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Pablo Neruda, el enigma inaugural - El enigmatico orígen del nombre Pablo Neruda (II)

Artículo creado por Enrique Robertson. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/neruda.html
16 de Septiembre de 2006
Poesía

2 - El enigmatico orígen del nombre Pablo Neruda (II)

Una vez que a uno le asalta una sospecha que comprueba combinable con otra, se transforma en un redivivo "sabueso londinense". Aunque sea en la forma de un pálido y epigónico remedo, "un poco cómico y un poco venerable", como dice Borges. Del modo que sea, resulta compensador comprobar la razón que asiste a Borges en ese poema suyo en el que asegura que "pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes, es una buena costumbre que nos queda". Esa afirmación me obligó a releer ese poema y también Borges oral (Barcelona, Bruguera,1983). Se trata de la recopilación de los textos de cinco clases que hace unos veinte años dió Borges en la Universidad de Belgrano, Argentina. En la clase que tituló "El cuento policial" -que era la que me interesaba releer- encontré la frase que al mencionar expresamente a Neruda, establece el nexo -"el hilo invisible"- entre todos estos aparentemente dispares asuntos. Esto me devolvió la casi perdida coherencia, necesaria para reiniciar las investigaciones.

A partir de 1869, en Londres, la vida artística y privada de Mme. Norman-Neruda recuperó la actividad que tenía antes de su casamiento y traslado a Estocolmo. Moser, autor de Historia de la interpretación del violín y que conoció personalmente a Wilma cuando esta regresó a las islas británicas, le dedica una serie de elogios que obligadamente tienen que llamar la atención de un sherlockiano; porque los formula con casi las mismas palabras que ya habíamos oído decir a Holmes en Estudio en escarlata: "her attack and her bowing are splendid", que se citan traducidas en la "pista Arteche" como "la ejecución y el golpe de arco de esta mujer, son maravillosos". A renglón seguido, Holmes -según testimonia Watson- formula la pregunta que despista mucho a los sherlockianos músicos: ¿Cómo se titula esa piececita de Chopin que ella interpreta tán magníficamente? ("What‘s that little thing of Chopin‘s she plays so magnificently?"). Desconcertante, si se sabe que Chopin nunca compuso "una piececita" para violín. Sea como fuese, el caso es que como solista o como miembro de un "ensemble", Wilma se constituyó durante décadas en la principal atracción de la vida musical de la ciudad del Támesis. Así lo documentan todas las fuentes que la nombran sola o unida al nombre del incansable Charles Hallé. Otras la mencionan en relación a la nobleza y a la familia real británica. El príncipe Alfred le expresó su gran admiración no sólo con elogios; le regaló un magnífico Stradivarius fechado en 1709, uno de los ejemplares más perfectos de la producción del famoso luthier de Cremona. Otra versión asegura que fue el Duque de Edimburgo y no el Príncipe Alfred quién regaló el Stradivarius a Wilma. Y complican la cosa asegurando que fue un regalo que el Duque le hizo a medias con los Condes de Dudley y Hardwicke. Esto parece un intento de echarle bruma del Támesis al asunto, para hacerlo perderse de vista en medio de una espesa neblina londinense. Hoy, gracias a las revistas del corazón, nos habríamos enterado hasta del último detalle del presunto "affaire" que se huele tras esto. Pero, tratándose de un asunto decimonónico, nos tendremos que conformar con lo que hay; que no es mucho. No sé quién será el actual propietario del Stradivarius de Wilma, pero hace un tiempo me pareció relevante para la investigación el averiguar qué había sucedido con ese violín después del fallecimiento de la virtuosa, acaecido en Berlín el año 1911. La idea para justificar esta búsqueda era la siguiente: tanto la noticia de la muerte de la famosa violinista Lady Hallé, como también la noticia de lo que había sucedido con su Stradivarius podrían haber aparecido en alguna revista. Y esta podría haber sido la leída por Neftalí Reyes en Temuco: si en la presunta noticia se aclaraba que el trío Lady Hallé, Mme. Neruda y Norman-Neruda eran una misma persona, tendríamos allí el apellido Neruda que atrajo la atención de nuestro joven poeta temuquense. Tan extremadamente descabellada no debió ser esta idea porque al fin