Perversión e inocencia en el mundo del deseo - Poder corruptor de la inocencia

3 - Poder corruptor de la inocencia


Artículo creado por Carlos Yushimito del Valle . Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/elogio.html
21 Septiembre 2006
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La estimulación de la fantasía supone un riesgo a futuro: el desborde de la transgresión imaginaria puede desembocar, como le sucede a los monstruos integrales de Sade o a los libertinos de Bataille, en orgías de sangre y destrucción. Efraín Krystal encuentra en Elogio de la madrastra una influencia determinante de Ma mere, novela erótica de Georges Bataille. El argumento es similar: el triángulo de amor escandaloso envuelve a una mujer (Helene), progresivamente habituada a las fantasías eróticas de su esposo. Su sexualidad, más intensa que la de éste, termina por desbordarse y alienta una lenta pero implacable seducción de su propio hijo.


“Ambas son novelas que ilustran las ideas de Bataille sobre la relación que existe entre el placer y la transgresión. Ambas están centradas en un tabú sexual, pero la novela de Vargas Llosa tiene controles domesticados ausentes en Ma mere. Los protagonistas de Bataille no buscan un balance entre la transgresión y la sociabilidad. Ellos son más instintivos y peligrosos hacia sí mismos y hacia los demás individuos que los personajes de Vargas Llosa. Mientras en la novela de Bataille los impulsos sexuales culminan en la muerte, en Elogio de la madrastra sus impulsos son reprimidos cuando amenazan el sentido personal de moral y convivencia de don Rigoberto”.18


De igual manera es posible asociar la relación entre Lucrecia y Fonchito con las ficciones de Sade. Como vimos, don Rigoberto encaja perfectamente en la descripción sadiana del perverso. Recordemos que en la escala evolutiva de Sade, la condición del perverso era solamente un estadio transitorio del mundo ficticio, una especie primitiva que evolucionaba o que, de lo contrario, era “exterminada” por el monstruo integral. Es posible, por lo tanto, oponer al último párrafo de Krystal, una hipótesis peregrina acerca del final de la novela de Vargas Llosa. Ampliando la interpretación que hicimos en el capítulo II (apartado 2.1), nos encontramos con que, tanto Lucrecia como Fonchito, dados los alcances de su transgresión, pueden efectivamente ser calificados como monstruos integrales, pues su quiebre de las normas morales se materializa en un acto físico concreto y de comprensión absoluta. Resulta imposible determinar si la seducción que ejerce Fonchito sobre su madrastra es espontánea o premeditada. Lo que sí se puede afirmar, en cambio, es que quien en efecto toma la iniciativa es él, y que su comportamiento es el un seductor innato. Al igual que don Rigoberto, la angelical figura de Fonchito está recubierta por una patina de ambigüedad, característica que, en apariencia, atrae igualmente a Lucrecia.


El proceso de corrupción, sea o no culpable Fonchito, está fuera de toda discusión. Como la tía Julia, el desconcierto inicial ante la precocidad del niño se convierte en un sentimiento de culpa. Su primera reacción es atribuirse los síntomas perversos a sí misma: “¿Era imposible que la caricia inconsciente de un niño la pusiera así? Te estás volviendo una viciosa, mujer”.19 “Tú eres la de los pensamientos sucios y escabrosos, Lucrecia”.20 Sin embargo, las fantasías eróticas de Lucrecia, fantasías nocturnas que descubrimos en la descripción de los cuadros, están siempre asociadas a la presencia del niño. La aceptación subliminal de la transgresión, en un primer momento, imaginaria, no tardará en rebelarse cuando lo descubre espiándola y se exhibe desnuda, provocadoramente:


“... era una sutil manera de escarmentar al precoz libertino agaza-pado en la noche de allá arriba, con imágenes de una intimidad que harían trizas, de una vez por todas, esa inocencia que le servía de coartada para sus audacias”. 21


Finalmente, no obstante la resistencia inicial, Lucrecia debe aceptar: “Ese niño me está corrompiendo”, antes de saltar a la siguiente etapa, la transgresión física, momento culminante de la novela.


¿Era natural que la cadena de perversión siguiera evolucionando hacia actos mucho más atroces que el adulterio, el incesto y la pedofilia? Es probable que sí. Sin embargo, como sabemos, el desarrollo de don Rigoberto como personaje sadiano se estanca en el estadio de perversión y no da el paso siguiente hacia la monstruosidad integral, que sería aceptar el triángulo amoroso. Su reacción quiebra el proceso de raíz; la elipsis de la reacción final no nos impide imaginarla. De este modo, la conclusión del relato se nos revela muy semejante al de las ficciones de Sade. Don Rigoberto, agobiado por una decadencia repentina, física y moral, queda condenado a una muerte simbólica en su reclusión, pues su mundo de fantasía, su espacio secreto e inexpugnable, queda abatido y se desploma como un castillo de naipes. Lucrecia, manipulada por Fonchito, se enfrenta a un destierro definitivo, más allá de los extramuros del Silling familiar.


Recorridas todas las interpretaciones posibles, solamente uno de los personajes parece ter-minar ileso de la aventura: Fonchito, monstruo integral. Peor aún, personaje ambiguo.

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