No solo el fuego de Benjamín Prado. La venganza de la memoria - La huida: el exilio, la memoria y la nostalgia
2 - La huida: el exilio, la memoria y la nostalgia
Todos los protagonistas de No sólo el fuego tienen en común el deseo de huir de sí mismos y de su presente. En esta novela el tema de la huida en esta novela aparece representado de dos formas: mediante el exilio, fatal consecuencia de la guerra, personificado por Truman; y la nostalgia, el recuerdo constante y la vuelta al pasado pensando que éste fue mejor que el presente. Ambas situaciones son consecuencias de un mayor o menor grado de no aceptación de la situación actual que se les ofrece (o se les impone). El exilio tiene componentes más diversos y conflictivos, y se produce en un escenario físico, “real”; la nostalgia, por el contrario, es una huida subjetiva, que puede convertirse en un exilio figurativo. Ésta, por tanto, es una obra que no sólo dedica un recuerdo a esas generaciones posteriores a la Guerra Civil española, sino que muestra cómo puede actuar la memoria de forma personal y colectiva, y cuáles pueden ser sus consecuencias.
1. La nostalgia contra el miedo al presente
En No sólo el fuego la huida en busca de una situación más agradable se transforma en un constante viaje al pasado, a través de la memoria de un tiempo y una vida que se estiman mejor que la presente. La búsqueda en el pasado se convierte en un refugio de una realidad y un entorno en los que no se sienten cómodos y seguros. Solamente Samuel vive en un presente a su medida, el cual está fundado en la mentira de creerse que su vida funciona bien. En esta novela se emprende un regreso a un pasado que prometía cosas que el paso de los años no ha traído. Sin embargo, este regreso se convierte en un arma de dos filos: por un lado, los principales protagonistas de esta novela tienen en común el hecho de que se han agarrado a su memoria como única tabla de salvación. Los recuerdos se convierten en un espacio donde instalarse y protegerse de un presente que odian -con el que no se resignan, o contra el que no se atreven a actuar- y de un futuro que prefieren no intuir. El pasado les ofrece un mundo irreal en el que perderse y olvidarse de quienes son, y en el que aún es posible reconocerse en una situación mejor: más jóvenes, y llenos de ilusiones y esperanzas. Por otro lado, este constante vivir con los recuerdos se convierte en una especie de auto-castigo (aunque sea inconsciente), ya que sólo hace que se sientan perdedores y les impide mirar hacia adelante. La memoria, de este modo, se presenta como el medio para acercarse a lo único bueno que tienen, pero también como recordatorio de la desgracia de saberse desposeídos de todo aquello con lo que habían soñado para su futuro y que no ha llegado. Por ejemplo, a los personajes de Ruth y Truman, especialmente, la memoria del pasado sólo les trae la sensación de que no tienen nada y únicamente les sirve para recordarles todo lo que han perdido. Sin embargo, con su constante exclamación intentan buscar una explicación a los actuales problemas de su existencia:
Resultaba curioso que Maceo fuero lo que más quería y a la vez la prueba palpable de todo lo que había perdido. Truman sintió una gran amargura, sintió el peso de un vida llena de renuncias, de mutilaciones, aquella vida hecha con tantas historias y ningún final feliz. ¿De qué había servido todo lo que hizo? De nada, eran cosas inútiles, algo que ocurrió pero no fue verdad. (Prado, 1999: p.146)