descubrí que el año 1913 un diario berlinés había publicado la noticia de que los hermanos Neruda, herederos de Lady Hallé, ponían en venta el bellísimo Stradivarius que había pertenecido a la virtuosa. Hasta ahora no sé quién lo compró, ni falta que hace. Puede que el comprador haya sido el propio Sherlock Holmes; aunque, según Watson, el detective violinista compró su Stradivarius mucho antes, por cincuenta y cinco chelines, en un negocio de compraventa de la Tottenham Court Road de Londres. (Fig.11). En las aventuras de Holmes es posible encontrar cuatro personajes, tres de ellos reales, que poseen un Stradivarius. Holmes mismo y tres más: dos de ellos son Wilma y Paganini. Durante una breve estadía en Londres decidí abandonar esta línea de investigación. Esta pista era demasiado complicada y difícil para un investigador amateur. Además, el negocio de compraventa donde Holmes compraba violines usados, ya no existe. De todos modos y como se verá, después tuve obligadamente que ver con el otro violinista admirado por Holmes y poseedor de un Stradivarius. Antes de referirme a él y a riesgo de atosigarles, permítanme darles a conocer un par de detalles más de la historia de Lady Hallé. Siguiendo su huella estuve también en Manchester, cuando allí se conmemoraba el centenario de la muerte de Sir Charles Hallé. Como ya he dicho, la orquesta de la ciudad se llama "Hallé’s Orchestra". El victoriano hotel en que me alojé estaba situado a escasa distancia de la sede de esta orquesta y, mejor aún, justo enfrente de la biblioteca de la ciudad. Allí, en una vitrina de la biblioteca, se exhibía el original de una hermosa fotografía de Lady Hallé. Seguramente fue tanto el interés que mostré, que amablemente la sacaron de la vitrina para permitirme hacer una copia de ella, lo que agradecí muchísimo. Hela aquí (Fig.12) Además pude saber otras cosas interesantes acerca de Sir Charles y Lady Wilma que, según me dió la impresión, en esos días revivían en Manchester. Influenciado por el curso de mi investigación, viví una experiencia muy curiosa que me llevó a los salones del edificio que en la actualidad es el museo de pintura de la ciudad cuyas mudas paredes se llenaron en su día de los ecos de los violines de Nicolo Paganini primero, y de Wilma Neruda después. El 25 de octubre de 1895, pocas semanas después de que Wilma y su esposo volvieran de una celebrada gira por Sudáfrica y Australia, Sir Charles Hallé, que entonces contaba con sanos y activos 76 años de edad, falleció bruscamente de una hemorragia cerebral. Las crónicas relatan que su deceso produjo gran consternación. Su viuda, veinte años menor que el difunto, recibió expresiones de condolencia procedentes de las más altas esferas. El príncipe de Gales -posteriormente Eduardo VII, rey de Inglaterra- presidió un comité, que integraban también los reyes de Suecia y Dinamarca, para ayudar a Wilma que al parecer heredó compromisos que financieramente la ponían en serias dificultades. El resultado de la acción de tantas testas coronadas, estuvo a la altura de ellas. Se la ayudó económicamente y además, se le cedieron los títulos de propiedad de un palacete en Asolo, Italia. Un tanto apresuradamente quizá, Wilma se trasladó a residir a Italia en compañía de su único hijo, dejando el país en el que había vivido tantos años. Esta decisión suya tuvo lamentables e imprevisibles consecuencias. Allí falleció su hijo, en un trágico accidente. Wilma trasladó nuevamente su domicilio. Esta vez -en 1899- se estableció en Berlín, reanudando sus actividades profesionales como concertista, trabajando además como profesora en el Conservatorio de la capital alemana. Sin embargo, cada año volvió a Inglaterra a participar en algún concierto. En 1901, la reina Alexandra la nombró Violinista de Palacio. En enero de 1908 Wilma hizo su última aparición ante el público de Londres, participando en un concierto en memoria de su amigo el violinista Joseph Joachim fallecido pocos meses antes. Ella a su vez, la famosa violinista Wilma Maria Franzisca Neruda, Lady Hallé, la Norman-Neruda de Estudio en Escarlata, nuestra Gillermina, falleció en Berlín el 15 de abril de 1911 a los 72 años de edad. Una de sus últimas actividades profesionales en Berlín -esto se menciona muy rara vez- fue la de acompañar con su violín, al jovencísimo y virtuoso cellista catalán Pablo Casals.

