carlomagno, personaje de uno de los libros quemados en el escrutinio que había llevado a cabo, el Espejo de caballería (“Ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce Pares, con el verdadero historiador Turpín” Don Quijote de la Mancha I 133), y con quien lo confunde don Quijote en la novela de Cervantes [2]; cambiar sus vidas de burgueses rurales reducidos su mundo al de su pequeña aldea por la vida de los caballeros andantes en su recorrer los caminos en busca de nuevas y sorprendentes aventuras. Mas, finalmente, el día llega [3] y con él el recuerdo “de la regalada y perezosa existencia a que están habituados” (“El cura y el barbero” 40), olvidando con él los sueños que les asaltaron con el correr de la noche y de la lectura. El plato de lentejas que la mujer del barbero lleva a su marido, el palomino tierno con el que regala el ama al licenciado, escarbándoles el vientre, les devuelven a ambos a su verdadera realidad, “¿A qué -meditan- me he de lanzar a proteger a otros, cuando tal misión es administrada por los cuadrilleros de la Santa Hermandad? ¿A qué buscar lo imposible y pretender lo que se encuentra fuera del humano alcance? Cuídese cada uno de lo propio, que quien siembra en tierra ajena intenciones generosas, a menudo recoge malandanzas.” (40-41) convencidos ahora de haber malgastado la noche “con inútiles papelerías”.
Mujica construye la continuación del episodio del “donoso escrutinio” como segunda oportunidad a la utopía, al triunfo de la esperanza, y, lo hace, paradójicamente, a través de aquellos personajes que Cervantes había configurado como destructores del primer intento representado por la figura de Alonso Quijano y su creación don Quijote. Los tres -Alonso Quijano, el barbero Maese Nicolás y el cura Pero Pérez- siguen un proceso similar, en todos ellos la lectura de las fantasías caballerescas hacen nacer un deseo irrefrenable de salir a la aventura. Los tres, también, tienen un mismo desenlace, en todos los casos la realidad supera y vence a la fantasía convirtiendo la utopía soñada en imposible. Sin embargo, el desarrollo que vive el proceso en el caso de don Quijote y en los casos del barbero y el cura son diametralmente opuestos, Alonso Quijano trata de alcanzar sus deseos, las tres salidas, aunque desgraciadas, son una muestra clara del poder de la ensoñación y de la esperanza. En cambio, el barbero y el cura desisten antes incluso de intentarlo, ocultan los ideales que han nacido en su interior tras la monótona existencia burguesa que llevan y esconden su fracaso tras las críticas (las que antes habían sido envidias ante un propósito que ellos mismos anhelaban) que desdeñan el intento de Alonso Quijano.
La victoria del cura y el barbero en su batalla contra los fantasmas de los ideales caballerescos, “La caballería andante ha sido puesta en fuga por el cura y el barbero.” (38), termina, sin embargo, convirtiéndose en derrota ante su imposibilidad para luchar por alcanzar sus propios sueños bajo el yugo de una realidad que los aplasta, realidad que es, también, la que aprisiona a la España del siglo XVII, la que oprime sus deseos y sus esperanzas. La imaginación se convierte entonces en un medio de evasión de una realidad que desagrada mediante la exaltación de una gloria y un esplendor ya pasado, como Góngora en su soneto “A Córdoba”, o en el vehículo de la crítica, en el reflejo descarnado de una realidad y una sociedad corrompida y desquebrajada, como la pinta Quevedo en el salmo “Miré los muros”. Pero puede ser también, siguiendo el ejemplo cervantino, la fantasía el reino en el que aún sea posible esta utopía: Alonso Quijano, lector de libros de caballería, recrea una realidad donde esta aún reina, un mundo en el cual los caballeros andantes recorren los caminos en busca de aventuras en los cuales socorrer y ayudar a los menesterosos. El de don Quijote es el triunfo final de la fantasía.
