



“La idea actual de que todo el sistema actual de la comunicación descansa sobre una operacionalidad que consiste en la desconexión de lo que llamamos facticidad; es decir, ya no hay que creer, ni querer, ni poder, ni saber. Todas estas funciones, o categorías del sujeto o de la acción, han sido retomadas por una especie de modelación que consiste en hacer creer, hacer querer o hacer saber, que una información es hacer saber, que la comunicación es hacer creer, hacer saber”. [5]
La facticidad es el elemento de desconexión del sí mismo a través de un ejercicio de simulación. Si la simulación es desconectarse, entonces los mecanismos de relación que generan alteridad desaparecen, ya que tanto el yo como el otro son apariencias, no se podría decir que es un proceso de desnudez sino uno de revestimiento, el del “hacer”.
Esta desconexión comienza en formas de comunicación como el teléfono y otras que Guillaume señala: la carta anónima, el graffitti. Se puede señalar la espectralidad como uno de los rasgos distintivos de las relaciones mediáticas. La espectralidad implica un distanciamiento, una desconexión. Las relaciones fantasmales obedecen a una paradoja: mientras más acotan la distancia los medios entre los individuos, más distancia se crea en las relaciones tête-à-tête. En el fondo hay un juego de identidad simulada que se va creando por medio del anonimato. En una sociedad cruzada por lo virtual sólo queda simular quién soy. Esa simulación implica el dibujo de una desaparición.
El anonimato comienza con la cirugía estética que los medios muestran, una espacie de alineación con respecto a los prototipos mediáticos: el otro ficcional y el otro incluido-simulado. La cirugía estética es sugerida en el fondo por el espectáculo visual, por la fidelidad sonora, por la digitalización. Se sugiere bajo formas de ser, de pensar, de sentir, de vestir, de actuar. El espectro de la facticidad vuelve a aparecer. Se trata de hacer desaparecer todo acto de acción por sí mismo, todo acto de deseo por sí mismo, se hace lo que el otro hace, se desea lo que el otro desea. Se trata de hacer desaparecer toda imperfección de sí mismo, la cirugía estética del rostro, del cuerpo, del pensamiento, del lenguaje, de los paisajes, de los lugares. La imperfección como una de las formas de alteridad, ya que la imperfección indica la diferencia: la imperfección es una forma de perfección. Hay pues una perdida de alteridad, la alteridad de la diferencia, sin esa diferencia lo que queda son unas relaciones espectrales, el dibujo de la ausencia de la presencia.
“Lo mismo ocurre con las otras cirugías estéticas, como las practicadas en la naturaleza, en los espacios verdes, donde se elimina el aspecto negativo para que no quede más que el modelo ideal. En todas partes, entonces, hay un modelado del cuerpo, de la voluntad, del sexo. ¡Podríamos incluso imaginarnos un instituto de cirugía zodiacal, en donde fuera posible rehacer el signo a fin de que no desentonara con la imagen!” [6]
En efecto, la homogeneidad borra las diferencias a través de un proceso conversión del yo en otro, hasta que se confunde en relaciones de otro-otro o mismo-mismo o yo-yo, siempre es igual, siempre lejos de desconocer. El otro siempre es un monstruo, un ser marginal, extranjero.
Gilles Deleuze habla de “Monstruo semiótico”. El concepto nos habla de una doble representación: de imagen y figura. En la primera están implicados la mirada, el ojo y la percepción, en el segundo la representación de las imágenes. En este sentido el monstruo siempre representa una parte de la criminalidad, por lo menos desde el siglo XIX y el siglo XX.
“La noción de monstruo es esencialmente una noción jurídica - jurídica en el sentido amplio del término, claro está, porque lo que define al monstruo es el hecho de que, en su existencia misma y su forma, no sólo es violación de las leyes de socialidad, sino también de las leyes de la naturaleza -“. [7]
Lo monstruoso visto desde los medios contiene dos vertientes. Por un lado se localiza lo que de alguna forma ya se señaló. Los medios ejercen una relación monstruosa en el sentido de que proponen una violencia simbólica que daña directamente a las leyes de la socialidad, la desaparición del sentido del otro, o la propuesta de desear a través del otro que es lo mismo, conllevan más allá de las relaciones espectrales, relaciones monstruosas.
Por otro lado, al desaparecer los principios generadores de alteridad como pueden ser las diferencias en todos los sentidos (proceso de alineación), provocados principalmente por los medios de comunicación modernos, generan figuras de diferenciación que podemos denominar monstruosas: el otro es indígena, negro, marginado, extranjero, etc. Todo aquel que atenta contra los marcos de alineación es monstruo porque atenta contra las leyes de la socialidad. Y mientras formas que antes eran monstruosas son adaptadas, se van generando otras especies de monstruos. Por ejemplo los programas llamados “Reality Shows”, en los Estados Unidos hay formas monstruosas que ya son adaptadas en esos programas, desde la proyección del cuerpo hasta relaciones de sexo explicito, y más, la exposición de la subjetividad del sujeto. El monstruo moral del que Foucault habló y señaló como característico de finales del siglo XIX y principios del XX, hoy es una premisa más que detona la facticidad: hacer lo que el otro hace.
También se puede hablar de lo monstruoso en el sentido visual, con la cirugía estética el reino de las imágenes se ha vuelto monstruoso, desde el cine, pasando por la televisión, hasta la realidad virtual la sociedad convive en un espacio de la imagen. Una imagen altamente matizada, desvestida de sentido, de cosmovisión, aunque detrás no exista cuerpo. ¿Y qué es una imagen sin cuerpo? Es un bulto sin trasfondo, sin consistencia, sin sombra. Ya Octavio Paz había hablado de la desaparición de la imagen como representación del mundo y la realidad. Las imágenes mediáticas sobre las cuales flotamos no buscan representar el mundo y la realidad, ni siquiera las imágenes urbanas compuestas por los rascacielos. Hay incluso una desvinculación del paisaje con las formas de ver, de percibir, aunque en el fondo la forma de ver está relacionada con la forma de vivir.
“Si el mundo, como la imagen, se desvanece, una nueva realidad cubre a toda la tierra. La técnica es una realidad tan poderosamente real - visible, palpable, audible, ubicua - que la verdadera realidad ha dejado de ser natural o sobrenatural: la industria es nuestro paisaje, nuestro cielo y nuestro infierno”. [8]
Las imágenes son monstruosas porque indican una frontera, están en la frontera de la violentación de la presencia del mundo y la realidad: son virtuales en la forma de mostrar, de simular un espacio de significado que ya no existe. El otro a través del cual se desea: él: modelo, es sólo una imagen virtual arquitectónicamente construida sobre el terreno de la posmodernidad. Todo pasa por ese sentido de la imagen virtual: la apariencia de que así es, la ilusión de que así es. La intimidad exiliada de la subjetividad gracias a lo virtual, se muestra según el deseo del otro, de la imagen del otro. Como dice Baudrillard, la imagen ya no imagina la realidad porque ella misma lo es.
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