Nietzsche: (en) el corazón de lo abierto - De la entraña y de la luz
5 - De la entraña y de la luz
Este mundo, el mundo eternamente imperfecto, imagen de una eterna contradicción e imagen imperfecta —un ebrio placer para su imperfecto creador— así me pareció un día el mundo.
Fr. Nietzsche, Así habló Zaratustra, “De los trasmundanos”
Lo abierto, ¿es la claridad, la luz del día? Nietzsche no es —solamente— el pensador de lo
abierto, sino de su corazón. Y el corazón está siempre oculto, replegado, sombrío, alojado en un interior: es una entraña.
Desde El nacimiento de la tragedia, Nietzsche intenta poner en juego esta contradicción:
el (divino) juego de Apolo y Dionisos es análogo al juego de las entrañas y la luz, o al de
la fuerza y la significación. Es el juego —nunca resuelto, nunca decidido— entre la embriaguez y el ensueño. El corazón de lo abierto, el corazón en lo abierto es justamente eso que se pone en juego en la tragedia, en la obra de arte. La alegría trágica es la expresión —la afirmación, la repetición— de una oposición irreductible. Sólo hay fuerza en la significación, sólo porque hay fuerza hay signo. El tormento del ser se da formas, el azar produce órdenes, el caos engendra —y destituye— mundos. Lo hemos indicado: la physis no es ese “tranquilo reino de las leyes” que habrían anunciado los sabios modernos, sino el continuo desencajarse de las fuerzas y las formas, la inexorable e indecidible lucha de Dionisos y Apolo. Sólo se es — en el éxtasis.
La idea básica de todo esto es que, para Nietzsche, la fuerza se da a sí misma su propia
forma. El mundo trágico es la prueba máxima de que el terror esencial puede ser afrontado
— aceptado y llevado a la altura de la imagen. Si la fuerza decae, la forma se marchita: queda de ella sólo un juicio que condena a la vida o la convierte en (sórdido) preámbulo de otra existencia.
O bien: si la fuerza decae, la vida comienza a parecer sólo un negocio. Un negocio o un
preámbulo, en cualquier caso algo que, desde quién sabe qué lugar, desde quién sabe qué
tiempo, podría ser —o no— justificada. El arte —la tragedia, la poesía, la música— no está
nunca —si es arte— en posición de juzgar a la vida. El arte es la transfiguración de la fuerza, la metamorfosis del horror. No es la condenación de la fuerza, sino su puesta en escena, su espacio de juego: su ensoñación.
El —informe, oscuro, terrible, poderoso— corazón del mundo se da su propio mundo,
se abre a él, se forma en él y con él. Tal es la tesis que desde un inicio nos ha interesado considerar.
El nacimiento de la tragedia lo dice expresamente: “Cuanto más advierto en la naturaleza aquellos instintos artísticos omnipotentes, y, en ellos, un ferviente anhelo de apariencia, de
lograr una redención mediante la apariencia, tanto más empujado me siento a la conjetura
metafísica de que lo verdaderamente existente, lo Uno primordial, necesita a la vez, en cuanto es lo eternamente sufriente y contradictorio, para su permanente redención, la visión extasiante, la apariencia placentera”11. Advirtamos, de paso, que Nietzsche no dice que la apariencia — la visión extática— “resuelva” la contradicción o elimine el sufrimiento. El “Uno primordial” es la contradicción y es el sufrimiento, y nada puede hacerse para evitarlo. Nietzsche sólo afirma — sin poder aquí desprenderse aún ni de Schopenhauer ni de Wagner— que el fondo del ser se da sus propias formas — para redimirse sin cesar.
Este juego de la entraña y de la luminosidad —o de la fuerza y la figuración— no se
impugna prácticamente nunca en el texto de Nietzsche. Lo cierto es que sufre desplazamientos y opera de acuerdo con otras coordenadas. En Humano, demasiado humano, el centro de atención se localiza en la crítica de los ideales emanados de una fuerza desfalleciente. La fuerza se ha debilitado a tal grado que los ideales aparecen como independientes de ella, como superiores a ella. Los ideales desconocen su propia fuente. En tales condiciones, lo ideal excluye a lo real —la forma suplanta a la fuerza— y consagra su propio —siempre ilusorio, mas no por ello débil— imperio.
La (ausencia de) fuerza se da su propia forma en el mundo verdadero, es decir, en el
mundo de la forma pura. Es la hora de Platón. La verdad de lo real es su imagen — su eidos.
Una extraordinaria inversión está en obra en el nacimiento de la metafísica. Inversión total de la fuerza —de la entraña— en la imagen. La forma —la idea— ha secuestrado a la fuerza. Así llega, también, la hora del cristianismo —la verdad al alcance de los penitentes—, la hora de Kant —la verdad como imperativo puramente formal— y la hora del positivismo —la verdad como algo inalcanzable y desconocido—. Así llega, por lo mismo, la hora —la aurora— de Zaratustra12.
Nietzsche se sitúa a sí mismo como parte de una historia —la historia del nihilismo,
la historia en cuanto nihilismo—, pero se asume como el límite de esa misma historia. Él no ha “matado” a Dios, la muerte de Dios es el (lógico) resultado de esta —progresiva— confiscación de la fuerza por sus imágenes, por sus “ideales”. Los conceptos han devorado hasta el último residuo de realidad, los signos se han hecho de toda la realidad.
Sólo que, al devorarla, han perdido todo su sustento. Dios ha muerto: finalmente, se ha
digerido a sí mismo.
|
Opiniona sobre 'Nietzsche: (en) el corazón de lo abierto - De la entraña y de la luz' (0)
Opina sobre este artículo |


