



El concepto de identidad se encuentra estrechamente relacionado con el concepto de cultura. Ya en The Idea of Culture, Terry Eagleton argumenta como “culture is . . . a matter of self-overcoming as much as self-realization. If it celebrates the self, it also disciplines it, aesthetic and ascetic together” (5-6). Esta celebración del yo es posible sólo en base a un “otro” que refleje la diferencia identitaria. Manuel Castells define el concepto de identidad en torno a esta diferencia: “entiendo por identidad el proceso mediante el cual un actor social se reconoce a sí mismo y construye el significado en virtud sobre todo de un atributo o conjunto de atributos culturales determinados, con la exclusión de una referencia más amplia a otras estructuras sociales” (48). Estas “otras” estructuras sociales representarían otras culturas donde el individuo que define su identidad en base a estas sufriría una experiencia de alienación. Es en este sentido que John Bodley afirma en “Culture” como “self-identity usually depends on culture to such a great extent that immersion in a very different culture... can cause a feeling of confusion and disorientation. Anthropologists refer to this phenomenon as culture shock” (3).
Resulta, sin embargo, que en la era global en la que vivimos, estos “cultural shocks” están de moda, consecuencia, en gran medida, de la difusión de los límites entre “hig culture” y “low culture” en la postmodernidad. Existe un claro interés por parte de culturas diversas acerca de otras culturas, que en la actualidad se refleja en el comercio intelectual de la red o en lo que Fredric Jameson denomina “export and import of culture” (58) para definir el fenómeno de la globalización. A este respecto, Claudio Rama escribe en El capital cultural que
los pueblos tienden a consumir productos culturales precedentes de otros pueblos. No sólo cuando hay rasgos e identidades culturales comunes vinculadas muchas veces a los procesos de migración y transculturalización, sino aun cuando no existiendo ninguna comunidad cultural común, hay un interés de los consumidores por las manifestaciones culturales de otros pueblos. Esta es la demanda cultural recíproca. Las comunidades tienden a consumir productos culturales de otras sociedades, vía el turismo o vía importaciones, no en función de los precios o de la escasez, sino en base a sus propias necesidades de variedad cultural, de su propia tendencia a la diversificación de su consumo cultural y a la búsqueda de satisfacción personal a través del conocimiento. (190)
Este interés intracultural y comercio internacional de productos culturales es una muestra del carácter flexible y la adaptabilidad del concepto de cultura desde los primeros usos del término5.
El mundo de la postmodernidad y la era cibernética en que vivimos refleja este hecho, el cual se encuentra en plena concordancia con las identidades efímeras de la red. La idea de cultura hoy día es una totalmente opuesta a las “grandes narrativas” de las que hablaba Lyotard, ya que escinde los límites que tradicionalmente han existido entre “high culture” y “low culture”. Así se explica, por ejemplo, la actual explosión de estudios culturales (o Cultural Studies) que se centran no sólo en las obras y disciplinas canonizadas por la Historia, sino también y especialmente en aquellos discursos que durante mucho tiempo han sido recluídos al margen del canon. Aquí entrarían también la teoría Queer, estudios feministas, Black Studies, así como la reciente teoría web o Cyberculture Theory.
Esta última teoría me parece de especial importancia en la actualidad por ser el espacio de la red el más postmoderno en el sentido pluricultural de la palabra. Las culturas de todo el mundo hoy día dialogan entre sí en el espacio de la red en un intento de “satisfacción personal a través del conocimiento” como argumentaba Claudio Rama además de un enriquecimiento por parte de las culturas dialogantes. Por tanto, la dialéctica antagonista el uno/el otro no existe entre las culturas cibernéticas. En su lugar, ésta ha sido reemplazada por una actitud generalizada de comunicación intercultural y de reconocimiento por parte de las propias culturas de su naturaleza de eslabón en la composición de la cultura global. La cuestión principal en este contexto global es, en palabras de Julia Kristeva en Strangers to Ourselves, “shall we be, intimately and subjectively, able to live with the others, to live as others, without ostracism but also without leveling?” (2).
