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Perversión e inocencia en el mundo del deseo - La transgresión imaginaria

Artículo creado por Carlos Yushimito del Valle. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/elogio.html
21 de Septiembre de 2006
Psicología

2 - La transgresión imaginaria

Don Rigoberto, personaje de Sade 6

Vehículo de instrucción, manual de infamia, básicamente, el mundo ficticio de Sade está organizado a partir de una muy personal teoría acerca de la evolución progresiva de la sociedad humana. La teoría sadiana otorga el movimiento impulsor a la transgresión de las normas; transgresión 7 que a su vez debe renovarse, ser transgredida una y otra vez, de manera constante, sin detenerse nunca. Esta organización, por supuesto, determina una jerarquía en su mundo literario: los que “se quedan irremediablemente fijos en su punto de origen y los que transgredirán esta separación hacia otras”8. Los perversos y los monstruos integrales, según el término propuesto por Pierre Klossowski, son los dos personajes prototípicos en la literatura de Sade. Pero, ¿quién es un perverso y quién un monstruo integral?

El perverso

La representación del perverso sadiano (en este caso, representado, no definido), nos aproxima mucho a la definición clínica moderna de los síntomas de un maniaco. Como menciona Klossowski, encontramos en sus actos dos características esenciales:

a) La fijación escrupulosa en un detalle.

b) La reiteración obsesiva de la fijación.

En el universo sadiano se plantea la eliminación paulatina de la perversión, privilegiando en esa suerte de darwinismo moral a otra especie perfeccionada, moldeada por el envilecimiento, que no tenga límites. El monstruo integral es el “Superhombre” de Sade, el personaje ideal en su sociedad elaborada, literaria y filosófica: realización, en último término, del deseo en libertad, secuela cuyas únicas metas previsibles son el crimen y el autoaniquilamiento.

¿Cuál es el detalle que, minuciosamente reiterado, caracteriza la perversión de don Rigoberto? No cabe duda, a estas alturas, que su fijación en la fantasía erótica bien puede definirlo como un personaje sadiano. En efecto, su experiencia sexual cotidiana es incapaz de reconocer un goce pleno, sin la intervención acuciosa de la imaginación. Don Rigoberto, perverso ordinario, no solamente exhibe sus síntomas monomaníacos durante los juegos sexuales (estimulados siempre por la pintura erótica), sino también durante las abluciones, preliminares reiterados e inagotables de sus encuentros con Lucrecia, ceremonias lúdicas durante las cuales su imaginación se regodea recreándola, detallando escrupulosamente cada uno de sus rasgos íntimos.

Dice P. Klossowski: “El perverso persigue la ejecución de un gesto único; es cuestión de un instante. La existencia del perverso se convierte en la espera perpetua del instante en el cual poder ejercitar ese gesto (...) Considerado en sí, el perverso sólo se puede significar por ese gesto, ejecutar ese gesto vale la totalidad del hecho de existir”.9 El gesto, equivalente en don Rigoberto a la realización de sus fantasías eróticas, es la piedra angular de su personalidad obsesiva. Como veremos más adelante, su evolución natural hacia la siguiente etapa sadiana (es decir, la monstruosidad integral), quedará truncada por un sentido igualmente riguroso de moral y convivencia social, capaz, según su filosofía, de ser transgredido imaginariamente; pero nunca en la realidad.

El espacio secreto

La transgresión imaginaria solamente puede realizarse dentro de un espacio secreto. Otra vez aquí, este elemento sadiano, que pasaremos a explicar a continuación, coincide con las condiciones que se impone el personaje de Vargas Llosa. En el encierro deliberado de Silling, escenario paradigmático de la sociedad utópica del Marqués de Sade, Roland Barthes encuentra una doble función causal: 10

a). Proteger a la lujuria de las empresas punitivas del mundo.

b) Fundar una autarquía social.

