Manual de sociología aérea - Manual de sociología aérea
06 de Octubre de 2005
Psicología
Presentamos aquí una idea revolucionaria para el futuro de la sociología, una visión científica que cambiará la visión del mundo que nos rodea. ¡Basta de imágenes relacionadas con el siglo XIX!
Desde la antigüedad se compara a la sociedad con un organismo, preferentemente con el cuerpo humano. Creo que es hora de que pongamos al día esta comparación y la ajustemos a nuestro tiempo. Sostengo que la sociedad está mejor representada por un avión que por un cuerpo. Que me perdonen los clásicos.
No nos sirve para este trabajo un avión cualquiera: debe utilizarse un Jumbo de esos que cruzan el océano con 300 y pico de personas apiñadas en su interior en medio día de vuelo, ciento ochenta veces más rápido que Colón. Después de todo somos una sociedad moderna, compleja, cara y de enorme consumo energético.
Los mecanismos de nuestra sociedad exigen que para adquirir plenos derechos sea importante la ciudadanía. En un avión es lo mismo: la ciudadanía se obtiene si se ha pagado el pasaje, equivalente a los impuestos. El trámite implica largas colas, controles y chequeos. Se dan amontonamientos de centenares de aspirantes ansiosos ante funcionarios impasibles, en una especie de educación masiva para la democracia. En principio todos los aspirantes son considerados gente de la que hay que desconfiar. Al fin llega la ansiada tarjeta y entramos por un tubo como ganado al matadero hasta nuestro lugar en la sociedad. Para evitar la anomia se define por coordenadas alfanuméricas, y no hay excepciones.
A bordo nos espera un aparato jerárquico muy cimentado. Hay señores de uniforme que vemos rara vez pero de cuyo aspecto tenemos noticias: se trata de la dirigencia política, los capitanes que pilotean la nave del Estado. Llevan lentes negros, son elegantes y perfumados y sus impecables trajes oscuros y gorras de plato muestran entorchados de hebra dorada e insignias probablemente heredadas del Almirantazgo imperial británico.
El contacto con el pueblo lo toman a cargo funcionarios menores dirigidos por un hombre llamado no por nada comisario. A su servicio tiene un cuerpo de especialistas, generalmente femeninas. A la vez son educadoras, autoridades sanitarias y de ser necesario cuerpo represivo también. Su objetivo principal es mantener con vida al ciudadano y para ello reparten cada pocas horas paquetes de asistencia alimentaria estandarizada. También muestran sus impecables peinados y rodillas, pues al público masculino hay que mantenerlo entretenido.
Naturalmente, la sociedad está dividida en clases. En el Sancta Sanctorum, la nariz del avión, se encierran los dirigentes y después viene la clase dominante. Desde la perspectiva del pueblo, la clase dominante es ese grupo oculto por una cortina negra. Tal vez antes de abordar los hemos visto y son iguales a nosotros, pero su nivel de ingresos, ya paguen ellos mismos o les pague algún otro, les permite separarse de la masa. El estatus queda marcado por su ubicación en la cubierta superior.
Sabemos que la clase dominante existe, pero no sabemos bien a qué se dedica. La prensa siempre pinta su habitáculo con los colores más maravillosos, informa de la calidad y cantidad de sus comidas y bebidas, y lo confortable de sus asientos cama. El aparato de servicios sociales les dedica atención preferencial, ya que la cohesión social se mantiene gracias a la esperanza de que algún día podamos pasar al otro lado de la cortina.
El papel de los medios de prensa para la sociología aérea, ciencia que fundamos hoy y aquí, es interesante objeto de estudio. Hay dos tipos de publicaciones: la pedagógica y la informativa. La primera consiste en cartillas de seguridad que nadie lee pues confía en Dios, los ingenieros, la estadística, los señores vestidos de almirante o el método del avestruz. Trae el mismo contenido de la demostración pedagógico gimnástica que nos ofrecen los ministerios de educación, salud y deportes al comenzar cada vuelo, es decir, la instrucción básica obligatoria.
La segunda prensa es de alta calidad técnica y canta loas a la propia estructura social --aquí llamada la Compañía Aérea--, muestra los posibles caminos a seguir e informa sobre cosas interesantes como la exposición de un pintor abstracto de origen maorí que vive en Londres o la Fiesta del Boniato en un pequeño pueblo húngaro. Para los más ilustrados, y no siempre, se ofrece el periódico del día. Será conservador y con un suplemento rosado pues la economía es la ocupación más importante de la sociedad.