A todo esto, mucha investigación, mucho dato biográfico y mucha anécdota. Pero a resultas de todo, lo único que podía oponer a la "variante herética" de Arteche era el poder afirmar rotundamente que el nombre de la violinista Norman-Neruda -tanto en vida de la artista como en los años siguientes a su fallecimiento- no solo aparece en Estudio en Escarlata si no que, en sus tres variaciones, se lo puede encontrar en no pocos diarios y revistas europeas. Es importante señalar esto, porque la existencia de dichas revistas descalifica cualquier desmentido que se le quiera hacer a Neruda. Es, en efecto, perfectamente posible que encontrase su nombre en una de ellas, como siempre afirmó. El nombre Neruda de Wilma, claro, no el del escritor Jan Neruda. Con esto se podría haber dado por terminada la investigación. Pero una intuición sherlockiana me hacía notarle un sabor un tanto descafeinado a "la cosa", si la dejaba hasta ahí. No porque no pudiese demostrar la existencia de tales revistas. Para esto nada mejor que mostrar, por ejemplo, el ejemplar de Septiembre de 1892 (pág. 276) de la revista ilustrada mensual The Strand Magazine (Fig.13) de Londres, revista hermosa e interesante, impresa en papel de excelente calidad. No debió ser extraño hallarla entre los libros de una biblioteca. Su formato se prestaba para ello y además se la podía adquirir encuadernada en tomos de seis ejemplares, como lo hice yo mismo en un anticuario. En Temuco, quizá en la biblioteca de Carlos Masson, podría haber habido alguno de esos tomos, o ejemplares sueltos. No importaba cuán viejos fuesen, cada ejemplar de esa revista se mantenía largo tiempo vigente por sus historias, anécdotas, etc..Conan Doyle publicó en ella las aventuras de Sherlock Holmes y otras obras suyas, todas estupendamente ilustradas. En Temuco, que contaba no solo con habitantes de habla inglesa sino también con una iglesia anglicana y un colegio inglés, no debió haber sido imposible encontrar un ejemplar de The Strand Magazine, una de las más atractivas revistas inglesas de su tiempo. Cabe pues dentro de lo posible, que Neftalí Reyes encontrase ese ejemplar de Septiembre de 1892, con toda una página ilustrada dedicada a Wilma Neruda, Lady Hallé. Y si no fue The Strand Magazine la revista hojeada casualmente por Neftalí, pudo haber sido otra. Por ejemplo la revista Dalibor, que en la página 251 (Vol.XXXIII--1911) publicó unas palabras de despedida que tituló "Obituary for Wilma Neruda". Pero el documentar la declaración del poeta, para probar que es perfectamente posible que hubiese encontrado su nombre en una revista, no me liberó de la sensación -quizá similar a la que sintió Egon Erwin Kisch- de que algo seguía faltando en esta historia, un detalle que no acertaba a identificar. Dicho sea de paso, Kisch debió haber conocido la revista Dalibor en Praga, pero en su monomanía de pensar sólo en Jan Neruda, no pensó en que la Guillermina también se apellidaba Neruda. Craso error. En ella estaba la clave. En fin, repito que sentí que todavía faltaba algo. Pero, carente de ideas, me ví obligado a hacer una pausa en la investigación. No sé cuánto duró. En ese intervalo, sin alejarme de la música, me dediqué -en compañía de un amigo mío al que también le chiflan estas cosas- a estudiar a Neruda en relación al "Vals sobre las Olas". En casa de este amigo -hijo del querido periodista chileno Alfredo