Capitulos de este wiki
  1. 1 Vanguardia, modernidad e indios (I)
  2. 2 Vanguardoa, modernidad e indios (II)
  3. 3 Notas

Panait Istrati y la literatura rural en Amauta - Vanguardia, modernidad e indios (I)

1 - Vanguardia, modernidad e indios (I)

Artículo creado por Luis Veres. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero18/panaii.html
04 de Septiembre de 2006
Según Cornejo Polar, en las dos primeras décadas del S.XX "concluye el proceso a través del cual la literatura peruana se asigna a sí misma una tradición, aunque al mismo tiempo -por acción de nuevos sujetos sociales- comienza a emerger y a ganar prevalencia otra conciencia de nuestra historia literaria y a constituirse, por consiguiente, una imagen distinta de todo el desarrollo de la literatura del Perú"1. La tradición europea defendida por el conservadurismo hispanista de Riva-Agüero y Belaúnde resultaba inconciliable con el espíritu renovador de la vanguardia, un espíritu que luchaba contra lo viejo y consideraba al pasado incaico como la verdadera tradición cultural del Perú. Los nuevos escritores, como Mariátegui y los grupos de Cuzco y Puno, manifiestaban una concepción diferente de la literatura y la historia peruana que resurgía en esos años como consecuencia de la grave situación política y social que afectaba al Perú en los años iniciáticos de la modernidad. Pero, en ambos frentes, no existía un bloque homogéneo sino que, en el seno del grupo de los hispanistas y en el de la vertiente vanguardista, exisistían distintos planteamientos acerca de la figura del indio y su modo de integración en la estructura nacional.

La propuesta vanguardista mantenía un nexo común en todos sus autores: abordar el problema de la modernidad, y el indio era un valor de cambio en ese debate. El espíritu de lo nuevo significaba asumir la tradición del habitante originario de América, aunque el abanico de respuestas resultaba de lo más variado. El testimonio de Esteban Pavlevitch resulta aclarador:

"En el Perú, en el vocablo vanguardismo se comprendía lo mismo que España y mucho más, por la suma de algunos ismos de rebote: sencillismo, simplismo, estridentismo, vallejismo, martinferrismo, cholismo, etc., etc. Cada quién tomaba de ese abigarrado cajón de sastre lo que quería y lo que podía. Y se produce el fenómeno, nada extraordinario en épocas de grandes sacudimientos sociales -así aconteció a la aparición del romanticismo-, en que escritores y artistas que se reclamaban izquierdistas en política, seguían asidos a fórmulas estéticas caducas, y a la inversa, muchos de los vanguardistas literarios, militaban políticamente en las trincheras de la reacción."2

Para Nelson Osorio, estas tensiones se resolvieron mediante la coexistencia de formas literarias diferentes como regionalismo, nativismo, criollismo o mundonovismo y experimentación3, a pesar de que no definiera el contenido de cada una de ellas. El Perú y su revista más representativa, Amauta, no fueron ajenos al abanico de estas propuestas. Había muchas formas de contestar al hecho de situarse ante la nueva realidad que se edificaba en todos los puntos del continente, y la narrativa de los años veinte significaba, fuese o no vanguardista, en el Perú, al igual que el resto de Latinoamérica, un "proceso de historización interna" que suponía una revisión de la realidad social. Un intento de descubrir el país y sus diferentes habitantes surgía como respuesta a la modernidad y como reacción a la cultura oficial representada en las tesis hispanófilas de Riva-Agüero y su libro Carácter de la literatura del Perú independiente4.

El amplio abanico de respuestas a la realidad cambiante de estos años escapaba a cualquier clasificación de tipo fácil. El vanguardismo en Hispanoamérica se mostró ligado al fenómeno de internacionalización de las vanguardias europeas, pero, dadas sus peculiares condiciones históricas y sociales, mantuvo particularidades que daban voz a los nuevos sectores emergentes, a las nuevas clases medias que habían emergido en el período de postguerra5. Estas particularidades propiciaron que en el Perú lo moderno tuviera muy diferentes lecturas, ya que esta circunstancia obligaba a los escritores a preguntarse lo que eran y lo que querían llegar a ser. Se apostaba por la modernidad en algunos casos y, en otros, se negaba, pero la discusión mantenía ese interrogante sobre el papel del hombre en el mundo moderno, ya fuera en la sierra, ya fuera en la urbe o ya representara al hombre universal.

