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Los últimos días de Sartre - En un sitio muy tranquilo y no esta lejos de Beaudelaire

(1 opiniones)
Artículo creado por Germán Uribe. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero7/jpsartre.htm
22 de Agosto de 2006
Filosofía

6 - En un sitio muy tranquilo y no esta lejos de Beaudelaire

......Y por eso habría que descubrir muy bien, entre líneas, los matices de su humor, de ese humor con que le dejara impregnada Sartre cuando debió haberle dicho que no más, que estaba harto de depender de su poderosa benevolencia, que él no estaba loco ni chocho, que tenía su mente lúcida y tenía derecho a dejar que su pensamiento evolucionara, así fuera por la sola razón de sus interminables diálogos con el joven maoísta Víctor, o por su postrera militancia callejera; o cuando ella, según él mismo lo refiere, lanzó su pensamiento al suelo de la sala desparramando hojas y lágrimas de soberbia. Y queda además por saber qué hubiese pasado si Víctor y Arlette también hubieran tenido la oportunidad de su intimidad durante los cincuenta años siguientes. Ni siquiera el amor pudo vencer el desarrollo de su inteligencia. El amor así, absorbente, caprichoso y dominante es una trampa. Fue quizás ese amor amargo el que le hizo contar los últimos diez años de Sartre como los contó y el que le hizo tejer así, con espíritu casi infecto, el relato de su muerte. Veámoslo:

......El 14 de abril, cuando volví, dormía; se despertó y me dijo unas palabras sin abrir los ojos: después me ofreció la boca. Le besé en la boca, en la mejilla. Se durmió. Estas palabras, estos gestos, insólitos en él, se situaban evidentemente en la perspectiva de la muerte.

......Housset me afirmó también que las contrariedades que había padecido no habían influido para nada en su estado; una crisis emocional violenta le habría ocasionado, quizá, en un momento dado, algunos efectos funestos pero, diluidos en el tiempo, las preocupaciones, los disgustos, no alteraron en absoluto la causa de la enfermedad...

.

......El martes 15 de abril por la mañana cuando pregunté, como de costumbre, si Sartre había dormido bien, la enfermera me respondió: 'Si, pero...'; fui enseguida al hospital. Dormía, respirando con bastante dificultad; visiblemente estaba en coma desde la noche anterior. Durante unas horas, me quedé allí mirándolo. Hacia las seis dejé el sitio a Arlette, diciéndole que me llamara si ocurría cualquier cosa. A las nueve sonó el teléfono. 'Se terminó'. Fui con Sylvie. Se parecía a sí mismo, pero ya no respiraba. Sylvie avisó a Lanzmann, a Bost, a Pouillon, a Horst, que vinieran enseguida. Se nos autorizó a permanecer en la habitación hasta las cinco de la mañana. Rogué a Sylvie que fuera a buscar whisky y estuvimos bebiendo y charlando.... En un momento dado, rogué que me dejaran sola con Sartre y quise tenderme a su lado, bajo las sábanas. Una enfermera me detuvo: 'No, cuidado... la gangrena'. Entonces comprendí la verdadera naturaleza de sus escaras. Me acosté sobre la sábana y dormí un poco. A las cinco entraron unos enfermeros. Cubrieron el cuerpo de Sartre con una sábana y una especie de funda y se lo llevaron.

 ......Fui a casa de Lanzmann a terminar la noche y también pasé allí la del miércoles. Los días siguientes me alojé en casa de Sylvie... Lanzmann, Bost y Sylvie se ocupaban de todas las formalidades... El viernes comí con Bost y quise volver a ver a Sartre antes del entierro. Trajeron a Sartre en un ataúd vestido con el traje que Sylvie le había comprado para ir a la Opera; era el único traje que tenía en mi casa y ella no había querido subir a la casa de Sartre para buscar otro. Estaba sereno, como todos los muertos, y como la mayoría de ellos, inexpresivo. El sábado por la mañana nos reunimos en el anfiteatro... unos hombres cubrieron con la sábana el rostro de Sartre, cerraron el ataúd y se lo llevaron... Un inmenso gentío nos seguía: cerca de cincuenta mil personas... Cuando me bajé del coche, el ataúd estaba ya en el fondo de la fosa. Pedí una silla y permanecí sentada al borde de la fosa... Me encontré en casa de Lanzmann con algunos amigos... Fuimos todos a cenar a Zeyer, en un salón particular... No me acuerdo de nada. Dicen que bebí mucho, que fue necesario ayudarme a bajar las escaleras... El miércoles por la mañana tuvo lugar la incineración en el cementerio de Pére-La chaise, pero me encontraba demasiado agotada para ir... Las cenizas de Sartre fueron trasladadas al cementerio de Montparnasse... Hay una cuestión que en realidad no me he planteado y el lector quizás lo haga: ¿No debería haber prevenido a Sartre de la inminencia de su muerte...?

