La Real Academia Española se crea, siguiendo el modelo de la Academia Francesa, en 1713. Dice ella misma, en su página web:
Su propósito fue el de "fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza". Se representó tal finalidad con un emblema formado por un crisol al fuego con la leyenda Limpia, fija y da esplendor, obediente al propósito enunciado de combatir cuanto alterara la elegancia y pureza del idioma, y de fijarlo en el estado de plenitud alcanzado en el siglo XVI.
Y de inmediato añade:
La institución ha ido adaptando sus funciones a los tiempos que le ha tocado vivir. Actualmente, y según lo establecido por el artículo primero de sus Estatutos, la Academia "tiene como misión principal velar porque los cambios que experimente la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico".
Los aportes de la RAE han sido muy valiosos, al margen de cualesquiera críticas que puedan hacérsele (y estas son muchas y de muy variada índole).
Las que aquí hemos presentado se explican, en gran medida, por los orígenes de la Institución y por su historia y la historia del propio país sede. En efecto, el dominio religioso de la Iglesia Católica era de tal magnitud -no solo en el ámbito general del país, sino también en la mentalidad de gran número de miembros del mundo académico- que permeaba la vida total del pueblo español, en perspectivas y grados diversos. Los lexicógrafos y autores de diccionarios no se libraron de ese dominio general, por lo que resultaba natural y "lógico", para ellos, que las definiciones de términos con connotaciones religiosas -aunque los nexos fueran muy débiles- se determinaran a partir de lo que la teología católica tuviera que decir respecto de ellos. No importaba si se trataba de términos directamente relacionados con la teología (iglesia, sacramento, etc.) o con la estructura eclesiástica (pastor, presbítero) o con movimientos religiosos (albigenses, cátaros), o con algún personaje histórico a quien se mencionara en algunas de las definiciones (Pelagio, en pelagiano", Pedro de Valdo, en valdense). Era inevitable, en aquellas circunstancias, el uso de adjetivos calificativos y descalificadores, o de términos que marcaban negativamente el concepto que se trataba de definir.
Lo que sí consideramos inexcusable es que, a pesar de los avances que se han logrado en las investigaciones sociales y, en particular, en los estudios lingüísticos y lexicográficos, la RAE haya permanecido, en los aspectos que hemos planteado, impermeable a ellos y haya mantenido invariables muchas de sus definiciones. Ahí parece radicar el quid de la cuestión: en que los académicos hayan tomado demasiado literalmente eso de "fijar", y fijaran definiciones a pesar de que las realidades definidas habían cambiado y han cambiado..., no poco, por cierto.
Además de los aspectos mencionados y de los casos que tan sucintamente hemos analizado, hay muchos otros que podrían señalarse. Algunos matices que se incluyen en las definiciones a las que ya nos hemos referido merecen también un análisis más detallado. Las anotaciones apuntadas son producto de observaciones esporádicas, resultado de nuestras consultas al DRAE y de conversaciones con amigos nuestros que también lo son de nuestro idioma. Falta por hacer un análisis sistemático completo, que debe comenzar por identificar todas las palabras que sean susceptibles de plantear problemas como los que hemos estudiado.
Los ejemplos que hemos comentado en este artículo parecen demostrar una deficiencia importante en los procedimientos: al tratar de aspectos léxicos que trascienden a la Iglesia Católica o que tienen que ver con otras iglesias u otras comunidades religiosas, la Academia (¿o hemos de decir, más bien, los señores académicos?) no muestra haber contado con la asesoría de personas pertenecientes a esas otras comunidades, conocedoras de tales aspectos y, al mismo tiempo, poseedoras de suficiente "sensibilidad o perspicacia teológica".
Solo resta esperar que la Asociación de Academias de la Lengua Española, de la que la Real Academia Española forma parte, preste oídos atentos a las voces críticas que buscan el significativo mejoramiento de los instrumentos que ella o algunos de sus miembros ponen a nuestra disposición.