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La metodología es sólo una instancia en los procesos investigativos, que incluyen aquellos que no son en absoluto metodológicos sino antes bien especulativos e intuitivos. Pero la resolución de los interrogantes ofrecidos por el objeto (estallado, fracturado, pero objeto al fin) se logra de igual manera al aceptarse estas instancias que permanecen y se actualizan en todo el proceso, aún en aquellas etapas que consisten en traducir en un lenguaje formalizado los conocimientos. Si bien no deja de ser un problema a resolver, podríamos hallar la factibilidad en la multiplicidad de valores que se entrecruzan y permiten la emergencia de estas perspectivas de observación de "lo literario" a sabiendas de las dificultades para aprehenderlo.
¿Los intentos formalistas y estructuralistas parecieron perder su batalla metodológica? Hoy no les tomaríamos en cuenta muchos de sus enunciados y afirmaciones, sin embargo nos enseñaron a aceptar que el camino positivista (cartesiano) es fácilmente discutible, a la vez que nos impone de nuevo la necesidad de asumir la imposibilidad de definir la literatura sin dejar por ello de elaborar propuestas teóricas, campos conceptuales, categorías. Paradojal en cierto sentido, la literatura torna a su estudio asimismo contradictorio, pero "la paradoja es tal que podemos vivir con ella" (Angenot, 1991, pp.149)
Se sabe que las llamadas ciencias humanas proceden más que por observación, por intentos de comprensión hermenéutica de objetos y relaciones objetuales en las cuales el propio investigador está inmerso. Así lo plantea Mijail Bajtin: "..Pero un sujeto como tal no puede ser percibido ni estudiado como cosa, puesto que siendo sujeto no puede, si sigue siéndolo, permanecer sin voz; por lo tanto su conocimiento solo puede tener carácter dialógico." (1974 y 1982, pp. 385).
El estudio del hombre por el hombre presupone siempre una réplica sobre sí mismo; en contraposición a otras ciencias, los experimentos en estas ciencias humanas que cada vez son más sociales, hallan su razón de ser en los descubrimientos de un plus de sentido producido por la conformación discursiva de nuestros conocimientos. Pensaríamos que investigar literatura sería indagar en nuestros propios recorridos interpretativos: estudiamos lo que leemos y justificamos nuestras lecturas con una exegética, es decir, en un círculo. En ese movimiento que supone entender el proceso cognoscitivo provocado en el texto o la obra literarios hallamos algo más, le damos ese plus al sentido de nuestro estudio, siempre y cuando podamos evaluar (axiológica y axiomáticamente) objetos, fenómenos, problemas, interrogantes puestos de manifiesto en el hecho literario. Cuando hablamos de un plus, no nos referimos al (los) sentido(s) de los textos sino a cómo la literatura significa los cuerpos sociales y las epistemes epocales.
Por lo tanto, adecuar el procedimiento "científico" a nuestras investigaciones brinda una oportunidad de hacer dialogar (en la acepción bajtiniana, pero también la más corriente) la comprensión con el descubrimiento, aunque no una comprensión única ni un solo ni aislado descubrimiento, sino una cadena de ellos, o mejor, de comprensiones y descubrimientos puestos en abismo.5
Claro está, esta visión de la "ciencia literaria" radica en una ilusión: la de la posibilidad de un olvido momentáneo de que estamos produciendo un conocimiento que ha de ser sustentable en el tiempo, transferible en los espacios sociales del saber y proyectable a otros hechos similares; olvido que permite superar las características señaladas por Echeverría (1999, pp.119), fruto de reflexiones esquemáticas y limitadas. Olvido no de las múltiples motivaciones para estudiar la literatura, ni de los complejos campos conceptuales, sino de las ataduras que conlleva pertenecer a comunidades académicas cuyas políticas impregnan la adquisición de saberes, según reglas a las que hay que adherir para lograr imponer los nuevos conocimientos, a la vez que acceder a los mecanismos que permiten realizar nuevas investigaciones.6
Hacemos referencia comunidades en el término que utiliza Benedict Anderson (1993), quien dice que en la sociedad contemporánea las comunidades existen como entidades imaginarias al suspenderse el “cara a cara” propio de las relaciones interpersonales de la modernidad. Si bien hoy no se ha perdido del todo, hay formas de comunicación que llevan a tener conciencia del otro, aunque no lo conozcamos personalmente instalando una red global y cibernética de viejos conocidos: Ese imaginario del otro permite tender redes también imaginarias entre nosotros (la metáfora es de Anderson, de su estudio de la sociedad en la isla de Java). Claro que este imaginario es utópico, sobre todo porque se asienta en la base de los límites de fronteras elásticas, de una soberanía y una idea de fraternidad horizontal. Imaginario de la comunidad, problema de identidad y subjetividad, imaginario de las reglas, imaginario de lo posible y factible en el campo disciplinario.
Si las comunidades que llamamos científicas o académicas existen para el investigador particular como una entidad imaginaria e imaginada, la producción del saber se realiza en virtud de las propiedades que a ella le asignamos y entre las cuales encontramos a un verosímil cognoscitivo, regulado por la circulación de los discursos del saber que convergen en la conformación de dicha comunidad. La identidad subjetiva, la posición ocupada por él en tanto investigador acreditado, ubicado en un área de incumbencia, orienta sus redes en dirección de las corrientes legitimadas por las políticas de las entidades reguladoras (los organismos de gobierno, de ciencia y tecnología, las universidades y/u otras formas institucionales).
Hallaríamos un pluralismo, no dicho pero pensable, de propiedades específicas de cada comunidad académica, ya que por definición, no pueden ser las mismas para cada una de las perspectivas disciplinares constitutivas de un campo de investigaciones como el de la literatura.
Falta considerar la incidencia del pluralismo axiológico, ahora en relación a la idea de comunidad: en la epistemología que sostiene a los estudios sociocríticos es vital esta última noción, ya que allana el camino de acceso a las interrelaciones de todo tipo que invocan los objetos: interdiscursividad, intersubjetividad, interdisciplina. Los valores epistémicos nombrados por Echeverría (op. cit. Pp. 120) ofrecen oportunidades de coexistencia de enfoques disciplinares diferentes ya que el conocimiento del discurso es siempre verdadero y no depende necesariamente de un punto de vista que determine al objeto (Saussure): la sociocrítica trabaja en una mixtura metodológica basada en la visión de que todo aquello que manifiesta el tránsito discursivo de las semiosis epocales, en la integración ganada por la literatura a los fenómenos sociales, es verdadero antes que verosímil.7
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