Y todos quantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déxame muriendo
un no sé qué que quedan balbuziendo.
San Juan de la Cruz
Se ha convertido en lugar común hablar de la narrativa del uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964) y del mexicano Francisco Tario (1911-1977) como prácticas poéticas marginales e insólitas. Este aura, por momentos enrarecido y disonante dentro de las tendencias narrativas en la América hispánica, llevó a Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo a incluir a los autores mencionados en lo que ambos reconocieron, citando a Julio Cortázar, como un territorio insular abierto a aquellas voces interiores que en sus divergencias y en sus consonancias, se tienden hacia lo “otro” para hilar “aperturas sobre el extrañamiento, instancias de una descolocación desde la cual lo sólito deja de ser tranquilizador porque nada es sólito apenas se lo somete a un escrutinio sigiloso y sostenido”.1
Lo fantástico, lo extraño y lo insólito -términos englobados por otra palabra: lo perturbador- son algunas notas que ya entrañan un paralelo textual entre los autores que nos ocupan. Podemos añadir algunas más, ahora de carácter biográfico: en primera instancia, tanto Felisberto Hernández como Francisco Tario tuvieron, además de su faceta como escritores, otras actividades de las que más tarde echarían mano en sus relatos. Felisberto Hernández fue un reconocido pianista y en sus mocedades acompañó algunas películas mudas en el Uruguay; Francisco Tario fue, además de futbolista, pianista también y más tarde dueño de un cine en el Acapulco de los años 50.
En segundo lugar, la suerte editorial de los dos autores fue peregrina. Es bien sabido que los primeros libros del uruguayo vieron la luz en forma de plaquettes o ediciones de tiraje mínimo en casas editoriales de provincia -cuenta Rosario Ferré que Por los tiempos de Clemente Colling (1942) y El caballo perdido (1943) no rebasaron los 200 ejemplares (11). De la misma forma, los libros del mexicano, algunos publicados en ediciones de autor con tirajes igualmente irrisorios, permanecieron sumidos en el (casi) anonimato. En el número correspondiente a diciembre de 2000 de la revista Casa del Tiempo, José María Espinasa se quejaba de la desatención editorial y crítica de la que aún es objeto la obra de Francisco Tario: “Es cierto que ya se le incluye en las antologías del cuento mexicano del siglo XX, que se escriben tesis sobre él y ya no es simplemente una curiosidad […] pero la reedición de Equinoccio se remata en las librerías de viejo, Acapulco en el sueño es inencontrable y se dice que la edición de Jardín secreto se fue al molino casi entera”. Y otro tanto señalaba, en 1925, el filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira sobre Felisberto Hernández: “Posiblemente no haya en el mundo más de diez personas a las cuales les resulte interesante, y yo me considero uno de los diez” (cit. por Rosario Ferré 10).
Finalmente, a las coincidencias vitales descritas se pueden añadir también algunas prácticas textuales. Ambos autores fundan una buena parte de sus producciones narrativas en el rastreo de la memoria: su obra es el producto de ese encuentro entre rememorar y escribir, lo cual dará lugar, en el caso del autor rioplatense, a un puñado de relatos: Por los tiempos de Clemente Colling (1942), El caballo perdido (1943) y la novela Tierras de la memoria (1966)2; y en el del autor mexicano, Yo de amores que sabía (1950), además del conjunto de añoranzas líricas Breve diario de un amor perdido (1951). Los temas de la infancia como obsesión y de la memoria como exorcismo, en Tario, tendrán como resultado una última e impresionante búsqueda narrativa de largo aliento: Jardín secreto (1993).
Además, y por último, los dos autores se interesaron en las paradojas, que llevan en la mayoría de los casos al humor y a la ironía, o en otros al absurdo total; en la incomunicación y la soledad del hombre; y en la descripción de ambientes rayanos en lo onírico, donde animales y objetos desempeñan un papel fundamental. Los argumentos señalados llevan a reconocer un territorio asaz escabroso en virtud de las dificultades metodológicas y teóricas que dificultan -y estimulan- el estudio de las obras narrativas de Felisberto Hernández y Francisco Tario en conjunto. Creo que entre ambos autores median una serie de concomitancias textuales que me llevan a pensar en una práctica poética similar: una praxis. En este trabajo intentaré ahondar en esas connivencias textuales con base en el tratamiento de un grupo de temas (el sueño, la fragmentación del yo) y motivos (animales y objetos) que conducen a replantear el concepto de lo fantástico como una apertura hacia lo “otro”, es decir, hacia lo extraño y pertubador. Para efectos de este ensayo he partido de dos definiciones, ambas clásicas en los estudios del género. La primera es de Roger Caillois, para quien lo fantástico constituye una fisura que “supone la solidez del mundo real, pero para asolarlo mejor” (1967, 9). La segunda es de Tzvetan Todorov, para quien lo fantástico ocupa el efímero lugar y tiempo de la incertidumbre y la vacilación (26). Considero que los cuentos de Felisberto Hernández y Francisco Tario plantean la ruptura de la cotidianidad y la aparición de la duda frente a lo indeterminado que advierten Caillois y Todorov como rasgos caros al género, pero la particularidad de la materia de estudio me ha llevado a la idea de que lo fantástico en los escritores uruguayo y mexicano reside -como ha señalado Noé Jitrik (cit. por Flora Botton Burlá, 29)- a nivel del lenguaje, y que en sus relatos es posible rastrear las huellas de esa preocupación. La pesquisa de ese “no sé qué” -San Juan de la Cruz dixit- se convierte en una búsqueda lúdica del lenguaje en la que privan las paradojas, el humor negro y lo insólito. Es en el margen de esa confluencia donde deseo situar las siguientes reflexiones.