Poderes y Principados : La Élite Satánica - Arquitectos de la cúpula del poder
Durante la revolución sexual de los años ’60, la élite del satanismo estaba formada por actores de vanguardia y músicos de rock que buscaban —de manera consciente o inconsciente— un “santo patrón” que sonriese benévolamente sobre el hedonismo desenfrenado que practicaban en sus fiestas de sociedad. No tardaron en descubrir que ese patrón que buscaban les sonreía desde el averno, y muchos se autoproclamaron adoradores del diablo y se dejaron fotografiar en impedimenta satanista, como los Rolling Stones, o acudían a fiestas con la uña del dedo meñique pintada de rojo: santo y seña de los adeptos de aquel momento. Saciada su ansia de experimentación sexual y alucinógena, el interés de la farándula por el lado oscuro menguó considerablemente, pero les sustituiría una generación de verdaderos creyentes con el mismo prestigio y mayores ambiciones terrenales que salir en las efemérides.
En Estados Unidos se hablaría mucho de ritos satánicos en las casas suburbanas de las élites, sin importar que viviesen en Scottsdale (Arizona), Meriden (Connecticut) o en la misma Beverly Hills, lado a lado con las estrellas del cine. En el Reino Unido, la situación adquiriría matices verdaderamente paranormales.
Corría el verano de 1975 y la región de Clapham Woods en West Sussex, Inglaterra, se había convertido en el foco de atención de muchos investigadores de lo paranormal. Dos perros habían desaparecido bajo circunstancias extrañas y los avistamientos OVNI estaban a la orden del día. Un grupo de investigación se internó en Clapham Woods con un contador geiger para realizar un peritaje. Pocos minutos después de internarse en la región boscosa, se toparon con unas huellas misteriosas: dos garras de casi nueve pulgadas de largo y tres pulgadas de ancho; la aguja del contador geiger se disparó inmediatamente a la franja de máxima radiación cuando se pasó el aparato sobre sendas huellas. Un compás comenzó a girar alocadamente ante la presencia del fenómeno.
Pero antes de que los investigadores tuviesen la oportunidad de dar crédito a sus ojos, una “columna de vapor gris con forma de oso” comenzó a materializarse a pocos metros de donde estaban, adquiriendo dimensiones sobrecogedoras y desapareciendo lentamente en cuestión de segundos. Todo estos eventos tomaron lugar no en un bosque recóndito sino a veinte o treinta metros de la carretera A27, una de las más transitadas en esta región de Inglaterra.
El investigador independiente Charles Walker iría descubriendo que Clapham Woods tenía fama como lugar maldito desde muchos años antes del incidente de 1975 y las despariciones caninas. Sus investigaciones le llevaron a pensar —correctamente— que un grupo de satanistas hacía uso ceremonial de la zona, y en noviembre de 1978 una llamada telefónica le sacó de dudas: un hombre de tono muy educado y formal le pidió que se reuniera con él a horas de la noche en Clapham Woods. Vacilando, Walker eventualmente se decidió por ir y tuvo un encuentro sorprendente. Aunque nunca pudo ver la cara de su interlocutor, que permaneció oculto entre la maleza como si de un capítulo de “Expedientes X” se tratara, Walker se enteró de que un grupo de gente muy poderosa que se autodenominaba los “Amigos de Hécate” utilizaba el bosque para sus aquelarres y que “no tolerarían interferencia alguna con sus actividades”. La reunión clandestina tenía el propósito de impartir una advertencia amistosa al investigador para hacerlo desistir de sus pesquisas. Las últimas palabras del desconocido fueron: “el grupo no tiene miramientos a la hora de asegurar su existencia”... algo que Walker comprobaría en carne propia cuando fue víctima de un accidente vehicular dos semanas después que le produciría lesiones en la espalda y la cabeza.
Charles Walker descubriría pruebas fehacientes de la existencia de los “Amigos de Hécate” casi accidentalmente, al internarse en un edificio vacío perteneciente al complejo de viviendas Clapham Manor House.
Ocupando la totalidad de un muro en una habitación amplia y vacía, Walker pudo contemplar una sobrecogedora y monstruosa imagen: un rostro femenino con cuernos azules y orejas largas cuyo cuerpo estaba cubierto de escamas y cuyos brazos acababan en afiladas garras. Rayazos de color rojo y negro —posiblemente de sangre— completaban el cuadro, nunca mejor dicho. En una de sus garras, la imagen portaba una esfera con una cruz de ocho brazos y un círculo. Era obvio que los “Amigos de Hécate” eran una orden luciferina de gran seriedad.
Una década más tarde, otro investigador, Toyne Newton, mencionaría la posibilidad de que Clapham Woods yaciera sobre una vena de energía telúrica (los famosos leys de Inglaterra) y que los “Amigos de Hécate” se valían del lugar como quien hace uso de tomacorrientes, salvo que en vez de devolver los elementales conjurados por sus sesiones, estos adeptos los dejaban en el lugar de marras como un “sello psíquico”.
Las investigaciones de Newton darían a la luz pública cierta información estremecedora: la secta de Clapham Woods era tan sólo una “celda” de un grupo mayor con miembros en Winchester, Avebury y Londres, controlado por un triunvirato central de dos mujeres y un hombre cuyas edades estaban entre los treinta y cinco y los sesenta. La secta empleaba un sistema de círculos o rangos que se radiaba hacia afuera o hacia abajo del triunvirato central, método utilizado por las órdenes iniciáticas de la Antigüedad y denominada “la espiral del poder maligno”, que garantizaba la seguridad del grupo, puesto que los neófitos de los rangos exteriores no conocían la naturaleza exacta del grupo, ni que existían otros rangos a los que era posible ascender.
Pero la información recabada por Newton bastaba para ofrecer un cuadro alucinante: la mujer de mayor edad que presidía los “Amigos de Hécate” había organizado la secta en los años ’60 y ’70 y muchos miembros habían adherido a ella para luego darse de baja, permitiendo que sólo la flor y nata permaneciese con el grupo. Las metas de la secta, que incluía políticos, banqueros y altos comerciantes, eran nada menos que la adquisición total del poder oculto mediante una “guerra de agotamiento” mental, un proceso diseñado para desangrar la energía natural de la sociedad y del medio ambiente. Los OVNIS y rayos de luz presenciados por muchos eran, en efecto, producto de la experimentación ceremonial del grupo.
A pesar de sus años de experiencia, la mujer madura no era la más peligrosa de la secta. Al contrario, la joven sacerdotisa —mujer de treinta años perteneciente a la aristocracia británica y con conexiones envidiables— era la que realizaba los ritos bajo la supervisión del varón, el “maestro”, que era médico de profesión. “Son personas sin rostro”, le explicó una psíquica a Newton, “que llevan una careta y son capaces de dar un aspecto totalmente normal. Hacen sus compras en supermercados y la Sacerdotisa a veces va a los pubs. Es rubia, pero eso puede cambiarse. La jerarquía tiene la capacidad de adaptarse a su entorno natural cuando desean hacerlo”.
Newton publicó sus hallazgos en el libro The Dark Worship (Vega, 2002). Aunque los “Amigos de Hécate” dejaron de utilizar Clapham Woods como su centro de energía hace más de una década, cabe preguntarse ahora cuáles son los nuevos miembros de la secta, quiénes han sustituido, si acaso, a los tres dirigentes. ¿Seguirán captando nuevos miembros? Las crisis ambientales y sociales que se viven en Gran Bretaña, ¿podrán achacarse a las actividades de esta secta que ha jurado desvalijar a la sociedad y al medio ambiente de su fuerza vital? No existe forma de saberlo.
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