Más fuerte que la muerte: de Pedro Páramo a Pedro el largo - La muerte definitiva de Pedro el Largo (1998) de Mireya Robles a la luz de
2 - La muerte definitiva de Pedro el Largo (1998) de Mireya Robles a la luz de
Dijimos más arriba que los capítulos sólo correspondían “más o menos” a los avatares de Pedro, pues frecuentemente, en un mismo capítulo cambia el objeto de la narración. Esto es particularmente evidente en el caso de un personaje que aparece por primera vez en la cuadragésima página (la novela tiene 147), en medio de un capítulo sobre Pedro el vago, una protagonista a quien se dirige la voz narradora en segunda persona (los demás personajes están mayormente descritos en tercera persona) y en quien el lector, gradualmente, reconoce la razón de ser, o primera causa de la obra. A este personaje, el más importante de la novela aparte del multifacético Pedro, no se le dedica capítulo separado, sino constituye la tela de fondo de La muerte definitiva de Pedro el Largo. Se trata de una mujer que fue amada por el metamorfoseante Pedro, cuando éste era mujer, en la bien determinada época entre 1975 y 1985, y vivía en la región de Nueva York. Estos pasajes relatan la historia de la progresiva deterioración de la relación sentimental entre las dos mujeres y del abandono de la amada, lo que culmina en una separación. El lector se da cuenta de que esta narración es un grito de dolor de la abandonada, y al mismo tiempo una protesta y una justificación. Esta abandonada no tiene nada de la resignación a la desgracia de los personajes de Rulfo, ni tampoco acepta los tabúes sexuales de éstos. Por el contrario, niega la idea de pecado, y afirma que el acto sexual expresa “lo más puro, lo más hermoso” [PL,65] de su personalidad. También, varias veces recuerda la belleza de los momentos del amor compartido. Pero por lo general, estos episodios transmiten tristeza y desesperanza, aunque en una forma que la misma autora nombra “kitsch” [10], en un tono bobalicón de parodia de novela sentimental. “Cuando me pongo a hacer monerías y a reírme,” dice la protagonista, “es para espantar el miedo a que me llegue la tristeza”. [PL, 60] Finalmente, hay que notar que los pasajes que tratan de esta relación sentimental están caracterizados por un casi puro realismo, que los distingue de las hazañas mágicas de los otros avatares de Pedro el Largo, el cual tiene la facultad de salir de la corteza de un árbol, de andar por levitación o de volar astralmente. Los acontecimientos del mundo mágico de Pedro se funden, casi sin que uno se dé cuenta, en las escenas realistas, o vice versa. Por ejemplo, después de lanzar sus conjuros de siempre, se ve a Pedro desapareciendo hacia las montañas; esto, por asociación de ideas, lleva la narración a un episodio en el que las dos mujeres de la trama central están subiendo y bajando pirámides en México, y así la transición de un mundo al otro se hace sin dificultad.
Un ingrediente importante de La muerte definitiva de Pedro el Largo es el humor que penetra muchas partes de la novela. Como con el tono paródico del relato “kitsch” mencionado arriba, se trata, otra vez de “espantar el miedo”. Este no es el humor amargo de Juan Rulfo, sino una jocosidad pueblerina, de sabor muy cubano y de lengua verde, que surge a veces en momentos supuestamente solemnes del relato, como, por ejemplo, el de una prédica de Pedro el Largo, destinada a enseñar “lo hermoso de la vida” [PL, 116] y otras verdades a sus compatriotas . He aquí el comentario de un oyente: “… si alguien me viene a hablar de la limitación de nuestros sentidos y con el cuento de que vivimos solamente una vez, me voy a encojonar bien pero bien encojonado y le voy a decir al que se atreva, oye, chico, qué cuento es ése ni qué niño muerto” [PL, 116]. Especialmente, el humor está implícito en los discursos rituales de Pedro, ceremonias sagradas destinadas a conjurar la muerte. Pero se trata de disparates cuyo contenido no tiene la menor connotación de rito religioso: “soy un chivito no perentorio y quitasol; soy la cotorrita de colores de crisantemo; esos enanos van a montar a tres pericas; Torcuata Remembrada, Eusebia Limón, las toticas moras son muy cerradas…etc” [PL, 85] Esta última tirada letánica propulsa la narración (por asociación de ideas, como siempre) en la dimensión del relato de la situación sentimental realista, en la que la voz narradora recuerda a la amante hablando disparates en su sueño. Éste es un recuerdo alegre y hermoso, “porque no hay mayor crimen que la tristeza, porque no hay monstruo mayor que la falta de alegría…”. [PL, 86]