Olivares, que fue quién me hizo posible la obtención de la fotocopia de "la pista Arteche"- vimos un interesante video acerca de Isla Negra, que le había enviado su padre. En una escena de dicho video, se veía un artilugio giratorio y antediluviano -previo a las victrolas- del que salían los compases del Vals sobre las Olas. Debía, sin duda, tratarse de la primera versión mecánicamente reproducible del famoso y pegajoso vals. Nos imaginamos al poeta hipnotizado ante ese raro aparato que echaba al aire las notas del vals que le había fascinado desde niño, como recuerda en las primeras páginas de Confieso que he vivido. No sólo releímos esas páginas, sino que también declamamos solemnemente la "Oda al Vals sobre las Olas", brindando por su autor, que también se acordó de ese vals -y lo hizo interpretar al violín - cuando comía en Hungría junto a su hermano Miguel Angel Asturias. Después -con nuestras respectivas esposas, claro-. danzamos nerudianamente el viejo vals. Al día siguiente -tengo testigos- en un mercado callejero, entre un montón de revistas viejas, encontré un ejemplar de la centenaria partitura del "Vals sobre las Olas", una primera edición expresamente hecha para América lujosamente litografiada a todo color (Fig.14). El autor del famoso vals que le hizo seria competencia a los mejores valses de Viena, fue el mejicano -niño prodigio también- Juventino Rosas. En su breve vida, Rosas jamás visitó el viejo continente. En cambio su vals, "El Vals sobre las olas", se paseó por todos los salones de Europa no faltando quién atribuyese su autoría a Strauss. Para qué decir que interpretamos el hallazgo de esta partitura como un raro mensaje del poeta. Quisimos hacer un vídeo, escribir algo; al final no pasó nada. Aunque, claro, todavía podría pasar. Si cuento el apretado resúmen de todo esto -que es otra historia- es porque de manera tangencial tuvo algo que ver con lo que pasó después, cuando al fin se dió la coyuntura para retomar el asunto de la Guillermina. Un día, revisando notas, me dí cuenta que había dejado un cabo suelto. Era el relacionado con el tercer personaje no ficticio -y dueño de un Stradivarius- del que habla Holmes en uno de sus diálogos con Watson. Al escribir mis primeras notas sobre Holmes y el violín, llamé Melitón al tercer personaje; y le archivé bajo ese nombre, con lo que sin querer yo mismo lo saqué del punto de mira de mis investigaciones. Grave error. Porque Melitón fue otro de los violinistas predilectos del detective de Baker Street. En La Liga de los Pelirrojos, Sherlock Holmes informa a Watson: "Sarasate plays at the St.James’s Hall this afternoon" (Fig.15). Lo dice con la absoluta certeza de estar hablando de alguien muy conocido. Y con toda razón porque, según el citado relato, en aquella brumosa tarde londinense, ofrecía uno de sus magníficos conciertos don Martín Melitón Sarasate y Navascués, navarro nacido en Pamplona el 10 de marzo de 1844 que, bajo el nombre de Pablo Sarasate -o Pablo de Sarasate- adquirió mucha fama y riqueza como violinista y compositor.

Pablo Sarasate dió su primer concierto en Londres el año 1861, en el Crystal Palace; pero a partir de ese mismo año sus conciertos siempre se llevaron a efecto en la Sala que se llamó St.James’s Hall a la que Holmes se refiere en la novela. Esta sala ya no existe en Londres; fue demolida en 1905; en su lugar se construyó el Piccadilly Hotel.

