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Notas sobre narrativa venezolana del 90 y del 80 - Los 90

 ***** (1 opiniones)
CopyLeft Artículo de Juan Carlos Méndez Guédez - 28 de Agosto de 2006
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3. Los 90

Así cómo los sesenta estuvieron marcados por la lucha política, por las guerrillas de orientación marxista que proliferaron a lo largo y ancho del país, por las discusiones de los intelectuales en cuanto al compromiso del artista frente a las exigencias de su historia, los noventa también nacen marcados por signos muy particulares de emergencia social. Ya no se trata de una casta intelectual emprendiendo la lucha armada en nombre de un colectivo que no necesariamente se sintió representado por la revolución que pretendía salvarlo; se trata ahora de un colectivo sin dirección que se lanza a las calles en una revuelta popular frente a la cual los escritores venezolanos no tuvieron ninguna respuesta, ninguna actitud inmediata que los liberara de la perplejidad.

El 27 de febrero de 1989, las protestas de un grupo de personas por el aumento del transporte desembocan en una violentísima rebelión popular que arrasó comercios enteros y paraliza las principales ciudades de Venezuela. La respuesta militar del gobierno de Carlos Andrés Pérez: desmedida, incoherente, y tardía, provoca una masacre en la que se calcula extra-oficialmente mueren dos mil personas(15). Así fenecen los fláccidos años ochenta: en medio de devaluaciones del bolívar; crisis económica, escándalos de corrupción política. Así nacen los noventa: marcados a fuego por la conmoción social y la desesperanza. En aquellos días finales de febrero del 89 desaparecía una Venezuela marcada por el esplendor petrolero y nacía otra cuyo rostro es aún difuso; y es dentro del escenario establecido por este nuevo país, donde se desarrollan dos rebeliones cívico-militares dirigidas por la oficialidad media y respaldadas con una curiosa simpatía popular.(16)

Aplastados estos alzamientos en 1992, Venezuela retomó un rumbo incierto dentro del cual pervive todavía, y esa atmósfera presencia la irrupción de nuevas voces narrativas marcadas por la pluralidad de propuestas estéticas. En ese sentido, si como afirma Lázaro Álvarez los sesenta venezolanos son "una generación decisiva" pues a partir de hechos históricos cruciales los escritores de este tiempo inauguraron una cosmovisión del mundo (17), es posible sospechar que los escritores del noventa, ya marcados por hechos históricos de gran relevancia, al menos estén intentando estructurar visiones particulares de lo real que los justifiquen frente a una lengua como el castellano en donde la narrativa hecha en Venezuela no tiene todavía el lugar que le corresponde.

Las teorías se deshacen frente a los hechos inmediatos y sólo el tiempo podrá dictar sentencia, pero ya hay indicios, libros, propuestas, atisbos, que nos permiten reconocer al menos la intención de un grupo de autores por consolidar una narrativa vigorosa, en la que la realidad sufre diversas formas de intervención y metamorfosis.

Frente a la retórica del cuento breve que terminó por imponerse en las dos décadas anteriores, los noventa parecieran proponer nuevos formatos. Pocos libros importantes de estos años se sostienen sobre el texto corto, y por el contrario pareciera que una épica del fracaso estuviese imponiendo nuevas longitudes narrativas. Obras como JUANA LA ROJA Y OCTAVIO EL SABRIO de Ricardo Azuaje (1991); SÓLO UN SHORT STOP de Luis Felipe Castillo (1993); INCISIONES (1995) de Juan Calzadilla Arreaza; BARBIE (1995) de Slavko Zupcic, hablan de una posible predilección generacional por las dimensiones de la novela corta. Ya no es tiempo de recogimiento o de intimismos como pudieron ser los tiempos posteriores a la derrota guerrillera del sesenta; estamos ahora frente a una paulatina expansión del hecho narrativo en la que si bien se mantiene a grandes rasgos la intención de un tono menor, es decir, de un tono apegado a "...las historias menores, insignificantes, cotidianas, intrascendentes... un saludable ejercicio de depuración en el que se ha ido a las herramientas elementales de la narración por encima de selvas adjetivantes y neobarroquismos en boga"(18), pareciera estarse gestando un florecimiento de géneros de mayor amplitud en detrimento de los ejercicios de brevedad y concisión de la década pasada.