De este delicado equilibrio entre el realismo y la magia y entre lo serio y lo risueño surgen los temas principales de la obra. A nivel ideológico, estos temas se aproximan a los de Rulfo: no hay separación entre la vida y la muerte, y por esto la idea de un tiempo cronológico es ilusoria. A nivel personal, la novela de Robles transmite las sensaciones de soledad, de desencaje con la vida y de desesperanza, mas también el recuerdo de la belleza y de la alegría, y la idea de protesta contra la pérdida. El personaje múltiple de Pedro el Largo es el resultado del fracaso sentimental descrito en los pasajes en primera persona: representa el esfuerzo del ser desesperado de reencajarse en el mundo, traspasando los límites físicos de éste. “[…] cómo sería estrar en la piel de otra persona, […] cómo sería habitar un cuerpo y una mente que no tuviera tristeza…” [PL,86], preguntaba, ya desde su niñez, la heroína del relato sentimental. Lo irónico es que el esfuerzo de traspasar los límites de una sola, finita personalidad para unirse a los demás fracasa también. Pedro el Largo, que sea loco cubano, visir egipcio, emperador chino o lo que sea, permanece el personaje solitario, aunque famoso, que sólo se comunica con los leprosos, o el ser “inconforme” o “equivocado” [PL, 142] que nunca logra alcanzar la comunicación que anhela, y cuyo destino es “saber que todo está ahí y que existe, pero no a mi alcance ni para mí, aunque no recuerdo haber hecho mal.” [PL, 107]
Otra forma de combatir la soledad y las frustraciones de la vida es lo que, en La muerte definitiva de Pedro el Largo, se presenta simbólicamente como los discursos y “letanías” de Pedro el Largo. Éstas representan el afán de ir más allá del mundo físico por medio de la palabra, o, hablando más generalmente, por la creación, que es un puente hacia otros humanos. Éste es un tema constante en la obra de Mireya Robles, tanto en los poemas como en los cuentos (la protagonista de “Trisagio de la muerte” letaniza también, creyendo “lanzar en estas palabras la definición de sí misma“[11] ), y que desarolla plenamente en las novelas. La heroína de Hagiografía de Narcisa la Bella, como Pedro el Largo, se imagina predicadora y creadora, y construye mágicas chimeneas de ladrillos que son al mismo tiempo una forma de elevarse por encima del mundo que la sofoca y un podio desde el cual puede lanzar sus predicaciones. La función principal de los discursos de Narcisa es comunicarse con sus semejantes que la rechazan. Los de Pedro van un paso más lejos: aunque su papel de predicador no deja de ser un medio de alcanzar a los demás hombres por la “Autoridad de la Palabra” [PL, 23], por último, las letanías de Pedro el Largo tienen el propósito confesado de buscar “la fórmula de la muerte definitiva”, [PL, 132] lo que desconcierta a su público pueblerino y confunde al lector.
¿Qué es la “muerte definitiva?” El lector intuye que se trata, una vez más, de “espantar el miedo”, o mucho más radicalmente, de acabar con el dolor y los sentimientos de tristeza causados por la desilusión y la pérdida del amor. “Quiero dormir en blanco, sólo dormir en blanco y que se apague todo” [PL, 41], y “…me lancé a la calle… como buscando la verdadera muerte, ésa que lleva a la desaparición definitiva” [PL, 139], dice la protagonista del relato central. De hecho, Pedro el Largo, en su encarnación de vago cubano, muere aplastado por un carro en la calle, y hasta asciende a “Shamballa”, la ciudad legendaria que supuestamente reaparecerá en los últimos días del mundo. Pero ya se sabe que Pedro continúa viviendo en otras encarnaciones, como lo hemos visto a través de la novela. Se lo confirman los Guías de Shamballa: “regresa, Pedro, para que aprendas a olvidar la muerte definitiva…” [PL, 143]. El título de la novela, pues, es irónico. Así, en un sentido, el mundo de Mireya Robles se parece al de Juan Rulfo: la muerte y el tiempo no existen, y el hombre está condenado a vivir eternamente, cargando su pena.
