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Nietzsche: el contraespíritu del cristianismo - El cristianismo presupone la existencia del ultramundo

Artículo creado por Víctor M. Alarcón Viudes. Extraido de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html
11 de Junio de 2006
FilosofíaPensamiento y política

5 - El cristianismo presupone la existencia del ultramundo

El cristianismo presupone la existencia del ultramundo (metafísico; teológico; teofánico: de Dios en la Historia). Nada hay más alejado del verdadero mundo que ese supramundo ultrasensible del que las cosas sensibles (mundo de la sensorialidad animal) son meras copias. El mundo de los arquetipos cristianos que consiste en una taxonomía conceptual que coloca en la conciencia del creyente incauto todo un mundo «onírico» de agentes personales-espirituales dotados de entidad propia y de «realidad empírica» en el sentido en que, para el creyente fundamental, es tan real como el mundo de las piedras o las plantas, sino más:

«Ni la moral —argumenta agudamente Nietzsche en El Anticristo — ni la religión tienen contacto, en el cristianismo, con punto alguno de la realidad. Causas puramente imaginarias (“Dios”, “alma”, “yo”, “espíritu”, “la voluntad libre” — o también “la no libre”); efectos puramente imaginarios (”pecado”, “redención”, “gracia”, “castigo”, “remisión de los pecados”). Un trato entre seres imaginarios (“Dios”, “espíritus”. “almas”); una ciencia natural imaginaria (antropocéntrica; completa ausencia del concepto de causas naturales; una psicología imaginaria (puros malentendidos acerca de sí mismo, interpretaciones de sentimientos generales agradables o desagradables, de los estados del nervus sympathicus [nervio simpático], por ejemplo, con ayuda del lenguaje de signos de una idiosincrasia religioso-moral, — “arrepentimiento”, “remordimiento de conciencia”, “tentación del demonio”, “la cercanía de Dios”; una teología imaginaria (“el reino de Dios”, “el juicio final”. “la vida eterna” […] todo aquel mundo de ficción tiene su raíz en el odio a lo natural ( — ¡la realidad! —), es expresión de un profundo descontento con lo real…

Pero con esto queda aclarado todo. ¿Quién es el único que tiene motivos para evadirse,

mediante una mentira, de la realidad? El que sufre de ella. Pero sufrir de la realidad

significa ser una realidad fracasada…La preponderancia de los sentimientos de displacer

sobre los de placer es la causa de aquella moral y de aquella religión ficticia: tal

preponderancia ofrece, sin embargo, la fórmula de la décadence…».54

Nietzsche es un crítico de la moral de la decadencia (décadence) propia del ser cristiano. Los elementos de la fuerza, la vitalidad, la energía que constituyen la corriente de la vida plena han sido mancillados, puestos del revés; convertidos en meros epifenómenos del «verdadero mundo» que ahora es el mundo del «más allá», de lo escatológico, del ultamundo suprasensible en donde reside la «verdadera realidad» El cristianismo ha mancillado esa fuerza y vitalidad; ha hecho abyecta la vida misma; ha atacado, enfermado el fundamento de la misma existencia. Su moral es una moral de decadencia, incluso fisiológica:

«[…] l`impressionisme morale, es una expresión más de la sobreexcitabilidad fisiológica que es propia de todo lo que es décadent […] es el auténtico movimiento de décadence en la moral, y en cuanto tal es profunda.—afín a la moral cristiana. La épocas fuertes, las culturas aristocráticas ven algo despreciable en la compasión, en el “amor al prójimo”, en la falta de un sí-mismo y de un sentimiento de sí.»55

Esta moral es la que ha enfermado al hombre occidental; que ha creado un mundo de mera ilusión, un mundo proyectado por la conciencia del sacerdote; envenenado por el resentimiento del teólogo. Esta moral es una moral de la decadencia y del ressentiment:

«Crítica de la moral de la décadence. — Una moral “altruista”, una moral en la que el egoísmo se atrofia —, no deja de ser, en cualquier circunstancia, un mal indicio. Esto vale del individuo, esto vale especialmente de los pueblos. Faltan las cosas mejores cuando empieza a faltar el egoísmo. Elegir instintivamente lo dañoso para uno mismo, ser-atraído por motivos “desinteresados” es algo que casi nos da la fórmula de la décadence56

