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Memoria, tiempo y música - Tiempo y música en el siglo XX

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Artículo creado por Michèle Dufour. Extraido de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html
11 de Junio de 2006
FilosofíaArte

1 - Tiempo y música en el siglo XX

Dimensión simbólico-reflexiva del tiempo .

¿Qué es el tiempo? En la Física de Aristóteles y en Las Confesiones de San Agustín existe un concepto universal y necesario del tiempo que se deriva de un sistema de pensamiento "cerrado", con un concepto de la Verdad constante que se proyecta sobre todas las facetas de la experiencia humana. Desde este aspecto común, la cosmología de Aristóteles y la teología de San Agustín se aproximan de modo muy diferente al enigma del tiempo, resaltando dimensiones simbólico-reflexivas en concordancia con las exigencias lógicas consustancial a su epistemología (Cosmos o Dios). Ambas posturas parecen proporcionar conjuntamente un especie de cuadro sintético sobre el tiempo que permite estabilizar de cierto modo sus posibilidades interpretativas.

El discurso sobre el tiempo de Aristóteles está dominado por una postura materialista y una peculiar creencia en que este mundo es plenamente real, o sea "existe". El mundo es un orden natural (Cosmos) que desemboca en una física empírica donde el espacio y el tiempo son invariables, o sea referentes universales que aseguran la comprobación empírica. De ahí, el realismo aristotélico centrará su atención sobre los aspectos ordinales, topológicos y cronométricos del tiempo, es decir, sobre el sentido que pueda desprenderse de relaciones como lo anterior, lo posterior y lo simultáneo, un tiempo abierto o cerrado, un intervalo largo o corto. (supuestos de la serie B sobre el tiempo en este trabajo).

San Agustín se diferencia tajantemente de Aristóteles en el sentido que fundamenta las contradicciones del complejo problema del tiempo en la teología cristiana (Dios). Según él, la razón no posee una naturaleza simple y única, sino doble y escindida. El poder de la razón humana es limitado por la razón divina y por eso, la relación simbólica del tiempo supera cualquier contrastación empírica de este concepto, aunque ello pudiera contradecir la experiencia empírica. El tiempo es en sí una condición humana imperfecta, discontinua, en lo cual la acción de la conciencia del tiempo debe buscar el sentido de la existencia interpretando la sucesión de hechos "cualitativamente" diferenciados (devenir), lo que San Agustín conceptualiza como un triple presente: el presente pasado, el presente y, el presente futuro. (supuestos de la serie A sobre el tiempo en este trabajo).

A partir de Galileo, la ciencia moderna ha descrito temporalmente el universo tomando esta dimensión como un hecho inscrito en el orden de las cosas mismas, lo cual otorgó el poder de descubrir la verdad sistemática del tiempo sobre la materia mediante las investigaciones empíricas de la física. Desde entonces, la perspectiva de los siglos ha puesto de manifiesto otra verdad: que las pretensiones hegemónicas del "espíritu de sistema" de los Antiguos filósofos como del "espíritu sistemático" de la Ilustración sobre el concepto del tiempo, expresan en sí la propia variabilidad del concepto, en la medida que demuestra depender de un medio social temporalizado, siendo conceptos temporales sociocéntricos, o sea históricos, los que se proyectan sobre el universo material y espiritual.

Esto no quiere decir que apostamos aquí por un paradigma que conciba los cambios de la semántica temporal en los campos particulares de la experiencia como un simple "reflejo" unilateral y pasivo de transformaciones sociales, sino que lo que proponemos es que son las transformaciones que ocurren en los sistemas sociales -ellos mismos "temporalizados"-, las que crean las condiciones de posibilidad para la renovación de la semántica temporal. En este caso, estos cambios no son copias pasivas, sino hipótesis de sentido que se proyectan sobre la misma realidad y es sobre la sedimentación de estos conceptos temporales en símbolos en que se fundamentan las identidades colectivas e individuales puesto que el Ser humano es esencialmente temporal y construye el sentido de su existencia a través del tiempo. Por consiguiente, consideramos que no es posible ningún mundo social carente de estructuración temporal, pero a la vez, ésta no es única, universal y necesaria. La única necesidad universal es la de temporalizar y sus modalidades dependerán de la apropiación social de la realidad, así como de las cualidades de esta realidad presente que nos aparece siempre como un presente "dado" que oculta su verdadero rostro bajo el velo de la cotidianidad.

Intentar superar esta opacidad enigmática de la inmediatez del presente es una labor que sólo se puede hacer mediante reiteradas hipótesis sobre la movediza materia del tiempo y del cambio social. Al concebir el tiempo como una "relación social", asumimos aquí que toda realidad socio-histórica puede ser analizada conforme con las coordenadas propuestas por la serie A (San Agustín) y de la serie B (Aristóteles) de la reflexión sobre el tiempo y que para comprender la multiplicidad de los símbolos históricos del tiempo debemos someterlos a análisis desde estas aproximaciones del tiempo en cuanto relaciones ordinales, topológicas y métricas (serie B) en ámbitos particulares de la experiencia humana, para intentar resolver o problematizar simultáneamente el tiempo como un "devenir" en la conciencia histórica (serie A).

No se puede hablar sobre el tiempo fuera del tiempo. Sobre esta paradoja se instala toda la reflexión sobre los símbolos del tiempo. Con ello, podemos anticipar una limitación de primera importancia que atraviesa toda su problematización y que alude a la precariedad de toda reflexión teórica, siempre en vísperas de asistir a algún cambio. Aunque el pensamiento moderno haya asumido que existen distintos puntos de vista para hablar del tiempo -físico, social, psicológico etc.-, no se ha logrado, con toda evidencia, conceptualizar con mayor certeza que antes el discurso sobre el tiempo. De hecho, el complejo andamio de temporalidades superpuestas de nuestra modernidad complica más aun un discurso uniforme y lógico sobre el mismo. Sus múltiples direcciones contribuyen a perfilar el presente como una experiencia profundamente inestable, a menudo contradictoria, cuyo círculo se siente cada vez más estrecho y puntual, lo cual parece reclamar constantemente otro orden superior de pensamiento para poder imponer una finalidad determinante de su forma. Todo eso contribuye a subrayar de modo casi obsesivo las inevitables zonas oscuras en el orden de las sociedades históricas, desgarradas por un alto nivel de diferenciación estructural y por la especialización de los campos de conocimiento. Aunque siempre de modo provisional, los conceptos metafísicos de Aristóteles y San Agustín sirven así para intentar cernir con cierta estabilidad el enigma del Ser y el tiempo, cuya "modernidad" consiste fundamentalmente en haber reactualizado las contradicciones inherentes a la dimensión simbólico-reflexiva del tiempo que los Antiguos comprimían dentro de un orden constante, exentos de los azares de las situaciones.

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Michèle Dufour Extraído de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html

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