El único mandato de Jesús a sus discípulos fue difundir la “buena nueva” de la salvación eterna en medio del dolor, la muerte y la tribulación final de una civilización planetaria equivocada. Se refiere a sí mismo como un rescatador o salvador de almas, no de cuerpos de por sí mortales. Sin embargo, todo lo que se creó después de su desaparición, templos, órdenes monásticas, sociedades secretas, jerarquías eclesiásticas y dogmas teologales ajustados a la consecución de poder político y económico, resultaron la antítesis de su mensaje, pero han sido coherentes con la profecía.
¿Es posible que pudiera ver o prever un desarrollo que abarcaría siglos o milenios? De los textos se desprende que la gnosis cristiana incluía de manera fundamental el concepto de karma y cómo manejarse con él: “De cierto os digo que todo lo que ligareis en la tierra será ligado en e1 cielo; y todo lo que desatareis en la tierra será desatado en el cielo” (Mateo 18, 18). Cristo muestra la misma actitud que otras doctrinas tradicionales, como el budismo, el taoísmo o el hinduismo: el espíritu nunca combate directamente contra lo profano; inversamente, el mundo profano intentará inútilmente desalojar, sumergir y confundir a su supuesto oponente. Esta batalla unilateral y absurda surge del misterio y la paradoja de la continua alternancia de orden y caos en el mundo temporal, que en la etapa final del Kali-Yuga en la tradición hindú (ver recuadro) se expresaría en dos figuras arquetípicas dominantes: Cristo y el Anticristo.
Lo que Jesús advertía para el porvenir era el disfraz que la sombra, como contracara
O de la luz del espíritu, iba a adoptar en los tiempos finales: un orden desmesurado basado en la materialidad, las guerras, la confusión espiritual y el miedo. El Anticristo emergería como una tramposa tabla de salvación en un mundo sumido previamente en el caos y el terror.
Persona, promesa o tendencia, su promesa de seguridad y orden excluiría toda trascendencia espiritual y afirmaría la sola posibilidad de una transitoria felicidad terrenal.
Las profecías de Jesús y de los apóstoles expresan que cuando el grueso de la humanidad llegue a creer que no existe una esencia inmortal en cada ser y una dimensión superior; cuando no anhele trascender el tiempo, el dolor, el miedo y la muerte; cuando pierda el amor y la compasión por los demás seres que sufren; cuando sólo actúe movido por el deseo de saciarse a cualquier precio, la sombra, o el mal, habrá consumado su victoria. La filosofía antiespiritual, encarnada en el Anticristo, sólo podía conducir kármicamente a una guerra demencial de todos contra todos.