Es indudable que en la obra teatral, como en la fílmica, intervienen diferentes códigos de significación: lingüístico, paralingüístico, musical y del sonido, iconográfico, proxémico, cinético. A los anteriores hay que agregar otros códigos que son propios del cine: fotográfico, de planificación, de montaje,12 etc. También podríamos clasificar estos códigos, según el medio que utilizan, en verbal, visual y auditivo. Mientras en la obra teatral predomina el código verbal, en la obra fílmica hay un predominio del código visual.13
En la adaptación del monólogo “Novecento”, que, como hemos dicho, había sido escrito para la representación teatral, las principales diferencias que encontramos se deben justamente al uso del medio visual. En efecto, los diálogos, derivan directamente del texto teatral, en que el personaje principal, en su monólogo, incluía los diálogos de los personajes a los que se estaba refiriendo. También los monólogos del trompetista han sido conservados, aunque en este caso se puede hacer una distinción entre las partes narrativo-descriptivas, que se eliminan en la película para substituirlas con las imágenes acompañadas por la música (códigos visual y auditivo), las partes que relatan acontecimientos, que son en parte relatadas mientras asistimos a las imágenes relativas (código verbal y visual) y en parte representadas por los actores (códigos verbal, proxémico, cinético y visual), y las partes que corresponden a la narración de opiniones, sensaciones, estados de ánimo, conclusiones, que son narradas por Max mientras asistimos a escenas por lo general más contemplativas, con la música que acompaña las palabras del trompetista (códigos verbal, visual, auditivo).
El uso de la imagen y de la música es, en efecto, una forma de interpretación de lo que en la pieza teatral el espectador puede sólo imaginar.14 Algunas escenas de particular impacto, como la del emigrante que avista América, por ejemplo, recurren en mínima parte al uso del lenguaje verbal, mientras resultan fundamentales las imágenes, que nos muestran no sólo lo que hacen los emigrantes cuando ven por primera vez Nueva York, sino lo que sienten y ven. Las emociones de los emigrantes, junto con la música que subraya la conmoción del momento a que estamos asistiendo, nos trasportan directamente sobre el Virginian, para asistir “en directa” al acercamiento a esa ciudad. La escena del emigrante que ve América antes que nadie, y que, según nos dice la voz fuera de campo de Max, la tiene impresa en sus ojos desde siempre, con la cámara que nos muestra, con un gradual acercamiento de planos, la imagen refleja de Nueva York en sus ojos, es otro momento de gran efecto de la película. En este caso, el código verbal hace casi de marco al visual, en el que vemos realizado prácticamente lo que el narrador anuncia. Otra escena de gran impacto, en este caso sólo acompañada por la música y los efectos sonoros, es la escena del estallido del Virginian, en que vemos las manos de Novecento que rozan un teclado imaginario, mientras escuchamos su música, seguida por un sonido sordo y la explosión, con el Virginian que estalla en mil pedazos.