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Los Guerreros del Sol, Iniciacion y Muerte - Una puerta a otras dimensiones

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Copyright Artículo de Amelia Lamaignere - 11 de Noviembre de 2006
Temas Relacionados: Antropología
6. Una puerta a otras dimensiones

Pero en el México precolombino toda realidad remite a un símbolo y estos dos aspectos de la orden místico-militar no son sino la representación de una idea dual del cosmos, típicamente mesoamericana, muy similar a la que profesa el taoísmo chino y, a su vez, de alguna forma paralela a la que sustentaron los templarios tras imbuirse de milenarias sabidurías orientales, tal y como queda reflejado, por ejemplo, en esa imagen críptica de dos caballeros montando un solo caballo. Por la ética del guerrero y el camino del misticismo parecen alcanzarse idénticos niveles de sabiduría, tanto en Oriente como en Occidente.
No sabemos en qué consistían las pruebas iniciáticas que realizaban en Malinalco estos peculiares "templarios" mexícas, sino es a través de lo que cuentan los códices relatados por el clero hispánico en sus informes al rey de España, algunos exactos y verídicos otros bastante mas confusos debido a los problemas lingüísticos.
No en vano la Pirámide de Malinalco es considerada por los indígenas como "el Cuauhcaiü (templo) donde confluyen los Tres Mundos", es decir, el inframundo de los antepasados, la Tierra y los dominios celestes del Sol y de los dioses.

De acuerdo con esta concepción, el singular templo de piedra labrada no sería otra cosa sino una puerta a otras dimensiones para quien hubiera entrenado su espíritu en determinadas prácticas secretas.
Desconocedor de esas prácticas, el viajero situado en el último peldaño de la Pirámide de Malinalco quedará imbuido de esa rara y estimulante serenidad que proporcionarla el primer día de la Creación y que hoy sólo los mágicos y purísimos cielos de América son capaces de transmitir.
En lo alto del templo se encontraba una piedra llamada cuauhxicalli, la cual tenía las armas del sol, hacia la que subía el sacrificado deteniéndose en los escalones para arremedar el movimiento del sol.
Una vez arriba invocaba la imagen solar que se hallaba encima del altar. En el patio llamado Cuauhxicalco, había dos piedras redondas de una braza, una en forma de rueda (temalacatl) y otra llamada cuauhxicalli (ánfora del Águila). En ella cuatro caballeros, llamados tigre mayor y menor así como águila mayor y menor, sacrificaban a los cautivos.
La sala del palacio donde se reunían los capitanes llamados tlatlacochcalca y tlatlacateca para formar el consejo de guerra, se llama quauhcalli, que significa Casa las Águilas, sobre la que se edificó, después de la conquista española, la Iglesia Mayor de México.
Por su valor a estos caballeros se les llamaba águilas o tigres por la valentía y el arrojo que mostraban en el combate. Gozaban de la mayor estimación por parte de los reyes, gozando de los mayores privilegios y exenciones siendo inapelable el consejo que daban al rey en tiempos de guerra. Estaban consagrados al culto del sol y disfrutaban de mercedes reales cuando destacaban en la guerra, las cuáles eran recibidas al concederles el rey el título de tequihua (hombre valiente).

Sus condecoraciones formaban parte de un ritual en función de sus acciones importantes:
Tomando los cabellos de la coronilla en la mitad de la cabeza, se los aderezaban realizando una trenza colorada y, en la misma ataban un plumaje de plumas verdes y azules y coloradas, y de la lazada salía un cordón que colgaba a las espaldas coronado por una borla colorada, como símbolo de haber realizado una hazaña.
En realidad cada hazaña era representada por una borla.
“Hecho esto, el mesmo rey le daba una rodela y unas coracinas todas de plumería, muy galanas, y en el campo de la rodela, unas señales que le servían de armas, y una celada, a su modo, que le servía de divisa, con grandes plumas. Vestíamos de ricas mantas y bragueros; dábales joyas, collares y orejeras y bezotes, exentándolos de todo género de alcabalas, tributos, pechos, etc. Dábales privilegios, para que él y sus hijos pudiesen usar algodón y traer cotaras y tener las mujeres que pudiesen sustentar, y desde aquel día podía entrar en palacio y sentarse con los demás en el aposento de las águilas”.
La estatuaria azteca consagró obras importantes sobre el tema de estos caballeros que entregaban al Sol la substancia mágica que contiene la sangre, poniendo énfasis en el estoicismo y la energía que caracterizaban a estos esforzados guerreros.

Esto me recuerda a las prebendas de la Europa feudal, donde es el rey quien regala tierras y exime de impuestos para lograr la fidelidad de sus vasallos, solo que a un nivel social y material mientras que en el pueblo azteca ese servicio es trascendido, a un fin ultimo de renuncia al don de la vida para alimentar a la divinidad si esta lo requiriera.Una vez mas, existe un paralelismo mistico-militar en el caso de los caballeros de las ordenes templarias; aunque ciertamente, este ejercito de blanca tunica y roja cruz no estab a servicio de los reyes, sino de la cristiandad papal.

El siguiente fragmento está dedicado a la bravura de las águilas divinas y la furia de los tigres:


“El campo de batalla es el lugar:
donde se brinda en la guerra el divino licor,
donde se matizan las divinas águilas,
donde rugen de rabia los tigres,
donde llueven las variadas piedras preciosas de los joyeles,
donde ondulan los ricos colgajos de plumas finas,
donde se quiebran y hacen añicos los príncipes.”

Después del sacrificio ritual, se depositaban los corazones, que eran llamados quauhnochtli(tunas del águila), en una vasija y a los sacrificados se les llamaba quauhteca (morador del país del Águila).

En otro sacrificio se guardaban los cabellos, arrancados a los esclavos destinados al sacrificio, en un vaso llamado cuaucáxitl. Otro dios que recibía sacrificios humanos era el dios Quauitlícac [El que se levanta como águila], compañero del dios Páinal y que tenía un templo dedicado a su veneración en el barrio de Popotlan en Tacuba.

En otra festividad, dos guerreros portaban dos mazas corriendo en relevos hasta el patio del templo de Huitzilopochtli que se llamaba Quauhqiuáuac.

A los guerreros que habían capturado cinco rivales en la guerra, se les honraba con el título de quauhyácatl, que quiere decir águila que guía, reglándoseles un “un barbote largo, verde, y borla para ponerse en la cabeza, con unas listas de plata entrepuestas en la pluma de la borla, y también le daba orejeras de cuero, y una manta rica que se llamaba cuechintli”.

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Amelia Lamaignere Extraído de: http://www.esquinamagica.com/articulos.php?idar=374&id1=34 Copyright
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