Hasta aquí la historia de Simone de Beauvoir.

......Lanzmann, Bost y Pouillon, incómodos en estos días por el remezón familiar dado por Víctor y Arlette, van pues a encargarse de los pequeños detalles del entierro. En el cementerio de Montparnasse los atiende su director. Ya Sartre había dicho que quería ser incinerado y que sobre todo, sobre todo, quería escapar al lugar que le habían reservado en el cementerio de Le Pé re-La chaise al lado de su madre y su padrastro. El director del cementerio les ofrece una tumba entrando a la izquierda, provisional, con la promesa de que después será trasladado definitivamente al primer corredor de la derecha. Ustedes verán, les dice, es un sitio muy tranquilo y no está muy lejos de Baudelaire. De otra parte, si no recuerdo mal, Sartre había escrito un libro sobre Baudelaire, ¿no es cierto? Todo un señor, el señor director. E inclinándose un poco hacia el oído de Pouillon, con un gesto circunspecto, le susurra: Yo sabía muy bien que él vendría a donde nosotros.

......El presidente de Francia, Giscard d'Estaing, al enterarse del rechazo por parte de sus amigos para unos funerales oficiales, reclama de su familia el privilegio de una visita suya al hospital para rendir un homenaje personal al filósofo, no sin antes advertir: Jean Paul Sartre rechazaba todos los honores. No conviene por lo tanto que el homenaje del presidente de la República parezca contradictorio a su escogencia íntima. El 6 de mayo de 1985, Valéry Giscard d'Estaing narra sus impresiones: Yo llegué al hospital. El director me esperaba para saludarme; después di vuelta a la izquierda y debajo de un cobertizo me encontré el féretro de Sartre junto a otro ataúd. Me quedé allí durante una hora. Nadie más vino. En la parte de afuera había mucha agitación de parte de la prensa. Y yo estaba ahí, solo, recogido delante del féretro de Sartre, debajo de un cobertizo banal y anónimo. Al salir, pensé que Sartre hubiera amado este homenaje sin parada del primer personaje del Estado.

......Aquél sábado 19 de abril de 1980 a las dos de la tarde, el cortejo fúnebre comienza su largo y lento recorrido de tres kilómetros bajo un cielo grisáceo. La tumultuosa y cálida muchedumbre, de la que se dijera que había sido la última manifestación del 68, atraviesa las perplejas y mudas alamedas parisienses. Desde la terraza del sartriano café La Coupole, en Montparnasse, próximo al cementerio y a su apartamento, los garçons inclinan reverentes sus cabezas ante los despojos mortales del hombrecito ciego, torpe y generoso que durante los últimos años se les prodigó en propinas y visitas.

......Pero como si la parábola sartriana hubiese sido superior a la inteligencia y al amor de sus amigos, nadie lo despidió a él con la palabra, a él que había despedido a tantos, que erguido sobre sus tumbas había despedido a Camus, Merleau-Ponty, Nizan, Gide, Togliatti, Fanon...

......Una tarde brumosa del otoño de 1974, en París, Jean Paul Sartre, velados sus ojos por la ceguera pero con aquel mismo espíritu crítico y lúcido y libre que lo convirtiera en la más alta conciencia de nuestro siglo, le dijo a Simone de Beauvoir: ... la muerte, sin embargo, no me causa miedo y me parece natural. Natural en oposición al conjunto de mi vida que ha sido cultural. En última instancia, es la vuelta a la naturaleza y la afirmación de que yo era naturaleza... escribí. Eso fue lo esencial en mi vida.

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