La radio tiene dos variantes: viva y empaquetada. La viva ofrece información de naturaleza discutible. ¿Quién recuerda al capitán que habla "en nombre de la tripulación y en el mío propio"? ¿Alguien se atrevería a llamar al comisario por el nombre de pila, del que alegremente nos informó? Nunca comprendí porqué hay que saber que afuera hay una temperatura de menos cincuenta grados. ¿Temerán que alguno se empecine en ir a pasear a lo largo del ala? Me gustaría preguntarle a esa señora algo rolliza que se ha quitado disimuladamente un zapato si lo de los treinta mil pies se refiere a los suyos, a ver qué dice.
La radio envasada presenta una selección de programas hecha seguramente por un comité de expertos, cosa de que no le guste a nadie. Incluye chistes con risas ya grabadas pues de lo contrario nadie se reiría, música culta por las dudas, y demás miscelánea de FM. Es una experiencia interesante escuchar la radio a coro con los motores de potencia equivalente a más de cien autos. El pueblo necesita pan y circo. Un papel fundamental de la radio enlatada es dar soporte sonoro al gran acontecimiento cultural del viaje: el film.
El film sustituye en las pantallas la única información realmente importante: cuánto falta para llegar a destino. Y si hablamos de llegadas y salidas recordemos que en los aeropuertos vive el proletariado: carga valijas y vacía tanques sépticos, repone combustible y corre en tractores por las grandes extensiones asfaltadas. A veces lo vemos subir a nuestro mundo, pasar rápidamente la aspiradora, acomodar frazadas y juntar desperdicios, y desaparecer tan silenciosamente como llegaron. Ellos no están incluidos en el estado del bienestar, no llevan uniformes con entorchados ni cumplen con un requisito básico para integrar el estado moderno: hablar las mismas cincuenta palabras en cuatro idiomas. Sin ellos no habría vuelos, comiditas ni baños limpios; sobre sus hombros se sostiene el Estado… Todo parecido con la realidad es pura coincidencia.
J. da Cruz es geógrafo e integra el equipo de CLAES D3E (Desarrollo, Economía, Ecología, Equidad América Latina). Su columna "Mirada Impertinente" está disponible en Globalización América Latina.
Desde la antigüedad se compara a la sociedad con un organismo, preferentemente con el cuerpo humano. Creo que es hora de que pongamos al día esta comparación y la ajustemos a nuestro tiempo. Sostengo que la sociedad está mejor representada por un avión que por un cuerpo. Que me perdonen los clásicos.
No nos sirve para este trabajo un avión cualquiera: debe utilizarse un Jumbo de esos que cruzan el océano con 300 y pico de personas apiñadas en su interior en medio día de vuelo, ciento ochenta veces más rápido que Colón. Después de todo somos una sociedad moderna, compleja, cara y de enorme consumo energético.
Los mecanismos de nuestra sociedad exigen que para adquirir plenos derechos sea importante la ciudadanía. En un avión es lo mismo: la ciudadanía se obtiene si se ha pagado el pasaje, equivalente a los impuestos. El trámite implica largas colas, controles y chequeos. Se dan amontonamientos de centenares de aspirantes ansiosos ante funcionarios impasibles, en una especie de educación masiva para la democracia. En principio todos los aspirantes son considerados gente de la que hay que desconfiar. Al fin llega la ansiada tarjeta y entramos por un tubo como ganado al matadero hasta nuestro lugar en la sociedad. Para evitar la anomia se define por coordenadas alfanuméricas, y no hay excepciones.
A bordo nos espera un aparato jerárquico muy cimentado. Hay señores de uniforme que vemos rara vez pero de cuyo aspecto tenemos noticias: se trata de la dirigencia política, los capitanes que pilotean la nave del Estado. Llevan lentes negros, son elegantes y perfumados y sus impecables trajes oscuros y gorras de plato muestran entorchados de hebra dorada e insignias probablemente heredadas del Almirantazgo imperial británico.
El contacto con el pueblo lo toman a cargo funcionarios menores dirigidos por un hombre llamado no por nada comisario. A su servicio tiene un cuerpo de especialistas, generalmente femeninas. A la vez son educadoras, autoridades sanitarias y de ser necesario cuerpo represivo también. Su objetivo principal es mantener con vida al ciudadano y para ello reparten cada pocas horas paquetes de asistencia alimentaria estandarizada. También muestran sus impecables peinados y rodillas, pues al público masculino hay que mantenerlo entretenido.
