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Leopoldo Marechal. Tradición e identidad - La prosa de Marechal

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31 de Agosto de 2006
Historia de la literatura

El examen de la prosa reflexiva de Marechal ofrece algunas respuestas, en las que pone en práctica su pensamiento, al reconfigurar sus ideas sobre la tradición literaria, en cuanto a esa síntesis que se había advertido, a la hora de consignar la pertinencia de las tradiciones.

En este punto, se hace necesaria la incorporación de algunos conceptos, como el de identidad y el de canon, que habrán de favorecer la explanación de las categorías que Marechal está desarrollando.

En cuanto a lo argentino, Marechal ha considerado, en numerosas ocasiones, la capacidad de ciertas realizaciones literarias nacionales, que tienen un anclaje particular en algunos aspectos relativos a la construcción de la identidad. Siguiendo un recorrido que va de lo general a lo particular, se explica la coherencia que mantiene Marechal cuando replantea este aspecto de la literatura argentina.

En la conferencia titulada "La poesía lírica: lo autóctono y lo foráneo en su contenido esencial" (1949), Marechal concreta un objetivo: vincular lo argentino con lo universal. Esta es una de las líneas de reflexión permanente, y un esfuerzo que Marechal sostuvo a lo largo de su obra y de su pensamiento. En esa conferencia, Marechal asegura que la problemática tensión entre lo autóctono y lo foráneo ha ocupado a los poetas argentinos, desde Luis de Tejeda hasta el presente. Este planteo adquiere verdadera dimensión si se lo reconsidera desde la perspectiva concreta de una reubicación, realizada por Marechal, en una corriente tradicional, en la que se incluye a sí mismo al mentar a los poetas de su generación.

Pero Marechal parte de una situación inicial, que tiene que ver con la original del poeta: "En primer lugar, imagínense ustedes al poeta, rodeado de formas naturales, que son las de su país; conviviendo con hombres que son sus paisanos en esta provincia de la tierra que constituye lo que llamamos 'una patria'; solicitado de amores y odios, júbilos y llantos, que arrancan de un vivir común, en una misma tierra, bajo un mismo cielo, y necesariamente cobran el sello de tradiciones y modalidades que no deben, ni pueden, ni quieran ser olvidadas o violadas; imagínense ustedes al poeta frente a ese mundo de formas y sentires que hacen una patria, e imagínenlo acuciado por el ansia de encarecer el esplendor de las formas o la intensidad de los sentimientos, ansia irresistible, comezón de música, en que se resuelve toda vocación poética digna de tal nombre."6 Marechal está ubicando al poeta en su relación directa con la comunidad, a la que está ligado por lazos tradicionales. En efecto: la tierra, la patria, el lenguaje, la música, son los elementos primordiales que aparecen unificados en esa relación que ofrece sus frutos toda vez que el escritor apela a esas categorías, para devolverlas a los miembros de la comunidad, es decir, con los que participa de un mismo espíritu tradicional, y con los que colabora para la construcción de la identidad: "Por otra parte, el poeta se dirige a sus oyentes más próximos, a los que frecuentan con él un mismo suelo y con él comparten las mismas condiciones de vida."7 Como se puede advertir, esta idea no se aleja de lo que, en su momento, Lugones había establecido en El payador, cuando describía el estado de los pueblos en medio de lo que el mismo Lugones denomina "la vida épica".

Ahora bien, la necesidad de fundamentar una actitud que se genera desde el momento en que el poeta -y el artista, en general, según lo expuesto por Marechal- transfiere los contenidos de la tradición en la comunidad, esta acción radica en el hecho de que proyectar, esos contenidos, de lo particular a lo general. Si se tiene en cuenta que los contenidos de la tradición provienen de un reservorio, en el que están presentes "lo autóctono y lo foráneo", el poeta tiene la capacidad de reconfigurar esos contenidos, anclándolos en lo nacional, con una nueva pulsión. A partir de esta instancia, la tradición nacional restablece su curso natural hacia lo universal. Esta es la pauta que propone Marechal, cuando afirma que "... lo autóctono reclama sus derechos a intervenir en la obra de arte (...) no es menos verdadero que el arte ha tendido siempre a universalizar sus frutos. Hay en el arte una tensión invencible hacia lo universal, un impulso que lo induce a trascender fronteras (...), a ubicarse en el plano superior donde todas las voces del mundo se reconocen, se identifican y se unen en lo que llamaríamos 'un gran acorde universal'. Y yo diría que un pueblo no logra la plenitud de su expresión, si no consigue trascender a los otros e integrar con ellos el gran acorde a que acabo de referirme."8 La metáfora de lo musical, utilizada para corroborar la armonía que se establece desde la tradición, permite replantear el sentido que tiene la intervención del poeta, en cuanto entidad que asume la construcción de un equilibrio específico: el poeta -el artista- está trabajando con materia que le viene desde lejos, y que va hacia lo ignoto, hacia lo abierto. En modo alguno, puede prescindir de establecer parámetros propios de lo que exigen los contenidos de la tradición. Es más: tiene que cumplir con lo que Lugones definió como "el deber de la belleza", siempre que se considere a la belleza como la expresión de la armonía del cosmos.

