Los últimos días de Sartre - La "sagrada" y la "nueva" familia
......En el otoño de 1973 Sartre se enfrentó a la ceguera definitiva. Pierden entonces interés para él, por aquella época, las agitaciones callejeras, los alborotos periodísticos, el Flaubert, que de hecho abandona, la escritura, la lectura y hasta su propio aspecto personal.
......Poco se inmiscuye en el arreglo de su último apartamento en el 29 del Boulevard Edgar-Quinet y naturalmente se desentiende de archivos, manuscritos y variados papeles preciosos. Creí ver a un muerto, le dice Raymond Aron a Claude Mauriac el 20 de junio de 1979, con ocasión de una conferencia de prensa en el hotel Lutecia relacionado con el Comité Un barco para el Vietnam. A los cuatro años de edad había perdido su ojo derecho y a los sesenta y siete viene a perder el izquierdo. Aparte de la hipertensión y de la trombosis de una vena temporal, el diagnóstico fue preciso: excesos diversos, entre otros el alcóhol, el tabaco las drogas (coridrina, mezcalina, etc.). Comenzaban pues los años de la oscuridad física que vendrían a abatirlo, a debilitarlo, a hacerle decir: Mi oficio de escritor está completamente destruido. Y con ella, con la ceguera que no perdona, se acumularían los males del cuerpo, las pérdidas de equilibrio, la mala circulación de la sangre, los dolores atroces en las piernas. Se necesita ser demasiado inteligente para padecer lúcidamente todo ello. Y es entonces cuando su carácter independiente y orgulloso se derrumba y cede. Comienzan a aflorarle las muletas, todas ellas a cual más absorbentes y posesivas. La dependencia física de Sartre es deplorable aunque se haya propuesto racionalizarla, dosificarla y soportarla estoicamente. Y aparecen pues en su vida los dos personajes que a punta de amor y lealtad, de constancia y sacrificio, de inteligencia y visión futurista habrían de competirle a Simone de Beauvoir su privilegiado sitial histórico: Pierre Victor y Arlette Elkaïm. Victor, su último interlocutor intelectual y políticamente válido, el sucedáneo que escogiera él libremente y con el cual pensaba no solamente revitalizarse sino remitir sus sueños de futuro, preservar su proyecto, prolongarse en su propio pensamiento, joven filósofo judío nacido en El Cairo, militante maoísta que respondía al verdadero nombre de Benni-Lévi y Arlette Elkaïm-Sartre, nativa de Constantina, ciudad del nordeste de Argelia, también judía, a la que Sartre conoció en julio de 1956 cuando la joven estudiante preparaba en Versalles el concurso de ingreso a la Escuela Normal Superior de Sévres. Ella le había escrito hablándole de algunos trabajos escolares suyos sobre la filosofía sartriana y detallándole la reprimenda que por ello había recibido de parte de su profesor de filosofía. Esta audacia, sumada a las dotes intelectuales que él le viera y a su simpatía y personalidad, llevaron a Arlette a convertirse, el 18 de marzo de 1956, en la hija adoptiva de uno de los hombres más importantes del siglo XX. Quizás, Arlette para lograrlo, supo hacer suya la sentencia de Sartre de que la existencia no es un regalo y que cada cual está obligado a legitimarla con sus actos. Ella y Victor conocían muy bien la filosofía sartriana del proyecto y lo hicieron a él a Sartre, el suyo propio, legitimando con la compenetración que alcanzaron con el filósofo, el derecho a ser reconocidos no sólo como sartrianos puros sino también como los dos últimos compañeros de ruta del sabio anciano ciego. La una como su hija, y el otro como su amigo y sucedáneo intelectual.
......Pero nada en esta vida nace o muere impunemente, nada alcanza gratuitamente el verdadero color rosa que añoramos de las cosas. En el entorno de Sartre, el aleteo de los celos y las incomprensiones, de la discordia y la competencia, afloran al tiempo que ellos dos se acercan con su afecto. La antigua familia sartriana reclama sus derechos pontificales y se atrinchera en el Templo; crea el Alto Tribunal Sartriano que está representado en lo intelectual por Bost, Lanzmann y Pouillon y en lo sentimental por Simone de Beauvoir. Sin embargo, la nueva familia no se detiene y responde: Usted traicionó a Sartre, dice Arlette a Simone de Beauvoir: ...y sería una cobardía de mi parte continuar callada. Yo hice lo posible por convertirme en sus ojos mientras usted no hizo nada para sentarse a su lado y, leyéndole punto por punto, le hiciera conocer aquello con lo que usted no estaba de acuerdo con él. Créame que él se sorprendió de que usted no hiciera nada...", etcétera.