La ambigüedad del personaje de Pedro el Largo, el predicador que “creía haber nacido para dar mensajes universales” [PL, 18] y el incansable buscador de la muerte definitiva, oculta otra paradoja. Este ser ubicuo y sin limitaciones temporales es también un apasionado conservador de las cosas de la vida. Esto también es un afán de encajar en la vida humana, mas en la vida futura, “extendiéndose en el Tiempo” [12], y así quizás alcazando alguna comunicación con sus semejantes. En su encarnación de visir egipcio, Pedro está obsesionado con la idea de “embalsamar” al Faraón, y en otra encarnación en la que es agente de propaganda de un candidato político en su municipio cubano, propone embalsamar a este personaje también, para “conservar [su] efigie para siempre” [PL, 34]. Aunque anhela la “desaparición eterna”, Pedro quiere dejar “una huella sobre la tierra […], una obra que fuera motivo y que diera lugar a que por los siglos de los siglos, se mencionara su nombre…” [PL, 34] Mireya Robles apunta, con mayor exactitud, datos, fechas, y acontecimientos de la vida real. La muerte definitiva de Pedro el Largo ofrece, a trozos, un cariñoso retrato de la Cuba de los años cincuenta, de las calles de Guantánamo y del paisaje del pueblo de Caimanera, de la atmósfera de una elección municipal o de una factoría de tabaco, de los excéntricos aldeanos o de los antiguos ritos de la mitología afrocubana, y finalmente, una fiesta del lenguage cubano, reproducido en sus variaciones en diversas clases sociales. Este rasgo, el amor a la tierra natal y la obsesión de retratarla, también acerca la obra de Mireya Robles a la de Juan Rulfo.
Se podría decir, como en el caso de Gabriel García Márquez y Cien añs de soledad, que Mireya Robles probablemente no hubiera podido escribir La muerte definitiva de Pedro el Largo sin leer Pedro Páramo. Pero en varios aspectos fundamentales, las dos obras difieren. Como ya mencionamos, la novela de Rulfo describe un mundo en el que predominan la sequedad emocional y la resignación a la desgracia. En La muerte definitiva de Pedro el Largo, por el contrario, detrás de la desesperación y del dolor de la pérdida, estalla el profundo deseo de vivir, simbolizado por el hambre voraz que invade a la protagonista principal después del abandono: “y fue entonces cuando empecé a devorarlo todo: dos cafeteras italianas, …las tablas sueltas de un librero sostenidas por tres columnas de ladrillos ...etc." [PL, 125]. También, en la novela de Mireya Robles, surge, repetidas veces, una protesta contra la resignación a la inutilidad de la vida: ya desde el primer momento que aparece Pedro el Largo en la imagen del viejo llorando e inclinado sobre sí mismo en un dibujo de Van Gogh, se lo ve simbólicamente protestando, levantando la cabeza para salir del cuadro, “desobedeciendo, desobedeciéndote, Van Gogh”. [PL, 8] Finalmente, y sobre todo, la novela La muerte definitiva de Pedro el Largo, a pesar del mensaje sombrío que transmite, está penetrada por una subyacente corriente de los recuerdos de la belleza y de la alegría, sin los cuales no se sentíría tan profundamente el dolor: recuerdos de un hogar compartido y consagrado por rituales comunes en búsqueda de la luz, de salidas juntas a un “paraíso” [PL, 99] mexicano o a una caverna lejana que se queda en la memoria como un lugar de alegría y risa, de paisajes amados. Estos recuerdos luminosos permiten que Pedro el Largo, en una de sus “salidas”, imagine y se adelante a la visión de una “tierra perfecta, a un ciclo de distancia, donde predominaban la sabiduría, la luz, el amor…” [PL, 55]. Y por eso, la novela de Mireya Robles termina con puntos suspensivos. Pedro el Largo se imagina, momentánea y equivocadamente, haber llegado al fin de su búsqueda, al momento de su “muerte definitiva” (“[…] hoy la alquimia está en el aire…” [PL, 146]), y empieza a recitar letanías, “hasta que desaparezca” . Y añade: “y está bien, estaría bien así, si no existiera este hueco carcomido, si no fuera este dolor tan secamente mío, si no fuera esta resignación tan identificable, si no fuera…” [PL, 147]. El lector tiene que suplir el resto de la frase. Probablemente sea algo así: “ …, si no fuera esta resignación que rechazo, si no fuera la alegría que todavía me espera.”
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