Siguiendo esta huella, Marechal establece la proyección de lo local hacia otra dimensión, cuando afirma que "... el arte se logra íntegramente cuando, al mismo tiempo, y sin incurrir por ello en contradicción alguna, se ahonda en lo autóctono y trasciende a lo universal."9 Lo autóctono se revela como el sentido primordial de la creación estética o poética. Se entiende que lo propio tiene un espacio específico, que se consolida con la acción del escritor, en este caso, y que se incardina en el continuo tradicional, proyectándose hacia el futuro. Es este el sentido que le da Marechal a la tradición, cuando rescata la comunión entre el creador y la comunidad: "... todo creador manifiesta en la obra, no sólo sus propias virtualidades, sino también las virtualidades creadoras de su pueblo, del cual el sabio y el artista son la expresión concreta, paradigmática, ejemplar. Recuérdense las distintas civilizaciones que se han sucedido en la historia, y se verá cómo los hombres geniales de cada una expresaron el sentir y el pensar de su raza frente a los problemas de este mundo, ya sea en el orden físico, ya en el moral, ya en el filosófico, ya en el político. El pueblo se manifiesta, pues, como creador de cultura, mediante las vocaciones individuales que se dan en su seno y que constituyen verdaderos índices de la posibilidad creadora del mismo pueblo a que pertenecen."10 Con lo anterior se registra una clara coincidencia con Lugones, en dos aspectos: por una parte, cuando Marechal establece la participación de factores que coadyuvan en el afianzamiento de una identidad, como paso necesario para no interrumpir el continuo tradicional; y por otra, la acción concreta de un individuo, el hombre genial, en el desarrollo de las civilizaciones, individuo que reuniría las características de un pueblo determinado, al que representaría y expresaría en sus razones más profundas.

Este es el punto de real convergencia entre el escritor y el pueblo, cuando se produce el fenómeno de la identificación: "...si admitimos que todo creador no sólo manifiesta sus posibilidades individuales, sino también las posibilidades creadoras de su raza, un reconocimiento mutuo y una identificación deben producirse entre el creador, que expresa a su pueblo, y el pueblo, que se siente así expresado. (...) no se logra una verdadera cultura, sin esa identificación, sin ese reconocimiento mutuo, sin ese intercambio de formas y apetencias culturales que deben realizar entre sí los creadores y los asimiladores"11

La presencia de esa identidad en la que trabajan el poeta y el pueblo, se fortalece cuando se conjugan elementos que permiten la generación de hechos, que terminan reconfigurando la tradición desde los mecanismos de la identificación. En este punto Marechal es concluyente: "Hay pueblos que nacen para la grandeza del canto: esa vocación se anuncia tempranamente, mediante algún hecho libre, dado en el orden de la música. Yo les aseguro que, en ese orden, todo puede y debe esperarse del pueblo argentino. ¿Y saben ustedes por qué? Porque José Hernández escribió el Martín Fierro."12

En este plano, Lugones y Marechal coinciden una vez más. Pero también coinciden cuando postulan la pertinencia de la profundización en lo propio, para proyectarse a un estadio mucho más amplio. Es necesario tener en cuenta que Lugones escribe El payador para establecer la filiación a la tradición épica occidental del Martín Fierro, destacando los rasgos de las epopeyas homérica y virgiliana, de los cantares de gesta europeos, de la epopeya dantesca y del romancero tradicional hispánico, presentes en el poema de José Hernández. En ese momento, Lugones estaba estableciendo una operación intelectual, en tanto agente de la tradición. Sin embargo, ya había realizado una operación estética con La guerra gaucha, hecho que tendría su continuidad indiscutible en los Romances de Río Seco. Marechal estaría actuando en consecuencia con su tocayo cordobés, porque a la hora de escribir esta conferencia (operación intelectual), ya había realizado la operación estética en Adán Buenosayres.

No sólo estaba actuando en consecuencia, sino que estaba asumiendo la continuidad tradicional, establecida por Lugones, y ambos, siguiendo con los contenidos tradicionales afianzados por José Hernández y su Martín Fierro.

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Daniel Gustavo Teobaldi Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero16/marechal.html CopyLeft
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