“Ahí el gesto se convierte en simulacro”, nos dice Klossowski, “un rito que los miembros de la sociedad secreta sólo se explican por la inexistencia del garante absoluto de las normas, inexistencia que, de hecho, conmemoran como un acontecimiento que sólo se puede representar con ese gesto”. 11

Anquilosado en la transgresión imaginaria, don Rigoberto, como los perversos de Sade, se encuentra insertado como personaje en el mundo cotidiano, en el seno mismo de las instituciones, en lo fortuito de la vida social. Ejecutivo de una compañía de seguros, ciudadano ordinario en la vida pública, su figura enfrenta una curiosa ambigüedad cuando encaramos su vida privada. Detrás de los muros maritales, se esconde un pequeño ámbito donde es posible entregarse con deleite y complacencia a las perversiones sexuales. Lejos de las normas sociales, represoras, críticas, el espacio secreto logra abolirlas durante algunas horas por efecto de la imaginación, y elaborar otras en donde la transgresión es norma (carnavalización, los valores se invierten), a partir de un código propio de conducta y ceremonias.

El filósofo

Si algo caracteriza a don Rigoberto además de la vitalidad de su imaginación, ese algo es el pensamiento. Como ha notado el propio Mario Vargas Llosa, los personajes de Sade, Justine y Juliette, por ejemplo, “abundan (se diría, gozan) en la reflexión y el filosofar sobre aquello que les sucede, más que en el relato de aquellas ocurrencias” 12. Al igual que los personajes de Sade, don Rigoberto piensa más que actúa; elabora una breve y peculiar teoría acerca de la felicidad y se deleita con ideas banales, largos monólogos interiores, que afloran al sesgo durante las abluciones. Don Rigoberto, personaje de Sade, no sólo transgrede imaginariamente las normas morales (sus elucubraciones eróticas incluyen más de una vez a Fonchito, su propio hijo, como se puede notar al analizar los ensueños que le sugieren algunos cuadros de su pinacoteca); también cuestiona, filosofa, vulnera y reelabora las normas sociales en su pequeño Silling particular, santuario práctico de perversiones dictadas por la fantasía.

Breve teoría acerca de la felicidad

Como filósofo que es, don Rigoberto necesita de una filosofía. Su breve teoría acerca de la felicidad, fundada sobre las ruinas de muchas otras, profundamente escéptica con relación a la vida comunitaria (en teoría, no en la práctica: esto define su carácter ambiguo), se resume en los siguientes términos:

“(...) la felicidad era temporal, individual, excepcionalmente dual, rarísima vez tripartita y nunca colectiva, municipal. Ello estaba escondido, perla en su concha marina, en ciertos ritos o quehaceres ceremoniales que ofrecían al humano ráfagas y espejismo de perfección...”. 13

La pregunta que cabe hacerse, en consecuencia, es: ¿por qué tal escepticismo? Don Rigoberto, como muchos otros personajes vargallosianos (Mayta, Santiago Zavala, entre otros), tiene en su pasado la huella de una decepción política:

“Había sido militante entusiasta de Acción Católica y soñado con cambiar el mundo. Pronto comprendió que, como todos los ideales colectivos, aquel era un sueño imposible, condenado al fracaso”. 14

Su ideal de felicidad, reñido de tal manera con la realidad gregaria (que incluye, a su vez, las normas sociales y morales establecidas), se desplaza deliberadamente hacia un ámbito manipulable, el de la imaginación: de allí el carácter fundamentalmente individualista de su teoría; de allí el carácter transgresor de sus deleites estéticos y eróticos.

“Entonces, conjeturó que el ideal de perfección acaso era posible para el individuo aislado, constreñido a una esfera limitada en el espacio (el aseo o santidad corporal, por ejemplo, o la práctica erótica) y en el tiempo (las abluciones y esparcimientos nocturnos de antes de dormir).15

En su breve teoría acerca de la felicidad, don Rigoberto acepta la transgresión imaginaria como único medio posible para lograr una realización plena, de orden tanto físico como espiritual. Clave para entender su carácter perverso, la felicidad asociada al ideal de perfección, tiene reminiscencias de las teorías formuladas por César Moro 16: la imaginación se impone, soberana, sobre la realidad, aunque la independencia así conseguida sea únicamente pasajera. Dada su naturaleza eminentemente pasajera, no es de extrañarse que la imaginación exija como condición sine qua non para alcanzar ese simulacro de felicidad propuesta, una serie de preliminares y adornos de ceremonia por parte de don Rigoberto. La reiteración obsesiva, síntoma de perversión, como ya mencionamos, adquiere la categoría de juego17, disfrute breve e imaginario, que termina por conseguir una felicidad armada de retazos, lo suficientemente válida y sobreprotectora como para construir sobre su base una nueva manera de compromiso individual.

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