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Desde luego, en nuestro desempeño profesional el camino hacia las metas empresariales es casi siempre difícil e intrincado, y no está exento de espacios inexplorados, fortuna, trampas, atajos, casualidades, obstáculos y otros elementos favorables y adversos; pero el éxito parece proporcional a la confianza que nos guía, si está fundamentada en un cierto y sinérgico realismo, y acompañada de voluntad y competencia. En efecto, la consecución de resultados nos exige competencia profesional, con todo su despliegue hard y soft: no hay duda de ello; y también nos demanda voluntad: no podemos separar del éxito los elementos volitivos (la motivación). Pero igualmente nos exige una sólida actitud optimista; la confianza en el deseado logro contribuye, en buena medida, a predecirlo, así como el pesimismo parece anunciar el fracaso. Repitiendo, la consecución de logros ambiciosos parece demandarnos:
§ Capacidad para actuar (Competencia)
§ Voluntad de hacerlo (Motivación)
§ Fe en los resultados (Optimismo)
Puede decirse que la competencia nos hace capaces, que la motivación nos impulsa y que una inteligente convicción resulta tan catalizadora como necesaria. ¿Han probado a conseguir algo difícil sin estar confiados en lograrlo, o dudando del valor de los resultados que se persiguen? Durante años, ha venido pareciendo que, si sumábamos capacidad y motivación, estaba todo resuelto, pero lo cierto es que hemos de prestar mayor atención a las metas, y a la fe tanto en su consecución, como en que valen la pena y colman aspiraciones. Hemos de tener suficiente perspectiva para saber cómo contribuye cada esfuerzo a los resultados individuales y colectivos esperados, y tal vez recordar aquello de que la fe mueve montañas.
Antes de seguir, cabe quizá detenerse en lo de las metas de la organización, más allá de los objetivos anuales. Podemos recordar formulaciones corporativas como "liderar el mercado de nuestro sector en España", o "conseguir el premio de calidad de la EFQM", que muy legítimamente interesaban a más de un primer ejecutivo en los años 90: por entonces había grandes obsesiones por liderar mercados, y aún las hay hoy. Pero había también en aquellos años quien se alineaba mejor con metas o visiones de mayor orientación social, como "cada persona con su teléfono móvil", o "Internet para cada estudiante", o "pantallas planas para todos", o "electrodomésticos silenciosos", o "energía no contaminante", o "ruedas sin pinchazos", o "casas sin goteras", o "colchones ergonómicos", o "dentaduras sin caries", o "un mundo sin sida", o "protección de la naturaleza"… Creo que con formulaciones de mayor orientación social, las empresas catalizarían tal vez algo más la energía emocional de sus personas.
Desde luego, quien esto escribe precisa creer en lo que hace para desplegar todas sus capacidades; si no creo en algo —en su validez, en su utilidad—, me bloqueo, me agarroto. No les cansaré con ejemplos particulares, pero confío en que les ocurra algo parecido; no digo que sea una virtud, porque para mí ha constituido una cierta dificultad en no pocas ocasiones. No obstante, yo sostendría que el deseable binomio “efectividad + calidad de vida” demanda lo del “creer”, aparte del “saber” y el “querer”.
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