El no haberme preocupado mucho antes de Sarasate me dejó, en mi rol de aprendiz de Sherlock Holmes, muy avergonzado. Porque Pablo Sarasate no se llamaba Pablo: eligió llamarse así!. Está documentado que fue bautizado con los nombres de Martín Melitón y que su fe de bautismo fue corregida en el año 1878, cuando el violinista de Pamplona ya había cumplido 34 años de edad. (Fig.16). Por este extraordinario hecho -haberse autobautizado Pablo, tal como lo hizo Neftalí Reyes- debí haber sometido a Sarasate, desde la partida, a una muy rigurosa investigación. Habría sido lo lógico, lo elemental, según Holmes. Sin embargo, como un Lestrade cualquiera, no lo había hecho. ¿Por arte de qué, Martín Melitón se había hecho llamar Pablo? Por arte de música, se podría decir; en analogía a lo que dejó dicho Ricardo Eliecer Neftalí: "mi nombre es Pablo por arte de palabra". Esto no podía significar otra cosa que Neftalí no sólo leyó la palabra Neruda en una revista; también tenía que haber leído la palabra Pablo. Este pensamiento me hizo acometer con entusiasmo la tardía tarea de intentar atar el cabo suelto de la "pista Melitón". Pero lo único que se me ocurrió fue la ingenua idea de pensar que quizá, en alguna otra de las aventuras de Holmes y Watson, los nombres de Wilma Neruda y de Pablo Sarasate hubiesen sido mencionados juntos. Idea que los sherlockianos del The annotated se encargaron de hacerme desechar rápidamente: Holmes no vuelve a mencionar a estos violinistas en ninguna otra aventura. Ni juntos ni separados. De todos modos, dos cosas de mucho interés habían surgido de esto: la primera, haberme enterado del curiosísimo hecho de que el violinista Martín Melitón Sarasate, de la misma manera que el joven poeta Ricardo Eliecer Neftalí Reyes, había cambiado sus bautismales y pesados nombres de pila por el sencillo y apostólico Pablo.

El caso de Pablo Picasso es diferente. En la pila bautismal Picasso se llamó: Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso. Una orgía bautismal. El pintor fue drástico; lo único que no se borró fue el nombre Pablo y el apellido materno. Es decir, a diferencia de Neruda y de Sarasate no le fue necesario buscar su nombre Pablo en revistas o libros, estaba ya en la fé de bautismo que le tocó en suerte.

El segundo hecho, al que también atribuí mucha importancia, fue a la germinación de la idea de que los nombres de Pablo Sarasate y de Wilma Neruda pudiesen ser encontrados impresos, el uno junto al otro, si nó en una novela de Sherlock Holmes por lo menos en otra parte. Por ejemplo en un artículo que tratase de los grandes violinistas del siglo XIX. Pero, si se les enumeraba en órden alfabético, ambos nombres estarían separados por lo menos por el de Paganini. A propósito de este último: Sherlock Holmes también admiraba mucho a Niccolo Paganini y sabía muchísimas cosas acerca de él. Lo atestigua Watson al decir : "(Holmes) me contó muchas anécdotas acerca de ese hombre (Paganini) extraordinario" ( "...he (Holmes) told me anecdote after anecdote of that extraordinary man (Paganini)"). Seguramente, como de tantos otros temas, los conocimientos de Holmes sobre Paganini y su Stradivarius eran asombrosos; Holmes, ya lo dije, también era propietario de un Stradivarius. Esto me hizo elucubrar que otra posible lista de famosos violinistas del siglo XIX, sería la que incluyese solo a los poseedores -no ficticios- de uno de estos extraordinarios violines. Sería una lista breve que permitiría fijarse mejor en cada uno de los enumerados. Sobre todo si el presunto artículo hubiese sido ilustrado con sendas fotografías, en cuyo caso sería obligatorio -dado que esas fotografías existen- que una de ellas, la de Wilma Norman-Neruda se hubiese podido ver junto a otra, la de Pablo Sarasate, cada cual con su propio Stradivarius en las manos. Una revista así podría haber sido casualmente hojeada por Neftalí Reyes. Éste -que en ese preciso momento buscaba un seudónimo- habría elegido, al pié de la fotografía de