En el caso de Amauta se repetía este recurrente esquema junto con un segundo factor que escindía la práctica literaria en concepciones de diverso tipo. Mariátegui había concebido su tribuna como una publicación que sirviera de lugar de debate para discutir estas ideas, pero, a su vez, no pretendía desperdiciar la ocasión de constituir un frente único de intelectuales, cuyo propósito principal, en colaboración con los sectores obreros y campesinos, era la lucha contra el estado burgués. En este terreno, la narrativa iba a jugar un papel importante, unida nuevamente a la praxis vital, y por ello, no resultaba tan extraña la inclusión en Amauta de propuestas narrativas muy diferentes, siempre que éstas mostraran ese espíritu para la lucha contra lo burgués, y lo burgués en Perú podía abarcar costumbres, instituciones, ideas y libros. Lo burgués recibía el nombre de gamonalismo, centralismo, novecentismo, imperialismo, Costa, Lima o arte tradicional, y ello implicaba que en el espectro se diera cabida a formas y temas literarios de muy diverso orden. El indigenismo regionalista tenía cabida, puesto que sacaba del olvido al indio y negaba lo positivo del espíritu modernizador, en tanto que éste significara la implantación de las normas del capitalismo más extremo y el destierro de la tradición y la cultura indígenas. Del mismo modo se aceptaba el relato vanguardista, experimentador, si se quiere incluso "europeizante", de corte iconoclasta, que significaba el repudio del arte burgués y de lo que hasta entonces habían sido las concepciones artísticas. Y la propuesta de Amauta no se limitaba a estos dos frentes. La modernidad podía ser vista desde muchas otras ópticas que manifestaran la nueva sensibilidad o que debatieran el modelo de una sociedad que había separado el arte de la vida: desde el dolor del hombre universal tras el prisma del subconsciente ante la aparente inconsistencia de la realidad, como hiciera Vallejo, o desde la trinchera más local que representaba al hombre fustigado por los gamonales, como hicieran Gamaliel Churata o Eugenio Garro.

En este trazado, que suponía cierta confusión, no resultaba tan extraño que algunos autores con pretensiones de subir al tren de los modernos mantuvieran todavía demasiados vínculos con la literatura tradicional, pero que, a su vez, este lastre no tuviera el suficiente peso para que Mariátegui descartara su obra de las páginas de su revista. El caso más claro era el de María Wiesse que oscilaba entre una prosa con múltiples residuos del modernismo preciosista y algunos relatos en los que se debatía la cuestión de la identidad de los peruanos. Su vínculo matrimonial con José Sabogal y su amistad con Mariátegui pueden explicar la inclusión de algunos de sus textos que resultaban algo chocantes con la línea general de la revista.

La narrativa siguió este ancho camino y Amauta le prestó un lugar preferente durante el período en que la revista fue dirigida por Mariátegui. El género narrativo tuvo un considerable peso en el volumen global de la revista, únicamente superado por el ensayo, pues se trataba una manifestación de la modernidad y a la vez un instrumento de gran importancia en la empresa política de Mariátegui. Resultaba bastante lógico que los intereses culturales de su director, José Carlos Mariátegui, corrieran en favor de esta opción, dado que, a pesar de ser un periodista interesado por los problemas sociales y económicos del Perú, había dedicado uno de los ensayos y el más importante de su obra capital a la evolución de la literatura peruana. Para él política y literatura debían seguir el mismo camino: "mi concepción estética se unimisma, en la intimidad de mi conciencia, con mis concepciones morales, políticas y religiosas, y que sin dejar de ser concepción es estrictamente estética, no puede operar independiente o diversamente"6.

En segundo lugar, según Mariátegui, la vanguardia trataba de instaurar una nueva tradición literaria en el Perú como consolidación de ese Perú "integral" "que en sus cuatro quintas partes" era indígena, y que tras los buenos propósitos escondía el racismo, la venganza y el odio interétnico. Tanto sus Siete ensayos como la literatura publicada en Amauta debían contribuir al éxito de su programa político. Por tanto, las páginas de Amauta debían servir de soporte a la consolidación de un nuevo Perú que debía conducir a los albores de una literatura que pudiese ser escrita por indios.