El espacio de la red proporciona un medio adecuado para ello. El propio término “internet” apunta hacia la naturaleza intercultural del cyberespacio dada la comunicación interactiva dentro del mismo por cibernautas de todo el mundo, lo cual implica la cultura red, definida por Robert Burnett y David Mashall como “the manner in which the Web represents, enacts, and supports the network society and how its users construct a space that exemplifies the fragmentation of the postmodern and the flows of information that loosely underwrite a sense of dispersed globalization and identity” (211). Esta construcción de un espacio para la expresión de identidades y culturas en la red da lugar a las relaciones de poder a las que se refiere Foucault a lo largo de toda su obra. Entendiendo el término “poder” según la definición de Foucault como “a productive network which runs through the whole social body...”, en la era postmoderna y cibernética este poder se manifiesta a través de un interés -en lugar de rechazo- en el conocimiento de otras culturas, que según Claudio Rama está vinculado a la “búsqueda de satisfacción personal”, pero además, como el propio Foucault argumenta mediante su asociación poder/conocimiento, este interés por saber de otras culturas se encuentra conectado a las relaciones de poder por parte de los cibernautas, en tanto que es este conocimiento de otras culturas lo que les permite reconocerse como seres postmodernos6.
En este sentido, cabe resaltar el papel de la red como espacio donde se producen relaciones de poder entre individuos de culturas diversas. Lo importante es que, en el entorno cultural de la red, todas las culturas forman parte de estas relaciones de poder, evitando así la centralización del mismo en una “gran narrativa”. Uno podría aludir que la red en la era de la globalización y la posmodernidad es una de estas “grandes narrativas” o, para usar el término de Foucault, un “episteme” que delimita el conocimiento en nuestra era y, por tanto, circunscribe las relaciones de poder entre individuos que negocian su identidad en un espacio determinado. Sin embargo, un espacio es necesario para la articulación de estas identidades, y lo atractivo de la red en la postmodernidad es su carácter antidogmático hacia la noción de verdad. En el espacio de la red no existe una sola verdad aceptable. Como subraya Linda Hutcheon, “there are only truths in the plural, and never one Truth” (109).
Es decir, el espacio de la red es uno abierto que reúne a una pluralidad de culturas. Tiene su propio código -la lengua chat-, pero éste no es exclusivo, ya que existe paralelamente a todas las lenguas del mundo. Además, en el caso de las lenguas minoritarias o aún no completamente normalizadas, como es el caso del gallego, vasco y catalán, la red supone el espacio necesario para el impulso y promoción de estas lenguas. Ejemplo de ello sería el aumento del número de páginas web destinadas al aprendizaje de estas lenguas como podemos observer en los siguientes URLs: www.abalde.com/mpm/rabade/curso/rabade.htm en el caso del gallego, www.geocities.com/aprendeeuskera en el vasco y www.ub.es/slc/es/esslink.htm para el aprendizaje del catalán. Este último URL pertenece a la Universitat de Barcelona, que junto a otras universidades de las autonomías, se muestra muy involucrada en la difusión de la cultura en la red.
Esto me lleva a resaltar el papel de las universidades como centros difusores de cultura al que se refiere Manuel Castells en La sociedad red:
las dos fuentes de la red, el sector militar/científico y la contracultura informática personal, tienen una base común: el mundo universitario... En España, a mediados de los noventa, el contingente mayor de usuarios de Internet provenía de las redes infomáticas construídas en torno a la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Politécnica de Cataluña... Este proceso de difusión centrado en la Universidad es significativo porque tiene el mayor potencial para extender tanto los conocimientos prácticos como los hábitos de la comunicación a través del ordenador. (388)
Al hablar de universidad como centro difusor de cultura en la red es necesario destacar, junto a la universidad como entidad física, la creciente importancia de las universidades virtuales que, al carecer del componente físico de las universidades tradicionales, rompen con las barreras de espacio, tiempo, raza, lengua y religión con frecuencia asociadas a éstas. Estas universidades virtuales facilitan, sin duda alguna, la pluralidad de identidades y culturas de los estudiantes que la componen, ya que en ellas no existe una metacultura ni una metalengua, sino lo que Hans Bertens describe como “pequeñas narrativas”. El conocimiento que nos proporcionan las universidades en la red -virtuales o no- en la actualidad se caracteriza por esta naturaleza de “pequeñas narrativas” . A continuación, he seleccionado tres casos de universidades en Galicia, País Vasco y Cataluña para ilustrar el carácter plural y antimetanarrativo de la(s) cultura(s) de las autonomías en la red7.
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