No solo el fuego de Benjamín Prado. La venganza de la memoria - El juego del simulacro
3 - El juego del simulacro
Otra de las características de esta novela es la eterna sensación de estar perdidos que afecta a los personajes. Ante esta situación, eligen la mentira y el simulacro como arma para sobrevivir. Esto explica que, en muchos casos actúen en contra de lo que en realidad desean, como es el caso de Samuel. Todos estos personajes hacen cosas que se escapan de su razón, y cuya realización les hace sentirse aún más confundidos. A partir de estos actos se convierten -inexplicablemente para ellos mismos- en seres que no quieren ser, actuando como si fuesen otros, y movidos por una fuerza que no pueden controlar. Esta especie de escisión del yo, de incomprensión de la propia actuación es una característica importante. Sin embargo, no se trata de esquizofrenia (como sucedía en Alguien se acerca). Éstos son personajes que no saben muy bien por qué actúan de forma extraña; simplemente se dejan llevar, ya que, de este modo, entran en una especie de juego con el que salen un momento de su rutina. Ellos utilizan estos actos como una forma de expandir su imaginación y poder creerse otra persona. Por ejemplo, Samuel se pasa parte de la novela persiguiendo a mujeres, sin apenas darse cuenta, como si fuera un sonámbulo. No sabe qué le ha llevado a esa acción, ni por qué lo hace; pero tampoco quiere o puede evitar hacerlo. También en su relación con Ruth actúa desde la automentira. En algunas reflexiones interiores, Samuel revela estar todavía enamorado de ella, pero no se explica por qué no puede poner fin a las constantes discusiones, ni por qué han llegado a este punto. Tampoco quiere aceptar su fracaso profesional, empeñándose en vivir en un mundo “realista” que él mismo se ha creado pero que, en el fondo, es una mentira.
El caso de Ruth es similar. No esta enamorada de su marido sino del líder que éste fue. Es decir, de la imagen que se ha creado de Samuel, según su deseo. En realidad ella está enamorada del triunfador que Samuel fue de joven, y que era la admiración de todos; ya que, al estar con él ella era igualmente admirada. Ahora son una pareja normal, decepcionada, aburrida. Esta realidad le impide aceptar al Samuel con el que ahora vive, por eso reclama constantemente la imagen del hombre que ella eligió, y que ha desaparecido en el pasado. En realidad, ella está enamorada de una mentira, de una impresión irreal de su marido: la única que es capaz de tolerar de él. Por este motivo no puede aceptar que otros de los que se burlaba Samuel, cuando él tenía el poder, hayan llegado lejos, y ellos estén perdidos en mitad del camino. Para ella, Samuel es el causante de su desgracia, cuando se ha descubierto con el paso de los años qué de falso había detrás de esa imagen de héroe. Por eso, ya que no tiene ningún respeto hacia un hombre que no es el que ella había elegido, sino un estafador, el sustituto real de esa idea que persiste sólo en su recuerdo. Ante esta situación, Ruth decide, no sólo acostarse con otro hombre -como una forma de vengarse de Samuel- sino también envenenar poco a poco a este “extraño” con el que vive, para darle un escarmiento.3 Por otro lado, dentro del juego del envenenamiento Samuel también elige la mentira de no saber que su mujer lo está intentando matar -simuladamente- con harina; los dos parecen entregarse a este simulacro como una forma, tal vez, de romper la rutina.
Al final, la soledad es la única consecuencia de la huida y de la frustración del mundo exterior. Esa misma soledad se revela como resultado del simulacro, ya que cada uno vive en solitario su propia mentira. Este sentimiento desemboca en la desesperación de verse atrapados en un mundo del que no se puede salir. Todos los personajes de esta novela tienen esta sensación y todos ellos -como los exiliados en Latinoamérica, incluso los poetas- viven en la mentira de esperar una realidad que nunca llegará; ya que lo que está al final es la desilusión y el desengaño. Esta desilusión viene, no sólo por la propia frustración sino por otras dos razones: la primera es no haber recibido de los demás lo que se esperaba de ellos, como el caso de Ruth; y la segunda, por la decepción ante la falta de eficacia de los que representan unos ideales políticos y sociales compartidos, como en el caso de los exiliados.
