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Ejecutor de un punto de inflexión en la pintura de paisajes, Turner fue formado desde muy jóven en la Royal Academy. Cuando en 1803 quedó impactado por las cumbre nevadas en Suiza, Turner exprimentó el sentimiento romántico de lo sublime, e inició una búsqueda pictórica de efectos atomosféricos y maravillas de la naturaleza. Alejándose de la precisión analítica de Constable y Canaletto, buscó comunicar sentimientos y emociones.
Turner, apreciado por los coleccionistas, nunca renegó del pasado, pero buscó situaciones nuevas y valoró las posibilidades que le ofrecían los desarrollos tecnológicos: en la fase final de su carrera, buscando efectos de vapor y humedad, el artista pinta por primera vez en la historia un tren en marcha.
Atraído por la fuerza primordial de los elementos, Turner contempla con una combinación de entusiaso y angustia la fuerza contundente de la naturaleza. Y en este sentido, puede apreciarse que en ocasiones, su producción traspasaba sutilmente los límites de lo figurativo para rozar los caminos de la abstracción.
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