



Siguiendo la línea reflexiva del Dr. Aguirre, intentaré abordar al espejo como símbolo y como discurso.
Para iniciar elijo la propuesta interpretativa de Ricoeur sobre el símbolo, que hallé en un texto editado por la Universidad Ramón Llul:
Todo símbolo tiene una dimensión poética que se refiere a aspectos y valores que no pueden expresarse con el lenguaje directamente descriptivo; apunta y orienta hacia aquello que tiene que ser descubierto (...) Ricoeur define el símbolo como un signo o conjunto de signos dónde un sentido primario o literal expresa otro sentido indirecto o figurado que sólo puede ser dicho y aprehendido a través del primero. El sentido segundo que se manifiesta en lo literal y se alza sobre él, es lo importante, pero no puede ser expresado si no a través de lo literal (eso distingue el símbolo de la alegoría). (La relación filosofía-fe y la interpretación del lenguaje religioso, 2003).
Simplificando diré que para Ricoeur las dos unidades fundamentales de un texto son la palabra y el discurso. A éste último le atribuye la tarea de mediar entre el orden de los signos y las cosas; o sea, entre las palabras y su orden implícito, y las cosas a las cuales les hemos asignado, arbitrariamente a decir de Saussure, las palabras en su acción significativa. Discurso así sería la mágica mediación que se logra obtener entre las cosas y yo -y entro yo y los otros- gracias a una lengua dada.
Por su parte, una palabra (en cuanto significado) se modifica en símbolo cuando uno o más de sus posibles interpretaciones se sublima y es más que la propia palabra. “Dios” es, sin duda, el ejemplo supremo de esta sublimación.
En este orden de ideas ¿qué en el espejo es símbolo y qué discurso?
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