Naturalmente, la sociedad está dividida en clases. En el Sancta Sanctorum, la nariz del avión, se encierran los dirigentes y después viene la clase dominante. Desde la perspectiva del pueblo, la clase dominante es ese grupo oculto por una cortina negra. Tal vez antes de abordar los hemos visto y son iguales a nosotros, pero su nivel de ingresos, ya paguen ellos mismos o les pague algún otro, les permite separarse de la masa. El estatus queda marcado por su ubicación en la cubierta superior.
Sabemos que la clase dominante existe, pero no sabemos bien a qué se dedica. La prensa siempre pinta su habitáculo con los colores más maravillosos, informa de la calidad y cantidad de sus comidas y bebidas, y lo confortable de sus asientos cama. El aparato de servicios sociales les dedica atención preferencial, ya que la cohesión social se mantiene gracias a la esperanza de que algún día podamos pasar al otro lado de la cortina.
El papel de los medios de prensa para la sociología aérea, ciencia que fundamos hoy y aquí, es interesante objeto de estudio. Hay dos tipos de publicaciones: la pedagógica y la informativa. La primera consiste en cartillas de seguridad que nadie lee pues confía en Dios, los ingenieros, la estadística, los señores vestidos de almirante o el método del avestruz. Trae el mismo contenido de la demostración pedagógico gimnástica que nos ofrecen los ministerios de educación, salud y deportes al comenzar cada vuelo, es decir, la instrucción básica obligatoria.
La segunda prensa es de alta calidad técnica y canta loas a la propia estructura social --aquí llamada la Compañía Aérea--, muestra los posibles caminos a seguir e informa sobre cosas interesantes como la exposición de un pintor abstracto de origen maorí que vive en Londres o la Fiesta del Boniato en un pequeño pueblo húngaro. Para los más ilustrados, y no siempre, se ofrece el periódico del día. Será conservador y con un suplemento rosado pues la economía es la ocupación más importante de la sociedad.
La radio tiene dos variantes: viva y empaquetada. La viva ofrece información de naturaleza discutible. ¿Quién recuerda al capitán que habla "en nombre de la tripulación y en el mío propio"? ¿Alguien se atrevería a llamar al comisario por el nombre de pila, del que alegremente nos informó? Nunca comprendí porqué hay que saber que afuera hay una temperatura de menos cincuenta grados. ¿Temerán que alguno se empecine en ir a pasear a lo largo del ala? Me gustaría preguntarle a esa señora algo rolliza que se ha quitado disimuladamente un zapato si lo de los treinta mil pies se refiere a los suyos, a ver qué dice.
La radio envasada presenta una selección de programas hecha seguramente por un comité de expertos, cosa de que no le guste a nadie. Incluye chistes con risas ya grabadas pues de lo contrario nadie se reiría, música culta por las dudas, y demás miscelánea de FM. Es una experiencia interesante escuchar la radio a coro con los motores de potencia equivalente a más de cien autos. El pueblo necesita pan y circo. Un papel fundamental de la radio enlatada es dar soporte sonoro al gran acontecimiento cultural del viaje: el film.
El film sustituye en las pantallas la única información realmente importante: cuánto falta para llegar a destino. Y si hablamos de llegadas y salidas recordemos que en los aeropuertos vive el proletariado: carga valijas y vacía tanques sépticos, repone combustible y corre en tractores por las grandes extensiones asfaltadas. A veces lo vemos subir a nuestro mundo, pasar rápidamente la aspiradora, acomodar frazadas y juntar desperdicios, y desaparecer tan silenciosamente como llegaron. Ellos no están incluidos en el estado del bienestar, no llevan uniformes con entorchados ni cumplen con un requisito básico para integrar el estado moderno: hablar las mismas cincuenta palabras en cuatro idiomas. Sin ellos no habría vuelos, comiditas ni baños limpios; sobre sus hombros se sostiene el Estado… Todo parecido con la realidad es pura coincidencia.
J. da Cruz es geógrafo e integra el equipo de CLAES D3E (Desarrollo, Economía, Ecología, Equidad América Latina). Su columna "Mirada Impertinente" está disponible en Globalización América Latina.
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