......La ejecutora testamentaria de Sartre, su hija adoptiva, Arlette Elkaïm, no sólo estaba desplazando en los afectos a quien fuera su compañera de vida durante 50 años, sino que repentinamente y en forma acusatoria, venía a erigirse como la detentadora de la verdad, al menos de la última verdad sartriana. ¿A cuál de las dos creerle? Creemos que ni siquiera Sartre hubiera podido dirimir con justicia esa querella. Pero también Víctor, cuyos siete años de secretario y amigo íntimo le habían dado ciertos derechos —no todos gratuitos por cuanto se dice que llegó a conocer más a fondo la filosofía sartriana que el mismo Sartre, e incluso que le condujo las últimas lecturas al filósofo—, acosado por insultos como el que le hiciera Goldmann de ser un talmudista extraviado en el maoísmo, o el hombre de ninguna parte, que dijera Maurice Clavel, o la prótesis de naturaleza dudosa de Pouillon y que a sus 28 años tenía la desfachatez nunca vista de tutear a Sartre, debió responder que era lamentable que Simone de Beauvoir no hubiese comprendido que su relación con Sartre llevaba implícita la sobrevivencia intelectual de éste.
......Cuando Sartre conoció a Víctor, éste último se encontraba atravesando una difícil situación política. Era un apátrida sin documentos legalizados en ningún país del mundo. Sartre, a petición suya, resolvió engancharlo como su secretario y asignarle un sueldo que le permitiera aparecer ante las autoridades francesas como alguien a quien podía dársele una carta de estadía temporal. Pero con el tiempo fueron tales las simpatías que desató en él, que Sartre se dirigió al entonces Presidente de la República, Valéry Giscard d'Estaing, en una muy conmovida y antisartriana nota rogándole su intervención personal para que se le otorgara la naturalización francesa a su protegido.
......Entre otras cosas le decía: ...mi vista reducida hará que la lectura y la escritura me sean en adelante imposibles. Tengo por la tanto necesidad de este muchacho para terminar mi obra. El me ayudará a rematar mi Flaubert... ¡ Y todo este humilde y quejumbroso ruego dirigido nada menos que a un hombre de Estado, ex-ministro de De Gaulle y presidente de Francia! Giscard, pese a conocer de la dificultad de la diligencia por tratarse de un reconocido militante extremista, se apresuró a complacer al invidente filósofo. Ya De Gaulle había dicho en su hora que no se encarcelaba a Voltaire cuando Sartre tuvo dificultades con la policía durante su gobierno, y ahora Giscard advertía que no había favores imposibles si se trataba de Sartre, un francés que con su pensamiento supo fecundar como ningún otro nuestro siglo. Ahora bien, en 1978 habría de comenzar el estallido de la crisis última de la gran familia sartriana. De pronto, Sartre no parece interesarse más en sus antiguos discípulos, toma sus distancias frente a Simone de Beauvoir a quien ve demasiado posesiva y dominante, no quiere saber nada de Les Temps Modernes y públicamente se le ve feliz, productivo y sereno junto a sus dos nuevos discípulos. Sobrevive intelectualmente gracias a ellos, ve por sus ojos, le leen y le informan, sus mentes le agitan su mente; Arlette le describe las imágenes de las películas en TV, lo lleva a pasear a la casa que ella tiene en el midi; Víctor le discute fieramente para que no se duerma, lo conmina a que se repase y corrija, le alimenta sus sueños de seguir escribiendo. Los dos le hacen ver que ellos prolongarán su propio proyecto. Él entonces comienza a hablar entusiasmado de su próximo libro que, desde luego, se hará a dos manos con Víctor: Poder y Libertad. Es para mi un libro sobre la política y la moral que quisiera ver terminado al final de mi vida, declara. Está radiante. No quiere que los celos de sus envejecidos primogénitos enturbien su dicha. Intenta aislarse un poco de aquellas tensiones pero no lo logra. Está allí entre la jauría, impotente, casi dócil. Y es entonces cuando uno imagina sus gestos confusos y su aire perplejo recubriéndole el rostro de su inteligente resignación y de su sabia paciencia. Cuando uno imagina, además, su inexorable desconsuelo, lo profundo de su tristeza y quizá también, por qué no, su alegría de no poder ver la codiciosa mirada de los otros posada sobre su endeble humanidad, devorándole como buitres su propia razón y sus principios en una lucha feroz por perpetuarlo como una momia histórica, intocable, inmutable, y pétrea, que nada tiene que ver con él y que él mismo rechazara en el 64 cuando la Academia sueca creyó recuperarlo con el Nobel de Literatura desde Las palabras, suponiendo que con ellas el autor se despedía definitivamente de su desafiante vida intelectual, arrepintiéndose. Y tiene que imaginarlo uno por último envidiando desde su corazón generoso Una muerte muy dulce, él, que tendría una muerte tan amarga. Allí nos parece verlo en el café Dôme, sombrío y ensimismado en medio del alboroto.
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