El profesor Germán Gullón en un artículo titulado “El miedo al presente como materia novelable”2 expresa que la sociedad burguesa en la que nos movemos evita mirar al presente e intenta huir de él, y que esto se refleja muy bien en la literatura. Se trata del miedo a mirar un presente que deja de serlo constantemente, que es futuro ya en su mismo momento de existir; especialmente en esta época cuyo ritmo está marcado por los vertiginosos cambios tecnológicos y científicos que hacen que casi todo caduque al poco tiempo de ser inventado. Para Germán Gullón, novelar el presente tiene algo de peligroso porque no hay unos parámetros para soportar la realidad actual novelada consensuados y el escritor, entonces, arriesga demasiado. Esto ha sido algo a lo que, según él, escritores como Ray Loriga, José Ángel Mañas, Belén Gopegui o Benjamín Prado, entre otros, se han atrevido. Lo que Prado hace en esta novela es reflejar ese miedo al presente y, a partir de ahí, la nostalgia como un “malestar” que ya ha sido descrito como una de las características de ciertos segmentos de la sociedad española actual. Un miedo, como apunta Gullón, a afrontar un presente y un futuro poco prometedores y una tendencia a pensar que el pasado fue mejor. En una sociedad como la que vivimos, marcada por el progreso y los vertiginosos cambios, incluso el pasado se ha convertido en una colección de imágenes multitudinaria. El intento de apropiarse del pasado perdido se estrella contra la ley de los cambios de moda y las nuevas ideologías de las generaciones que llegan; una de sus consecuencias es la formación de una "película nostálgica", que consiste en una aproximación al pasado mediante connotaciones estilísticas que nos lo transmiten a través de las imágenes, y que producen su impresión de él sirviéndose de las modas. Asistimos así a una cierta aniquilación, no sólo de la historicidad, sino de la posibilidad de mirar al presente de una forma activa; de este modo, el mundo pierde su profundidad. En este sentido, la nostalgia tiene como motor la memoria de un segmento del pasado que, percibido desde el presente, se percibe mejor que la actualidad. Sin embargo, la nostalgia no supone una visión objetiva, sino que desde la perspectiva nostálgica, el yo se sitúa en un medio irreal que lo envuelve, y en el que no se requiere la verificación lógica de lo representado. La nostalgia revela la impotencia del sujeto para definir coherentemente el mundo y percibe la realidad más como se presenta al deseo y la imaginación que a la razón. Los hechos y experiencias pasados, transformados por la imaginación, tienen una presencia más impactante que la realidad del presente. La visión de la nostalgia puede falsificar el mundo, pero esa falsificación aparece acogedora frente a un presente que se presenta incómodo.
En el caso de la situación española -como se refleja en el matrimonio formado por Ruth y Samuel- el presente, para algunos, se concibe como un tiempo que no ha confirmado las esperanzas que se habían cultivado a partir de la actividad política de la dictadura, cuando ellos se conocieron y cuando Samuel era un héroe dentro de la ideología por la que todos luchaban. En el caso de Ruth, la nostalgia frente a una realidad desdichada conduce al enfrentamiento y la crítica directa a su marido, y a la agresividad implícita en la ironía y en la parodia que usa contra él. No obstante, Ruth tampoco da un paso para cambiar su situación, sino que ha elegido la reclusión en el mundo de su imaginación. No se trata sólo de una nostalgia paralela a la huida, sino además planteada como una búsqueda de las raíces del fracaso. Quizá esa indecisión de Ruth a marcharse puede deberse a la esperanza de que llegue un presente mejor, aunque éste tarde en aparecer.
