Esta es una de las lecciones que tenemos que aprender del pasado los hombres y mujeres que venimos de la izquierda y de las diversas variantes del marxismo. Sin una crítica al eurocentrismo, sin una crítica de la modernidad capitalista no vamos a ser capaces de responder culturalmente a los desafíos de la época. Como diría Boaventura de Sousa Santos: la modernidad no ha sido otra cosa que una localización globalizada, que es el procedimiento que usan aquellos que globalizan su cultura local para llamar localistas a otras culturas y por tanto subalternas.
Una de las peores consecuencias de la globalización capitalista que estamos viviendo es la tendencia a la uniformización cultural. La tendencia no ya a un pensamiento único, sino a unos valores únicos, a una única cultura que condena a muerte, a la extinción a lo que es la mayor riqueza de la especie: su diversidad cultural. Y lo que es más significativo, que incapacita para pensar de modo crítico sobre la sociedad y sus valores.
Cuando cada día desaparecen lenguas y culturas de nuestro mundo, algo nuestro definitivamente se nos va: experiencia, memoria, sentimiento; sin estas "formas de vivir la vida" será más difícil reconstruir un mundo humano. Sin esas experiencias de vivir una cultura, de la convivencia entre culturas diversas, entre distintas religiones, desde su propia especificidad, no seremos capaces de salir del "impasse" al que nos tiene sometidos el capitalismo. Lo peor de él no es que disuelva identidades es que ya no crea ninguna. Este capitalismo realmente existente genera anomia, incapacidad y una enorme violencia. Violencia que expropia la subjetividad, que impide el pensamiento crítico y que genera el bloqueo de los impulsos emancipatorios del ser humano.
Es por eso que el debate cultural, la lucha cultural, la lucha sistemática contra estas tendencias modernizadoras, deben de ser la primera propuesta de una fuerza que pretenda un mundo y una vida vivible en un planeta para todos y para todas, donde quepamos desde nuestra singularidad.
Estos días hemos discutido de muchas cosas, entre ellas de los fundamentalismos y, desde mi rechazo más absoluto a los mismos, tengo que señalar que los peores de todos ellos son el fundamentalismo del mercado y el eurocentrismo. No tenemos ningún derecho a imponer a los demás nuestros valores y nuestra cultura, y mucho menos, como pasa en países como Argelia, donde se ha vivido la experiencia del colonialismo y de un socialismo que ha terminado en corrupción y en la miseria de las mayorías sociales. Si te intentan robar la identidad y te quitan el pan de cada día, ¿cómo no pensar en el consuelo y el refugio de Allah y de tu propia tradición cultural? O eso, o coger la patera, un barquito, que te lleve a través de España, superando los obstáculos de la policía española, hasta Europa, a dejar de ser lo que eres y a vivir en el desarraigo.