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Pero, ¿por qué me ha parecido oportuno hablar del optimismo y el pesimismo, en esta primavera de 2006? Asistimos en marzo en España a un comunicado de ETA en que se hablaba de un alto el fuego permanente, y a una posterior y consiguiente serie de declaraciones y análisis de políticos y periodistas, que mostraban diferentes puntos intermedios entre la explosión de optimismo y el escepticismo pesimista, llegando al enojo y la indignación, y pasando por lo que parece más extendido: la satisfacción acompañada de esperanza y prudencia.
A esto último se suma este articulista, y ojalá pueda seguir haciéndolo cuando estas líneas se publiquen. Pero en efecto: en lo profesional admito haber sido pesimista alguna vez. Recientemente, un amigo me llamaba agorero porque yo desconfiaba de los resultados de un determinado programa de formación; a mí, errado o acertado, me parecía que se estaba orquestando no para satisfacer necesidades reales de los participantes, sino para satisfacción de quienes lo orquestaban. Afortunadamente, he sido formador durante muchos años, y casi siempre con fundado optimismo sobre los resultados; pero es verdad que, formando parte de una gran organización, fui pesimista, por ejemplo, en más de un proyecto de e-learning.
Para terminar este texto, me pregunto cómo afecta a nuestro perfil (optimista/pesimista) un logro o un revés reciente, o por qué no extraemos mayores enseñanzas de éxitos y fracasos. Creo que una derrota inesperada, como vemos por ejemplo en los equipos de fútbol, puede causarnos un bache importante, pero también puede servirnos para tomar impulso y batallar por nuevas victorias; la opción no parece ser siempre igual para una misma persona, y aquí yo aludiría a nuevos ingredientes, como la fatiga psíquica o el conflicto de metas.
En el fútbol se hacen ciertamente muy visible todo lo bueno y malo de los equipos. Se aprecia cuando los jugadores confían en el triunfo, y también cuando juegan con la necesaria entrega, o si lo hacen con exceso de confianza. E igualmente se aprecia la aparición del pesimismo, en grado de prudencia atenazante, o de asunción de la derrota. Resultan muy visibles las emociones positivas y negativas de los jugadores, como también se aprecian los estados de flujo autotélico, en que los jugadores parecen estar comunicados e iluminados por la intuición: todo les sale bien. Pero voy acabando.
En cuanto a la digestión de éxitos y fracasos, y en beneficio de la objetividad ante nuevos retos, hemos de cuidarnos del optimismo derivado de éxitos anteriores (el “confiarse”), y evitar excesos de complacencia; pero también debemos hacer un buen análisis de los fracasos, identificando posibles causas exógenas y endógenas para intentar neutralizarlas en el futuro. Normalmente, en nuestra trayectoria profesional alternamos éxitos y fracasos, y de todos ellos podemos aprender, aunque a menudo lo olvidemos. En definitiva y terminando ya, quizá debamos utilizar estos términos —optimismo y pesimismo— con mayor precisión.
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