Pablo Sarasate, el nombre Pablo; y, al pie de la de Mme.Norman-Neruda, se habría prendado del apellido de Wilma, la Guillermina. Todo claro. Pero no encontré dicha revista y seguir buscándola, con la cada vez más débil convicción de que realmente hubiese existido y pudiera encontrarla, se me fue haciendo cada vez más difícil. Por eso, fui dejando de lado esta búsqueda y orientando mi estudio a la vida y obra de los violinistas Sarasate y Paganini que, a diferencia de Wilma, no sólo eran intérpretes si no también compositores. Me aficioné a escuchar sus obras, interpretadas por violinistas contemporáneos. A Anne-Sophie Mutter, por ejemplo, la oí interpretando a Sarasate, mientras me imaginaba estar escuchando a Wilma, otra chifladura. Además me procuré un par de biografías de Paganini y quedé tan asombrado como Watson, de la vida y milagros de ese hombre extraordinario. Una anécdota muy curiosa, que aparece en una de las biografías (la de John Sugden), es la que relaciona a Paganini con Conan Doyle, pero no por medio de Holmes si nó que "por Medium" de otro personaje. Me explico: la mayor chifladura de Sir Arthur Conan Doyle consistía en creer a pies juntillas en el espiritismo. Florizel von Reuter también, o al menos así lo aseguraba. Florizel von Reuter fue violinista; y no de los peores, según se dice. También él fue un niño prodigio. A alguien se le ocurrió llamarle "el Paganini redivivus". Puede que esta denominación haya dado la brillante idea a Florizel quién, ya mayorcito, empezó a asegurar que tenía comunicación directa con el espíritu de Paganini. Y que era el espíritu de éste el que, magistralmente, guiaba su mano de artista cuando tocaba el violín. Florizel, guiado quizá por motivos más pecuniarios que espirituales, escribió un libro sobre este espiritístico asunto (Psychical Experiences of a Musician) y consiguió que Conan Doyle le escribiera la Introducción, con lo que de partida pudo asegurar la venta de su libro al crédulo público del año 1928. Cosas de los espíritus, pensó uno escépticamente. Pero poco después, en una librería de viejo que acostumbro visitar cada dos o tres meses, dentro de un librito sobre Paganini encontré una carta firmada de puño y letra por Florizel von Reuter..., que no tenía nada que ver con el espiritismo, faltaría más. En todo caso me empezó a llamar la atención esta verdadera acumulación de casualidades. Debo reconocer que este hecho llegó a ponerme algo nervioso. Lo habitual, dicen, es que uno, en su cotidiana normalidad, asuma tales casualidades o coincidencias simplemente como cosas raras que nos pasan. Y que, antes de olvidarlas o archivarlas en la memoria de las anécdotas, al no encontrarles explicación razonable, se diga a sí mismo: "qué extraño" o "qué curioso". Nada más. Otra cosa es que el asunto quede dando vueltas en la cabeza; esto tiene sus riesgos, puede revenir el seso. Y fue en relación a esto último -memoria y sesos revenidos- que en mi búsqueda de datos acerca de Paganini recordé que muchos años atrás, en Temuco, había visto una película basada en la legendaria vida de este violinista. Después de mucho buscar dí con una breve documentación acerca de este film titulado: Paganini (The magic Bow). Filmada en la posguerra, lo único que valía la pena de esa película inglesa era la música. Sonaba estupendamente; no es raro esto porque la interpretó el genial Yehudi Menuhin. La película, una mezcla de aventuras de El Zorro, Scaramouche y D’Artagnan, con Steward Granger en el rol de Paganini, era malísima; y al parecer su intención era convencer al público de que Paganini había sido un espadachín que tocaba el violín en sus horas libres. En sus memorias el recientemente fallecido Yehudi Menuhin recuerda la historia de este film; dice: era tan malo que, durante la filmación, las más de las veces no sabía si reir a carcajadas o llorar a mares. Como se puede apreciar, acerca de Paganini se puede encontrar de todo, bueno y malo, desde el más allá hasta el séptimo arte.

