[1] El presente estudio tiene su origen en el seminario “Historia y ficción en la novela argentina”, dictado en la carrera de Letras de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Agradecemos a sus titulares, la doctora Elisa T. Calabrese y el licenciado Ricardo E. Mónaco, su lectura de este trabajo y sus valiosos comentarios.
[2] Este proceso judicial parece ser una constante en las recientes novelas históricas argentinas. Lo encontramos desde La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera, hasta El delicado umbral de la tempestad. Cuestiones de un general inglés, de Jorge Castelli. Sin embargo, en estos textos, los procesados son un doctor y un general, las jerarquías máximas en los universos legal y militar, y los juicios tienen lugar en Buenos Aires y en Londres, respectivamente, ciudades capitales. Iparraguirre es la primera en desplazar la escena al enjuiciamiento de un aborigen yámana en las Islas Malvinas, es decir, llevar la misma situación a un personaje y un espacio periféricos.
[3] Cheadle apunta que el narrador “lleva el apellido del egregio revolucionario argentino del siglo veinte” (Cheadle, 2000: 85), para posteriormente agregar que “[e]l John William Guevara ficticio anticipa el análisis marxista que en el siglo XX animó al Che” (87). La homologación, que en un principio puede parecer antojadiza, se refuerza en cuanto a que el Guevara de La tierra del fuego comparte el nombre de pila con el de John William Cooke, el intelectual y militante del peronismo revolucionario que significó la mayor proximidad de este movimiento con la Revolución cubana. Estas filiaciones -nos hacemos cargo de la eventualmente cuestionable referencia a la autora empírica- son coincidentes con la ideología de izquierda pro cubana de Sylvia Iparraguirre.
[4] Como detalle ¿curioso? podemos hacer notar que el mayor grado de ficcionalización, al punto de convertir al texto en un relato diríase ficticio, es el que alcanza Álvar Núñez Cabeza de Vaca en un volumen titulado, precisamente, Naufragios.
[5] Hay, sin embargo, un editor que se manifiesta en dos notas a pie de página (164 y 223). Retornando a los paratextos, podemos inferir que es él, recopilador de los siete pliegos de Guevara, el responsable de los dos acápites que abren el relato, ya que éstos se ubican antes del inicio del primer pliego. De todos modos, no deja de ser notable que la narración se fije en 1865, que el narrador sea un hombre letrado y que ya para ese entonces hayan aparecido tanto el Facundo (1845) como Moby Dick (1851); de hecho, dijimos que el segundo es uno de sus libros de cabecera, en tanto no es improbable que haya leído también el primero. Es decir, el espacio paratextual bien podría asimismo corresponderle.
[6] La tierra del fuego refleja, en un marco más amplio, el acto de violencia racial que, bajo la excusa de un experimento civilizador, se lleva a cabo con cuatro aborígenes fueguinos: Jemmy Button, Fuegia Basket, York Minster y Boat Memory, en sus rebautizados nombres ingleses. (Para un enfoque más amplio, cf. Prieto, 1996: 69-88.) A ellos está dedicada asimismo Fuegia, de Eduardo Belgrano Rawson. Sylvia Iparraguirre ya había abordado una temática análoga, respecto de un aborigen toba, en su cuento “El dueño del fuego” (cf. Iparraguirre, 1988, y nótese la reiteración del término “fuego”) y continuó en su producción ocupándose exclusivamente de la Patagonia (cf. Iparraguirre, 2000 y 2003). A éstos deben sumarse los recientes textos de Leopoldo Brizuela, más -desde ya- una numerosa tradición de escritores patagónicos.
[7] Es evidente que Torre glosa a Prieto cuando éste dice: “Pero estas mismas circunstancias, si se establecen las debidas conexiones con las coordenadas históricas y culturales específicas, contribuyen también a la conveniente percepción de los modos con que esos textos vehiculizan la información ofrecida; a la percepción de estrategias expresivas movilizadas y orientadas desde determinantes expectativas de lectura” (Prieto, 1996: 29).