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Más allá de la Isla de la Inmortalidad, o la teoría de los ciclos en El Criticón - Una nueva polémica barroca: circularidad versus linealidad

Artículo creado por Mª José Ferrari. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/teociclo.html
26 de Octubre de 2006
Historia de la literatura

2 - Una nueva polémica barroca: circularidad versus linealidad

La concepción circular del tiempo que predomina en todas las civilizaciones antiguas llega, a través de su reformulación griega -eminentemente estoica [1]-, a la civilización occidental moderna. La teoría de los ciclos sufre, durante el período greco-romano, numerosas reformulaciones por escuelas y filósofos: así los estoicos, los pitagóricos, Platón, Aristóteles, Filolaos o Anaximandro la rehacen y completan, estableciendo siempre fuertes vínculos con la cosmología. La forma que siempre vuelve a empezar, la vida como círculo que retorna siempre sobre sí mismo, arraiga también en la sociedad medieval, que de nuevo la interpreta incorporando, junto a su propio mundo de supersticiones y miedos, la visión escatológica que encierra los ciclos entre dos puntos terminales perfectos: la creación y el cierre del círculo, ya esté éste en la llegada de Dios o, simplemente, en el fin del mundo.

Los Padres de la Iglesia pronto se revuelven contra esta teoría, especialmente en su versión supersticiosa y determinista tan contraria al credo cristiano. Afirma Sorokin: “whether St. Basil, or Origen, or St. Gregory, or St. Agustine, they all were opposed (...), and took great pains to refute the cyclical theory of the Grand Year” (370). El Cristianismo percibe la concepción circular como icono del hombre incapacitado para la libre voluntad y del mundo sin esperanza en la Redención divina. Proclama San Agustín en el capítulo quinto de la segunda parte de La ciudad de Dios:

Lejos de nosotros, la creencia insensata de que Platón deba reproducir en el porvenir, en la misma ciudad, en la misma escuela, durante infinidad de siglos, las mimas enseñanzas. ¡Pues el Cristo que ha muerto una sola vez por nuestros pecados, resucitando de entre los muertos, no muere más!

Su reformulación del tiempo como la progresión del mundo y ascenso de cada hombre hacia la Salvación, implica que la interpretación y la razón última de la historia profana debe buscarse sólo a la luz de la historia de la Salvación; tal como plantea Benavides, la Filosofía debe precisamente al Cristianismo la introducción de la idea del progreso y de la historicidad del hombre, poniendo fin así a la idea de la repetición, el retorno y los ciclos, que se convierten a la luz cristiana en “no sólo el más grave de los errores, sino el mayor de los pecados” (101) .

Pero la polémica continúa viva en las entrañas mismas de la Iglesia durante siglos: “Although the earliest Christian writers began by violently opposing it, it nevertheless made it way into Christian Philosophy. We must remind that for Christians time is real because it has a meaning -the Redemption. A straight time traces the course of humanity from initial fall to final Redemption” (Eliade, 143). Clemente de Alejandría, Minucio Felix, Arnobio o Teodoreto intentan llevar a cabo una interpretación ecléctica de los ciclos a la luz del Cristianismo, que aúne las dos doctrinas, proclamando a Dios como rector de las órbitas del tiempo: al ciclo como orden. El cristiano debe atravesar un mundo, el terrenal, y mediante la fe y la virtud conseguir el renacer en la Salvación; tal y como el año cristiano repite el círculo del Nacimiento, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Cristo, igualando, así, la periódica regeneración del mundo a la regeneración individual de cada ser humano.

Tras el Cristianismo, el Humanismo renacentista acoge la misma idea del progreso pero trastocando su fin: “si la fe cristiana en el progreso seguía la traza del camino de la Salvación, los hombres del Renacimiento no harán sino trasmutar esta fe en un camino secular. El progreso ya no es un opus Dei, sino un opus domini” (Benavides,154). Es la nueva era de la ciencia y la razón, un tiempo mejor, único e insuperable que avanza con el hombre. Pero, como antes sucedió en el seno del Cristianismo, los mismos pensadores del Renacimiento pronto adoptan actitudes distintas ante la dualidad del progreso y la circularidad. Con independencia de algunas doctrinas pretendidamente intermedias, como las de Bodino, Bruno o Botero, la defensa de los ciclos encuentra su principal exponente en Maquiavelo, que prescinde de su aspecto cosmológico y la centra en la naturaleza del hombre y su repercusión sobre la historia; el progreso, a su vez, es defendido por nombres tan importantes como Pascal o Bacon.

En estas circunstancias sobreviene el Barroco; quizás la época en que más justificadamente el hombre mira hacia el pasado inmediato y se siente sumido en los vaivenes caprichosos del tiempo. Como explica Maravall en su extraordinaria monografía, el hombre moderno que caracteriza este período, empieza a tener conciencia comparativa de las distintas fases de la crisis que atraviesa (1998: 58). La degradación del gran Imperio español tras el auge y la gloria del Renacimiento deriva en un profundo sentimiento de inestabilidad y de caos. Las voces más relevantes siguen formulando novedosas interpretaciones de los ciclos, en algunos casos afectadas por el pesimismo de los tiempos; así, Vico considera el tiempo no como un círculo, sino como una espiral que hace que la historia, en lugar de repetirse con exactitud, atraviese cíclicamente fases semejantes pero diferenciadas. Por tanto, el hombre no puede evitar cometer de nuevo los mismos errores ni puede cambiar su destino.

En el ámbito cristiano, los fieles necesitan no sentirse abandonados en este tiempo de desengaño. En el ciclo, orden subyacente al desorden de la vida diaria, encuentran la respuesta, pues es el mismo Dios quien controla y crea las pautas de este aparente desorden injusto que es el mundo. En esta búsqueda de una razón última, se da la paradoja que refiere Hall, basándose en Romera-Navarro, del desengaño barroco tamizado por el cristianismo y transformado en el llamado “pesimismo y optimismo del cristiano: pesimismo en la vida, optimismo en el fin de la muerte”(377) [2]. Pero incluso dentro del más acendrado Cristianismo, en los escritos de los teólogos y moralistas barrocos, es inevitable encontrar algunas concesiones a la desesperanza que hacen derivar la teoría de los ciclos en un pesimismo determinista. La polémica necesita de un pensador que aúne la doctrina clásica con el dogma cristiano para responder a las necesidades de un pueblo en busca de respuestas. Es aquí donde queremos ubicar el libro de Gracián.

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