Mucho más difícil es la tarea si se trata de Sarasate, porque acerca de él, en todas las enciclopedias y libros se repite más o menos lo mismo. Pero, una vez más, las casualidades afortunadas iban a estar de mi parte. Bajaba yo por las Ramblas de Barcelona cuando, en la vitrina de una tienda de música que está justo enfrente de la fuente de Canaletas, veo un libro que, según me habían dicho, no existía: Pablo Sarasate, biografía. La escribió Luis Iberni y estaba prácticamente recién salida de la prensa (1994). Tuve que encargarle a un amigo, el pintor chileno Victor Ramirez, que me comprara un ejemplar un par de días más tarde porque la tienda estaba cerrada; y yo tenía que volver a Alemania. Al fin, una larga semana después, con el libro en las manos, me enteré de que se había celebrado el año del sesquicentenario del nacimiento del virtuoso violinista que se hizo llamar Pablo, aunque se llamaba Martín Melitón. La efeméride había motivado y hecho posible la edición de su biografía ilustrada. En ella pude encontrar a "la Guillermina" Neruda en el apartado en que se catalogan la obras que compuso Sarasate. Se documentaba aquí, que el año 1878, el prodigioso año 1878, Pablo Sarasate compuso "Romanza andaluza y Jota navarra, Op.22. Dedicadas a Norman Neruda". No sé lo que esto pueda significar, pero fue también en 1878 -lo dije anteriormente- que la partida de nacimiento de Martín Melitón Sarasate fue corregida agregándosele, de primer nombre, Pablo. Coincidencias, casualidades; no hay motivos para pensar demasiado en ellas. Se consignaba además que la partitura fue editada en Berlín, por Simrock. Habiendo visto ya algunas antiguas partituras con dedicatoria, supe en ese instante que había saltado la liebre. Esta vez la cosa tenía sabor. La pista seguida -con sus tantas ramificaciones- había finalmente desembocado en una recta, al témino de la cual se divisaba claramente la meta. Me dí cuenta de que la tarea era encontrar un ejemplar de esa partitura editada por Simrock de Berlín. En su primera edición, claro, porque lo habitual es que ediciones posteriores ignoren las dedicatorias que ostentó la primera. No se trataba de una tarea fácil, no en vano habían pasado más de cien años y sucedido un par de hecatombes desde su edición. Basándome en el conocimiento de otras que debían parecérsele, pude hacer una descripción bastante aceptable de la partitura buscada y la envié a varias direcciones de las que me prometía éxito seguro. Estas direcciones no incluían ninguna de Pamplona, porque a partir de entonces ya no quería que el juego terminase muy pronto. En el Museo de la Música de Barcelona me habían informado de que todo el inventario del Museo Sarasate de Pamplona había pasado a manos de la Biblioteca de dicha ciudad; si quería conseguir una copia de la partitura que buscaba, me aconsejaban dirigirme a dicha biblioteca. Lo hice una vez, lo intenté por teléfono. Pero parece que no logré explicar mis intenciones. Además ya había decidido que no me interesaba una copia. Quería tener un original de esa partitura, tenía que ser posible encontrarla. De las mencionadas direcciones sólo una me contestó enviándome una partitura. No era precisamente la que buscaba, pero me alegró recibirla. Era de la época y estaba dedicada; es decir, en su portada se podía leer una dedicatoria impresa indicando que el autor ofrendaba su obra a una persona determinada. El librero remitente de esa única partitura que me llegó, leyó sobre ella el nombre Neruda y me la envió. Se trataba de una obra de Franz Neruda, hermano de Wilma. (Fig.17). Tenerla en mis manos me hizo sentir un poco más cercano a la meta. Seguí rastreando febrilmente la que Sarasate, don Pablo, dedicó a Neruda, doña Guillermina. Nombré también Guillermina a esa partitura y la busqué en numerosas ciudades: Berlin, Viena, otra vez Manchester, etc.etc. A veces (-en Bredevoort, Holanda, por ejemplo-) pasé horas revisando centenares de partituras. En Bredevoort hay una librería de viejo al lado de la otra, en todo el pueblo. Pero nada; pasó más de un año y no pasó nada más. Comenzé a pensar que el hado de los hechos fortuitos, coincidencias y casualidades, se había cansado del juego. Abandoné el oneroso turismo de la