En especial, la figura del sacerdote cristiano es objeto de las iras de Nietzsche. El sacerdote es el envilecedor de la vida y de los presupuestos de la vida: el egoísmo, la fuerza, el dominio-sobre-sí del hombre aristocrático, del hombre superior: «Mientras el sacerdote fue considerado como el tipo supremo, toda especie valiosa de hombre estuvo desvalorizada… se acerca el tiempo — lo prometo — en que el sacerdote será considerado como el hombre más bajo, como nuestro chandala, como la especie más mendaz, más indecorosa de hombre…»57

El ataque más demoledor que hace Nietzsche al sacerdote lo escribe en El Anticristo, al final del libro en su «Guerra a muerte contra el vicio: el vicio es el cristianismo»:

Artículo primero.— «: Viciosa es toda especie de contranaturaleza. La especie más viciosa de hombre es el sacerdote: el enseña la contranaturaleza. Contra el sacerdote no se tiene razones se tiene el presidio. Artículo quinto.— Comer en la misma mesa con un sacerdote le hace quedar a uno expulsado: con ello uno se excomulga a sí mismo de la sociedad honesta. El sacerdote es nuestro chandala, — se lo proscribirá, se lo hará morir de hambre, se lo echará a toda especie de desierto.»58

El sacerdote es el «envenenador de la vida»; el que realiza la inversión valorativa. Él ha dado de beber a Eros su veneno letal. Es el inversor, el transvalorador; el artífice del mundo de irrealidad donde se mueven las almas de los creyentes. El sacerdote necesita envenenar la vida; necesita del dolor y del sufrimiento; necesita que la existencia sea insoportable, que no pueda ser sostenida por las fuerzas de lo vital. Para ello ha enfermado al hombre, lo ha domeñado; lo ha vuelto medroso e inseguro. Ha hecho de él el sufriente de la vida. El sacerdote necesita del sufrimiento: « […] una especie parasitaria de hombre que sólo prospera a costa de todas las formas sanas de vida, el sacerdote, abusa del nombre de Dios: a un estado de cosas en que el sacerdote es quien determina el valor de las cosas lo llama “el reino de Dios”; a los medios con que se alcanza o se mantiene en pie ese estado los llama “la voluntad de Dios” […] El sacerdote desvaloriza, desantifica la naturaleza: a ese precio subsiste él en absoluto. — La desobediencia a Dios, es decir, al sacerdote, a “la ley”, recibe ahora el nombre de “pecado”; los medios de volver a “reconciliarse con Dios” son, como es obvio, medios con los cuales la sumisión a los sacerdotes queda garantizada de manera más radical aun: únicamente el sacerdote “redime”…Calculadas las cosas psicológicamente, los “pecados” se vuelven indispensables en toda sociedad organizada de manera sacerdotal: ellos son las auténticas palancas del poder, el sacerdote vive de los pecados, tiene necesidad de que se “peque”… Artículo supremo: “Dios perdona a quien hace penitencia” —dicho claramente: a quien se somete al sacerdote. —»59

El sacerdote cristiano como un «engendro» que ha evolucionado culturalmente a partir del mundo judío. Es un mistagogo que realiza su alquimia en las almas de los creyentes, trastocando su buen sentido, el sentido de la tierra. El poder del sacerdote es un poder hierocrático; está centrado en lo «sagrado» y desde esa concepción ejerce su poder sobre las almas de los creyentes pero también sobre la arquitectura general de la sociedad. En su análisis del pueblo y la psicología judía, Nietzsche arremete contra el «pueblo santo»:

« […] ese pueblo dio a su instinto una última fórmula, que era lógica hasta la autonegación: negó, como cristianismo, incluso la última forma de realidad, el “pueblo santo”, el “pueblo de los elegidos”, la realidad judía misma. El caso es de primer orden:

el pequeño movimiento rebelde bautizado con el nombre de Jesús de Nazaret es el instinto judío una vez más, — dicho de otro modo, el instinto sacerdotal que ya no soporta al sacerdote como realidad, la inversión de una forma aún más abstracta de existencia, de una visión aún más irreal del mundo que la condicionada por la organización de una Iglesia. El cristianismo niega la Iglesia…

Yo no alcanzo a ver contra qué iba dirigida la rebelión de la que Jesús ha sido entendido o malentendido como iniciador, si no fue la rebelión contra la Iglesia judía […] [Jesús] era un criminal político, hasta el punto en que eran posibles precisamente los criminales políticos, en una sociedad absurdamente apolítica. Eso fue lo que le llevó a la cruz: la prueba de esto es la inscripción puesta en ella. Murió por su culpa, — falta toda razón para aseverar, aunque se lo haya aseverado con tanta frecuencia, que murió por la culpa de otros. —»60

Jesús como criminal político dentro de las estructuras de ocupación de la Palestina de su tiempo por parte del Imperio Romano61 es una concepción que maneja Nietzsche acerca de la figura histórica de Jesús. En El Anticristo nos dice: «Una cuestión completamente distinta es la de si él fue consciente de tal antítesis, — o si meramente fue sentido como tal antítesis. Y aquí es donde por vez primera toco el problema de la psicología del redentor. — Confieso que son pocos los libros que leo con tantas dificultades como los evangelios. […] Las historias de santos son la literatura más ambigua que existe: aplicar a ella el método científico, si no existen otros documentos, me parece una cosa condenada de antemano — mera ociosidad erudita…»62

Nietzsche, interesado en la psicología del sacerdote, estudia la génesis de los valores morales y de las religiones. En su obra Aurora (1881) dice Nietzsche con respecto al origen de las religiones:

« ¿Cómo ha podido llegar a considerar un hombre como una revelación su propia opinión sobre las cosas? […] hay […] palancas que trabajan en secreto; por ejemplo, se fortalece una opinión ante uno mismo considerándola como una revelación; se le quita lo que tiene de hipotético; se la exime de la crítica y de la duda; se le hace sagrada.»63. Y: «Todas las religiones llevan el sello de un origen debido a un estado de intelectualidad humana demasiado joven, toman demasiado a la ligera la obligación de decir verdad, y es que no tienen idea de un deber de Dios con los hombres: el deber de ser claro y preciso en sus revelaciones.»64

El sacerdote es el representante, el ejecutor y el depositario de la tradición cristiana. Su psicología está preñada de cosmovisión cristiana. Su formación, su adoctrinamiento, su socialización, su ser entero representa un tipo especial de ser humano. Él es el que ejecuta la praxis de la Iglesia. Es el indispensable hombre «espiritual» que intermedia entre el mundo suprasensible y el Hombre; entre Dios y la Naturaleza; entre el Espíritu y la sociedad. Él es el conformador, el rector, el ejecutor y trasmisor del «mundo verdadero», invertido por él previamente; colocado en el mundo; hecho mundo y Realidad nueva. La auténtica Realidad, la realidad donde los hombres trabajan, viven, sufren, padecen y mueren; la Realidad donde también hay momentos fugaces de felicidad, es un mundo pasajero, un mundo de sombras, un mundo oculto y meramente aparente. El Sol platónico, asimilado a Dios, es el auténtico mundo. Y el hombre ha de salir de su Caverna para salir fuera del mundo de las sombras y encontrarse con su Sol que es el verdadero iluminador del mundo real: el mundo ultrasensible. En el cristianismo la kenosis de Jesucristo realiza el milagro de colocarnos en el «mundo verdadero». El Verbo, con su Encarnación, renuncia a sus prerrogativas de la divinidad para ofrecerse en su condición de hombre hasta que se efectúa la muerte en la Cruz: «Dios murió en Jesucristo». La Kenosis es empleada en San Pablo para describir la humillación total de Cristo con el fin de obtener el completo perdón de los pecados del hombre. En la epístola a los Filipense (2; 6) podemos leer: «El cual, siendo de condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando condición de esclavo».

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