1 - Arte y erotismo

Artículo creado por Carlos Yushimito del Valle. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/elogio.html
21 de Septiembre de 2006

La convivencia peligrosa

El erotismo sólo es patrimonio de civilizaciones con un alto grado de desarrollo. En sus estructuras, más bien tolerantes y conciliadoras, en comparación con otras -anquilosadas en la barbarie y el totalitarismo- es el erotismo el que se enraíza firmemente y se asienta con libertad, enriqueciendo la vida de los ciudadanos con su fantasía y sus rituales. Sin embargo, los riesgos de esta convivencia son altos, como lo demuestran los relatos de Suetonio o las ficciones de Sade. El erotismo, extendido como un cáncer en las entrañas sociales, es capaz de devorar si se lo permite las formas que le dieron cabida. El caos, el crimen, la autoaniquilación: “el placer equivale, en su más alto grado de intensidad, a una monstruosa negación de la vida”1. Freud lo denominó instinto de muerte, en un primer intento de aproximación; pero el psicoanálisis, al tirar del hilo, apenas agotó la madeja. Los avances contemporáneos más importantes con respecto a los instintos, dados por la etología, no han logrado iluminar la naturaleza que anida en la condición humana, vertiginosa, intuitiva aún, y en cuyos dominios aún es preciso andar un poco a tientas.

Dadas estas circunstancias, la literatura “documenta como pocas esa región profunda donde los deseos sexuales y las pulsiones de muerte se confunden, en contubernio inseparable”2. No la explica: la representa. Acaso en su simulacro, las sociedades encuentran un elemento de sustitución o de “exorcismo de sus demonios” (como la llama el mismo Vargas Llosa), “ejercicio de catarsis” que ofrece una posibilidad de evacuación a sus deseos reprimidos por las normas sociales y morales.

Elogio de la madrastra, última novela de Vargas Llosa en la década de los ochentas, parte de la siguiente convicción intelectual: que las transgresiones, exploradas principalmente por escritores malditos como Georges Bataille, Pierre Klossowski o el Marqués de Sade, no pueden ser ignoradas del todo por los individuos de una sociedad abierta. Ellas están ahí, rondando, esperando pacientemente el momento oportuno para asaltar a los hombres civilizados, aparentemente a salvo de las tensiones que derivan de los instintos. A partir de las teorías de George Bataille, Elogio de la madrastra ilustra una respuesta personal de Mario Vargas Llosa acerca de los excesos del mundo del deseo. “El placer absoluto no es posible sin la transgresión de ciertas normas que todo individuo que busca la realización de sus deseos enfrenta tarde o temprano. He aquí que radica el dilema esencial de su decisión: renunciar a ciertas libertades individuales a favor de la convivencia comunitaria; o transgredir las normas y exponerse a la marginación, a la censura y al aislamiento de la sociedad” 3. Queda claro, pues, para Vargas Llosa, que la violencia y los excesos son propios de la especie humana y que, en consecuencia, el hombre debe aprender a canalizar ese impulso autodestructivo en actividades que sean inofensivas para los otros y para sí mismo. Las ceremonias de don Rigoberto (la higiene personal y la pintura erótica), pasatiempos evasivos y compañeros de su transgresión imaginaria, como veremos en la novela, no serán, pese a su éxito inicial, una alternativa de resolución definitiva 4.

El mundo ficticio de Elogio de la madrastra se encuentra organizado inicialmente a partir de un balance entre realidad e imaginación, como única garantía de orden. Formalmente, ambos niveles se encuentran representados por la alternancia de dos tipos de narradores: uno, omnisciente, que nos describe los hechos que tienen lugar en la residencia; otro, en primera persona, que salta de personaje en personaje, a medida que estos elaboran sus fantasías eróticas. El desequilibrio, como veremos, será una respuesta natural a la transgresión imaginaria, abarcadora insaciable de experiencias tanto en el arte como en el erotismo.

Estructura del relato

La novela está dividida en catorce capítulos “separados entre sí a la manera impresionista de cuadros, en los que los monólogos interiores de los personajes y los planos de acción central y su versión simbólica se suceden en forma de contrapunto” 5.

El argumento básico, es decir, la progresiva seducción de Lucrecia, sigue una cronología lineal, aunque interrumpida cada cierto tiempo por las fantasías eróticas de los personajes y los rituales higiénicos de don Rigoberto. Las abluciones son siempre preliminares de un encuentro amoroso. Su contenido, a diferencia del de las versiones simbólicas, desvía el argumento principal hacia una serie obsesiva de pensamientos y fantasías teorizantes acerca de la perfección, los placeres hedonistas y la felicidad. Don Rigoberto, retirado deliberadamente en su propio mundo imaginario, no interviene de modo directo en el argumento central hasta que Fonchito le revela, con su irreverente inocencia, la aventura que sostiene con su madrastra.

Asimismo, las fantasías sexuales de los personajes, inspiradas en la colección de pinturas eróticas, representan igualmente un rastro de continuidad. Como veremos luego, a medida que la seducción se consolida, el contenido de las elucubraciones también aumentan en intensidad en un crescendo que, a la manera de los relatos de Sade y Georges Bataille, sólo conducen al crimen y a la propia muerte.

Situación comunicativa

Como mencionamos anteriormente, la situación comunicatica de los personajes se produce en dos planos: el imaginario y el real, equilibrio que organiza el relato en una primera etapa. A través de los cuadros eróticos y sus descripciones, la imaginación formula discursos que se trasladan posteriormente a la realidad, convertidos en actos sexuales. En ocasiones (entre Rigoberto y Lucrecia, por ejemplo), las fantasías eróticas sirven como nexo al tiempo que se realiza el acto físico de goce. Los diálogos, fuera de su contexto meramente sexual, son muy escasos: en el mundo ficticio del relato, es el erotismo el único lenguaje posible, único elemento de interrelación.

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