Todos los personajes de esta novela están llenos de deseos frustrados que se han quedado en el camino. Se repite la desilusión ante un mundo que los zarandea y los maneja a su antojo. Estos protagonistas son como marionetas movidas por agentes externos ajenos a ellos; que no pueden o saben actuar de otra forma; o que, simplemente se han acomodado a su vida, sin hacer ningún esfuerzo para cambiarla, aunque ésta no les guste nada. De este modo se dejan vencer por una fuerza superior que es más fuerte y que los domina. Los impulsos para actuar así no son sólo el odio, el desprecio o la rutina, como hemos visto, sino también el amor, en el caso de Marta. Estas actuaciones son en ocasiones parte del simulacro de una vida que quisieran y que se empeñan en creer que existe pero que nunca va a llegar.
Igualmente la naturaleza, el paso del Cometa Halley, es una especie de excusa para esto y también ejercerá su energía sobre los personajes e influirá en el comportamiento de Maceo, por ejemplo, cuando le cae el rayo. Con esta referencia Prado parece querer mostrar que las fuerzas naturales, especialmente las terrestres ejercen su fuerza sobre el hombre. Aunque el autor hace diferentes referencias a este tema -como las correspondientes a primitivas culturas indias o a la mitología-, no está demasiado explotado, convirtiéndose más bien en un referente temporal, como es el de indicarnos que parte de la trama de la novela transcurre en el año en el que pasó el Cometa Halley.
En cuanto a la técnica, No sólo el fuego es un libro construido con un estilo más trabajado en cuanto a la estructura y la sintaxis pero que, en cierto modo, ha perdido el desenfado y el humor de los primeros. Las frases son más elaboradas y la metáfora como recurso estilístico sigue siendo fundamental; no sólo se utiliza ésta como identificación de pequeños elementos o sensaciones sino que hay acciones o historias que se usan como metáfora de otras. Hay una cuidada imaginería que es en parte la que soporta el peso del libro, esto se consigue con comparaciones o asociaciones de ideas como, por ejemplo: “La máquina Olivetti le pareció un aparato insólito (…) Cada letra sonaba ¿a qué? ¿Cómo habría podido explicárselo? ¿A un hombre que clavaba un ataúd? ¿A militares disparándole a una lata vacía?” (Prado, 1999: p.72) Como parte del uso de lo visual también se da la enumeración de sensaciones e ideas incoherentes y sin relación entre sí, como una sucesión de diapositivas, algo que era recurrente en sus anteriores novelas.
El cine sigue siendo un recurso técnico para construir la novela y describir escenas o escenarios. Por ejemplo, Prado usa la simultaneidad de planos y escenas de historias diferentes, que son las de los distintos personajes. Aparecen grupos aislados de personajes: Truman-Maceo; Ruth-Samuel; Marta y sus amigos; son tres historias aisladas que sólo al final consiguen entrelazarse un poco. También se dan los saltos en el tiempo, el flash- back, como la historia de los padres de Truman o los diversos recuerdos de Truman, Ruth y Samuel. Las historias no están presentadas de forma lineal sino a base de planos que al final nos dan una idea global de las diferentes historias. No hay continuidad en la historia, el tiempo y los espacios correspondientes a cada narración sino que los saltos temporales, espaciales y argumentales son lo más destacado en esta obra. Se pasa de una escena a otra, de una generación a otra con bastante maestría. También se da la digresión, cuando los personajes nos dejan ver sus pensamientos en mitad de alguna de las escenas que están protagonizando. Escenas que empiezan en un capítulo terminan a veces en otro, mientras su/s protagonista/s divagan en otro escenario o incluso en otro tiempo.
Se puede ver que No sólo el fuego es una obra muy conseguida en cuanto a la descripción, situación y verosimilitud de los escenarios. No podemos afirmar si Prado pretende hacer una novela histórica, no obstante, la sensación que queda después de leer No sólo el fuego, es que tal vez abarca demasiado: menos de trescientas páginas no son suficientes para casi un siglo de historia de España. Podría afirmarse que el acierto de Prado ha sido crear una obra muy humana y eminentemente poética en la que se puede palpar un buen manejo de la técnica narrativa de principio a fin. Los personajes que nos presenta son tremendamente nostálgicos, aferrados al pasado y asustados por la soledad, el miedo y el vacío. Algunos intentan luchar o soñar un poco, pero la realidad presente que les ha tocado, o la que ellos se han construido es la que termina venciendo. No hay salida a corto plazo, (al menos, no para Ruth y Samuel) ya que nunca consiguen dejar ese mundo que se han construido aunque lo odien. Quizá, como es el caso de Truman, sólo envejecer y esperar la muerte sea la única salida.
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