Desde la perspectiva de la nostalgia personificada por Ruth, y a través de su historia, se ve reflejado muy bien un segmento de los últimos años de la dictadura, en la que estos “progres” que representa Prado fueron unos de los protagonistas. Prado no sólo nos describe el ambiente de la utopía, la camaradería y la ilusión por cambiar las cosas, en unos años de compromiso y lucha clandestina contra el régimen de Franco; sino también el cambio a la desilusión, a la perdida de incentivo por la lucha, tras no haber logrado todo lo que se esperaba. Como referencia cultural de aquella época, se menciona en la novela la película “Los 400 golpes” de Truffaut y su importancia como punto de apoyo cultural e ideológico para aquellas generaciones. Esta especie de decepción ante lo que se han convertido aquellos años también ha sido expresada a través de otros medios artísticos. Un buen ejemplo, es la canción “Cine, cine” del cantautor Luis Eduardo Aute. Después de mencionar aquellos años y la misma película de Truffaut, y concluir con la misma decepción ante una situación política y social que no es precisamente por la que se luchaba, el autor de la canción acaba pidiendo “perdón por confundir el cine con la realidad”. Esto vendría a ilustrar cómo esta nostalgia generacional mencionada más arriba, y esta decepción ante una democracia que no ha resultado como se esperaba, es un mal general que afecta aquellos “progres” que, en buen número, se han convertido en parte de la burguesía contra la que se rebelaban. Por otro lado, esto refleja también algo muy importante y es que, precisamente el arte -en este caso el cine- sirve para reflejar a toda una generación (sus rasgos, sus sueños, etc.) y cómo éste actúa de instrumento de identificación individual y grupal, ya que crea la realidad a imagen del deseo. Como expresa Aute en su canción , estas representaciones imaginarias de una determinada época, pueden llevar a que, al final, lo que quede de ésta en la memoria colectiva sea la imagen o el espectáculo de la misma. Que al final, “toda la vida es cine”.
2. El exilio y la literatura
Otro pilar fundamental en las primeras narraciones de Prado, era el uso de la literatura como eje temático y técnico; ya que todas sus obras anteriores, excepto Raro, son metanovelas. La literatura en esta obra pierde protagonismo, siendo sólo fundamental para el personaje de Truman, el abuelo. En este libro no hay metanarración como en las obras anteriores; sin embargo, la literatura le sirve otra vez a Prado como instrumento para construir su personaje. Para Truman, como sucede con personajes de novelas anteriores, los libros son los pilares en los que ha apoyado su existencia y sobre los que ha construido, en gran parte, su vida. En su exilio en Latinoamérica intenta cubrir su desolación leyendo obras mitológicas y, especialmente, poesía de escritores exiliados, como él, con los que puede identificarse. En la novela aparecen los nombres de Manuel Altolaguirre, Juan Rejano, Emilio Prados, León Felipe o Luis Cernuda. Los libros para Truman cumplen la función de expandir su imaginación y reflejar sus sentimientos cuando, no sólo está lejos de su tierra, sino también de Cecilia: la mujer que ama y con la que mantiene una relación platónica por carta. Los libros son también una forma de luchar contra la soledad, de combatir el sentimiento de amargura del exilio y el sentimiento de saberse considerado inferior por otros que harán imposible que sus sueños se cumplan. La literatura de los exiliados aparece representada como un símbolo de camaradería; de expresión de un sentimiento común a muchos españoles que sufrieron esta misma situación. La literatura -que es un alivio para la espera de que las cosas cambien- cumple la doble función de hacerle sentirse identificado con los que están fuera de España y, al mismo tiempo, de acercarlo a su país. Junto a esto, Prado la utiliza, por un lado, para expresar cómo muchos españoles, entre ellos escritores, nunca vieron cumplido el deseo de regresar de ese exilio, debido a la larga duración del régimen de Franco, y por otro, como crítica y reflejo de una actitud escéptica al funcionamiento de la democracia en ciertas situaciones:
A veces hasta me dejé caer por lo que llamaban los cafés de chinos, que eran el lugar de reunión de los españoles. (...) Allí vi tres o cuatro veces a algunos poetas exiliados, a Manuel Altolaguirre, a Juan Rejano, a Emilio Prados. Les gustaba jactarse de no haber comprado muebles para sus casa sino maletas nuevas porque Franco iba a durar muy poco, porque estaban a punto de volver a España, porque las naciones democráticas de Europa jamás permitirían bla, bla, bla, bla, bla, bla. La mayor parte de ellos no regresaron nunca, están enterrados en México: León Felipe, Luis Cernuda... (Prado, 1999: pp. 138-39)
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