Pero este tipo de hipótesis se enfrentan a una realidad compleja y polimorfa, y libros como CALENDARIOS (1990) y NATURALEZAS MENORES (1991) de Antonio López Ortega, trabajan un tipo de narración en ocasiones brevísima, narración que puede ser mini-ensayo, anotación lírica, pre-texto, y que contradicen en su esencialidad el movimiento de expansión que acotábamos. Y es que los noventa no tienen uniformidad expresiva, no poseen grandes líneas comunes de trabajo. Junto a la sobriedad y el psicologismo de los cuentos que nos entrega Rubi Guerra en EL MAR INVISIBLE (1990), se contraponen los ejercicios de tradición vanguardista, las parodias del humor surreal, y el lenguaje escatológico que propone Armando Luigi en su novela LA CRISIS DE LA MODERNIDAD (1997). Frente al lirismo y a la serenidad expositiva con que Marco Tulio Socorro refleja el mundo rural en A VUELO DE ÁNGEL (1993) descubrimos el cinismo y la mirada jocosamente urbana de José Roberto Duque en SALSA Y CONTROL (1996). Al lado de la densidad prosística y el rigor borgiano del LIBRO DE ANIMALES (1994) de Wilfredo Machado encontramos el humor cotidiano, el delicioso manejo de las acciones llevado a cabo por Ricardo Azuaje en VISTE DE VERDE NUESTRA SOMBRA (1993). Separado de la temporalidad inmediata que reseña I LOVE K-PUCHA de Jesús Puerta (1994), atisbamos la recuperación de la narrativa historicista en EL BLUES DE LA CABRA MOCHA (1995) de Mariano Nava. Contrapuesta a la exploración de la afectividad y lo paródico en TEXTOSTERONA (1995) de José Luis Palacios, ubicamos el discurso de lo policial en LUNA ROJA (1994) de Luis Felipe Castillo. Colocado junto a la perfección expositiva y el retrato de las situaciones que exhibe EL BORRADOR (1994) de Federico Vega, encontramos a Dina Piera di Donato y las densas atmósferas suprarreales de su libro NOCHE CON NIEVE Y AMANTES (1992). Enfrentada a la dureza de lo cotidiano que pervive en ALEMANES (1997) de Fernando Cifuentes, distinguimos el ludismo de lo fantástico urbano en LEERSE LOS GATOS de Juan Carlos Chirinos (1997). Y junto a la irreverente revisión de la Venezuela contemporánea que ofrece Boris Izaguirre en AZUL PETRÓLEO (1998), reconocemos el ejercicio de la brevedad expositiva de Alberto Quero en DORSO (1997).

Otro elemento interesante de destacar es cómo el universo de influencias de estos novísimos narradores pareciera desvincularse casi totalmente de la literatura venezolana del sesenta, o por lo menos de la literatura del sesenta más divulgada hasta la actualidad por la crítica e incluso por los programas educativos. En ese particular, se observa la reivindicación de autores como Renato Rodríguez y sus libros: AL SUR DEL ECUANIL (1963); y LA NOCHE ESCUECE (1985), textos ajenos a la grandilocuencia, a la impostación, y cercanos en ocasiones a la picaresca, y a la espontaneidad expositiva; del ya citado José Balza, quien es un elemento de vinculación entre muchos novísimos, por la combinación de rigor estructural y reflexión imaginaria en torno al país que ofrecen varias de sus novelas más recientes como MEDIANOCHE EN VIDEO: 1/5 (1989) o DESPUÉS CARACAS (1995), o del venezolano-yugoslavo Salvador Prasel con su magnífica y aún no bien reconocida novela MÁXIMA CULPA (1976). Mención aparte merece la alta valoración que realizan estos escritores del cuentista de los años cuarenta Gustavo Díaz Solís, quien representa para muchos de ellos un maestro por el rigor verbal y la milimétrica exactitud compositiva de sus textos.

En ese sentido, Nelson González Leal (19) considera que los noventa y los finales de los ochenta han roto la articulación del esqueleto narrativo propuesto por autores como el ya fallecido Oswaldo Trejo (y su afán textual); por González León (y su afán accional socio-histórico); y por el propio Balza ( y su afán psicologista), hasta intentar una conciliación de todos estos vectores expresivos pues:

"Lo que se busca es construir un cuerpo homogéneo en donde los dos niveles referenciales de la obra narrativa: historia y lenguaje, contengan igual peso. Lo importante, para la actual narrativa venezolana parece ser la actitud cierta de contar con la mayor limpieza e intensidad posible, sin descuidar las virtudes propias del ludrismo lingüístico."(20)

Si bien el panorama es demasiado diverso como para aceptar esta afirmación sin al menos un mínimo margen de dudas, quizás podamos aceptar provisionalmente su criterio. Sobre todo porque pareciera que nuevas influencias parecen haber marcado a los nuevos narradores, seccionando a medias el cordón umbilical que los vincula con la literatura venezolana y relacionándolos con mayor intensidad a creadores "traducidos" de otras lenguas como son Raymond Carver, Bernardo Atxaga, Antonio Tabucchi; y con escritores de lengua castellana como Alfredo Bryce Echenique, Juan Villoro y Mempo Giardinelli, escritores que en su gran mayoría parecieran intentar el equilibrio del lenguaje y la historia al que se refiere González Leal.

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Autor y licencia de 'Notas sobre narrativa venezolana del 90 y del 80 - Los 90'
Juan Carlos Méndez Guédez Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero11/li_venez.html CopyLeft
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