búsqueda, había encontrado muchas cosas pero no esa partitura. Me comenzó a tentar la idea de que con la información que tenía reunida, podía ya escribir algo. Pero de nuevo, la sensación de que todo se descafeinaría si no mostraba lo principal, la partitura, me hizo desecharla. Porque esa partitura tenía que ser la "revista" de la que hablaba Neruda. Mirando viejas partituras, como la del "Vals sobre las Olas" o la de la obra de Franz Neruda y muchas otras, había llegado a esa conclusión. Y cuanto más lo pensaba, tanto más seguro estaba de su coherencia; tanto, que ya no me cabían dudas: así debió haber sido. Porque al echarle una despreocupada mirada a la portada de una partitura, me refiero a una de aquellos tiempos, nada tiene de raro pensar que se trata de una revista. Tanto el formato como la ilustración de la tapa pueden fácilmente inducir a ese error a cualquier persona que no se detenga a hojearla. Y esto último no es requisito para echarle una mirada a la portada. Y fijarse en los nombres impresos allí con grandes letras. Pablo Sarasate y Norman Neruda, por ejemplo. Eso es lo que debió haber sucedido el año 1920, cuando el joven Neftalí Reyes leyó esos nombres "en una revista", en la portada de una partitura que le pareció una revista. Alguien podría decir: "pero... ¿es posible sostener que en el fronterizo Temuco de los años 20 se podía encontrar una partitura de ese tipo? La respuesta es sí, sin duda alguna. En la pujante ciudad que crecía a grandes pasos aún no había un Conservatorio de Música, se fundó pocos años después. Pero no por eso era raro disfrutar allí de un concierto de música clásica. La mejor prueba de esta afirmación la proporciona el propio Neftalí Reyes. En su Cuaderno de Temuco, en poemas fechados en el mes de diciembre de 1919 hay unos versos que hablan de violines y "del alma de Chopin brumoso". Están escritos pocos meses antes de que a Neftalí Reyes "se le ocurriera" llamarse Pablo Neruda. Estos versos permiten afirmar sin temor a equivocarse que en esas fechas, en Temuco, se llevaban a efecto selectas veladas musicales. Lo que, por lo demás, es conocido. Guardando las proporciones, se trataba de algo similar a los "Populars Concerts" de Charles Hallè y Wilma Neruda. Para llevarlos a efecto era, entre otras cosas, necesario tener partituras. Pensé que, por una de esas raras casualidades ya tan habituales, había sido el mismo Pablo Neruda el que me había hecho plantear la hipótesis de la partitura como revista. Porque tal como Paganini había guiado la mano de Florizel, Neruda había guiado la mía para dar con la partitura del "Vals sobre las Olas" en medio de un montón de revistas viejas. Metida entre ellas, a primera vista esa partitura me había parecido una revista más, no había gran diferencia. Pero lo que había encontrado era una partitura. ¿Habría sido este un fenómeno espiritista, como los que chiflaban a Conan Doyle, padre literario de Sherlock Holmes?

Como pasaba el tiempo y no conseguía dar con la partitura que buscaba, decidí conceder crédito a esta nueva chifladura. Total, una más entre tantas. Invoqué a Wilma con todo respeto. Y parodiando un poco a Egon Erwin Kisch -a quien también invoqué para que me ayudara- le dije solemnemente: "Wilma, te he perseguido a tí y a esa partitura durante tanto tiempo; dime por fin dónde encontrar a la Guillermina". Y claro, no podía ser de otro modo, al día siguiente o subsiguiente, allí, en la misma librería de viejo a la que voy cada dos o tres meses la encontré en medio de otras partituras y revistas. Fue para mí un hallazgo nada exento de emoción y taquicardia. Aunque según Neruda, a Neftalí Reyes el fenomenal hecho le había parecido carente de todo encanto y maravilla. El creyó, claro, que veía una revista. Era una partitura. Juzguen ustedes: ¡aquí está!. (Fig.18). Una mirada a su portada permite al distraído lector -de igual modo que en su día le sucedió a Neftalí Reyes- apreciar que sobre ella es posible leer Pablo y también Neruda.

¡Elemental, queridos nerudistas!.

Quizá esto demuestre cuán ciertas son las primeras palabras de Neruda en Estravagario: "Para subir al cielo se necesitan dos alas, un violín..." .

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