Así pues, no es ocioso decir que si "el indigenismo cumple la trascendente función de revelar el mundo andino en sus más variados aspectos"7, aunque esta muestra se hiciera bajo el prisma de la idealización y el delirio, el marco de la ficción era un buen terreno donde aglutinar los distintos aspectos del universo indígena o, mejor dicho, para desentrañar aquellos aspectos que a Mariátegui y los indigenistas que le seguían les interesaba destacar en correspondencia con sus prioridades ideológicas. A su vez, el cuento, a causa de su brevedad y menor coste, permitía que este género se incluyese con mayor facilidad en la revista y, además, como señala Anderson Imbert, permitía "que el cuentista, libre de interferencias e interrupciones, domine durante menos de una hora el arte de producir un efecto único"8, de modo que el relato podía funcionar como evidente mecanismo de concienciación sustancialmente mejor que otros géneros.

A todo esto habría que añadir la riqueza cuentística que en los años que van de 1875 a 1940 se desarrolla en las provincias. Tamayo Herrera señala a este respecto que en esos años sólo en Puno hubo 106 autores que cultivaron este genero9. Por lo tanto es normal que el ideario indigenista encontrara su cauce formal en el cuento y no en el teatro o la poesía. La novela quedaba como un género de difícil publicación, ya que debía suponer un coste que una revista como Amauta, que desde sus inicios arrastró problemas económicos, no podía soportar. También la extensión corriente de una novela, aunque ésta fuera breve, obligaba a publicarla por entregas y a ocupar un espacio mucho más amplio.

Amauta incluyó en sus páginas a autores en su mayoría peruanos. Algunos pertenecían a los grupos de Cuzco y Puno como Luis E. Valcárcel, Gamaliel Churata, Ernesto Reyna, Eugenio Garro, Miguel Ángel Urquieta, Mateo Jaika; otros procedían de la Costa, como Enrique López Albújar, José Díez Canseco, María Wiesse, Ángela Ramos, Martín Adán, Estuardo Núñez, Serafín Delmar, Ricardo Martínez de la Torre, Adalberto Varallanos o Xavier Abril. También fueron publicadas algunas muestras de la obra de los mexicanos Jacobo Hurwitz y Mariano Azuela, y de la argentina Amanda Labarca Hubertson.

Pero, la literatura, para Mariátegui, era una manera más de que el Perú alcanzara la modernidad y, al mismo tiempo, resultaba una expresión de la misma. Sus ideas ambicionaban un alcance internacionalista que propiciaban una mejor definición de la propia realidad, tal como señalaba en las últimas frases de sus Siete ensayos:

"Nuestra literatura ha entrado en un período de cosmopolitismo. En Lima, este cosmopolitismo se traduce en la imitación entre otras cosas de no pocos decadentismos occidentales y en la adopción de anárquicas modas finiseculares. Pero, bajo este flujo precario, un nuevo sentimiento, una nueva revelación se anuncian. Por los caminos ecuménicos que tanto se nos reprocha nos vamos acercando más a nosotros mismos".10

De ahí que Mariátegui se interesara por la literatura producida en otros países e introdujera en las páginas de su revista reseñas de las principales novedades de libros europeos y americanos junto a fragmentos de novelas y relatos de autores como Waldo Frank, Ernst Toller, Henri Barbusse o Ernesto Glaeser.

Especial relevancia tuvo en la revista la presencia de los autores rusos que mostraban las escenas más representativas de la vida en la recientemente surgida nueva república socialista. Isaak Babel, Boris Pilniak y Miguel Zoschenko fueron los autores rusos incluidos en las páginas de Amauta. Ellos acercaban la literatura al hombre que se enfrentaba a los problemas de las nuevas sociedades surgidas del impacto revolucionario y rescataban, a su vez, a la literatura de la autonomía estética en que había quedado en épocas pasadas. Del mismo modo, se le concedió un gran espacio a la novela del rumano Panait Istrati, Spilca, el monje, cuyos protagonistas sufrían la crueldad de los caciques en el mundo rural de la parte más pobre de Rumanía. La denuncia contribuía a aproximar la literatura a la cuestión social.

Ya a primera vista la selección denunciaba que la mayoría de los escritores extranjeros incluidos eran autores afines a su ideario socialista o que simplemente se unía a ese grupo de compañeros, a ese frente común, que caminaban en la misma dirección contra lo burgués. La vanguardia se apoyaba en el espíritu antiburgués y en el Perú ese espíritu significaba luchar contra la clase dirigente. La lucha se producía también en otros países y la literatura de Amauta iba a ser un notable exponente de ese proceso.

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