Razón y nación en la política cultural del primer dieciocho - La política del siglo XVIII español
2 - La política del siglo XVIII español
Durante el reinado de Felipe V aparecen ya importantes espacios institucionales que habrán de servir de base material desde la que la política cultural oficial intentará imponer su hegemonía sobre los focos tradicionales de propagación cultural. La creación de la Biblioteca Real (1711), después Nacional, la Real Academia Española (1713) y la Real Academia de la Historia (1735) supone -ha escrito Díaz Plaja- “el otorgamiento de una función de Estado a lo que corría a cargo de particular iniciativa (academias y tertulias literarias y bibliotecas nobiliarias y reales)” (123). Hay que señalar, sin embargo, que es sobre todo desde el ecuador del siglo que el Estado se empeñará en asegurar un control cerrado y absoluto de estas instituciones, y su principal instrumento en ese control será el círculo de intelectuales cortesanos reunido en torno a la influyente figura de Agustín de Montiano y Luyando.
Cuando se crea la Academia de la Lengua, a iniciativa del marqués de Villena, todos los concurrentes coinciden en dos cosas. En primer lugar, en una conciencia viva del estado de decadencia de la cultura y de la lengua de la nación. En segundo lugar, en el reconocimiento, de mala gana o con abierta admiración, de la situación comparativamente esplendorosa, tanto en lo cultural como en el estado de la lengua, de los vecinos del norte. La Academia nace a imitación de la existente en París desde 1637, y sus primeros objetivos, el Diccionario, la Gramática, y la Poética, se copian igualmente de los proyectos establecidos por la Académie.3
Pero sólo un entendimiento limitado y, en este contexto, anacrónico del fenómeno del nacionalismo puede llevar a pensar en esa imitación como algo ajeno, algo a lo que debía oponerse todo buen nacionalista del momento. Dejando aparte los nacionalismos que algunos hoy llaman “periféricos,” es necesario distinguir entre al menos tres formas de nacionalismo: un nacionalismo de emulación o imitación, un nacionalismo particularista o de distinción, y un nacionalismo centralista. En su retórica de exaltación unos y otros pueden ser difíciles de distinguir a veces, pero corresponden a programas culturales a veces claramente diferenciados, y es muy distinto también el campo de recepción de cada uno.
El nacionalismo de emulación, característico del XVIII y de una república literaria concordante respecto a ciertas normas básicas de comunicación, responde más bien a necesidades de afirmación de la imagen propia por parte de las élites intelectuales nacionales vis a vis la república literaria europea, en el marco de una concepción clasicista y universalista de la cultura y dentro de una concepción patrimonialista de la nación, por la cual la gloria de la nación viene a identificarse con la ostentación del esplendor de la monarquía. Una muestra entre muchas de esta identificación la proporciona Juan de Iriarte en su discurso de admisión en la Real Academia Española (1743), al alabar el celo del fundador de la institución en pro “del bien público, del esplendor de la monarchía y del mayor lustre de la Nación Española” (Hernández González 135). Otra, curiosa por su elaboración silogística, se encuentra en la dedicatoria a Carlos III por los hermanos Rodríguez Mohedano: “Dios . . . produjo hombres, y espíritus, para tener la gloria de mandar a racionales . . . . De aquí se sigue naturalmente, que tanto mayor gloria es dominar en una Nación, quanto es más racional y sabia. . . . Por tanto, no puede dejar de ser muy glorioso a V. M. que conozcan todos la sabiduría de la Nación Española.” En consecuencia, la apertura al extranjero va acompañada de una apertura a la herencia cultural nacional, descuidada en lo que escapa al estrecho casticismo de raíces contrarreformistas y aristocráticas, que acabaría sobreviviendo al nacionalismo ilustrado e insistiendo en identificar ese nacionalismo rival, de emulación, como esencialmente afrancesado. Frente a tal identificación, no del todo superada aún en nuestros días, no está de más recordar con Pérez Magallón que “nuestro siglo ilustrado no es el siglo afrancesado, sino el siglo en que las fuerzas intelectuales del país intentan coger el paso del progreso que avanza en Europa, integrándolo en la recuperación paralela de un patrimonio nacional descuidado y olvidado” (48). Esa recuperación, de todas formas, era poco menos que una necesidad lógica, ya que no podía haber otra base para superar la tensión entre la afirmación nacionalista y el reconocimiento de la superioridad cultural extranjera.
El nacionalismo particularista se da primero en el XVIII como reacción casticista ante lo que se percibe como desprecio de lo propio por parte del resto de Europa. Responde también al ideal de autarquía cultural propio de los sectores aristocráticos y eclesiásticos que ven en el reformismo oficial una amenaza a sus privilegios. Pero en su versión liberal, sobre la que volveremos con más detenimiento, responde a necesidades de integración social en momentos de gran conflictividad social y profunda transformación a todos los niveles, con la consiguiente confusión de valores ante la pérdida o puesta en cuestión de los mecanismos tradicionales de cohesión. Desde sectores tradicionalistas durante el XVIII, y de modo casi generalizado durante el XIX y luego con la historiografía franquista, se intenta presentar la tensión entre nacionalismo e imitación de modelos extranjeros como contradicción. Desde el nacionalismo de distinción el nacionalismo de emulación es impensable, y tal prejuicio ha dado lugar a una persistente visión estereotipada de la vida cultural del XVIII. Esa visión tuvo su origen en el romanticismo conservador e historicista, que se opuso a un filosofismo abstracto al que se culpaba de todas las conmociones sociales de los últimos tiempos, desde el Terror revolucionario hasta el asalto al poder económico de la Iglesia. Un filosofismo cuyo cultivo en España, por muy ciego al hecho que se mantuviera, en su esquematismo histórico, ese romanticismo, fue más bien insignificante.
Los dos nacionalismos difieren también, como señalábamos, respecto de los interlocutores a quienes sobre el papel se dirigen. Cuando Mayans escribe sobre su “deseo de propagar la fama de los escritores españoles más prestigiosos y la gloria que se les debe” (cf. Mestre, Mayans 37), tiene en mente la república literaria europea (y quizás la posibilidad de un trabajo intelectual en la corte). Cuando se invoca la grandeza literaria de la nación en la década de 1840, se tiene en cuenta el público “nacional” medio, y se busca reforzar el orgullo patriótico de la población general y, frecuentemente, tener éxito en el mercado cultural o escalar puestos en la burocracia estatal.
Que el nacionalismo de emulación tiene como interlocutora explícita la “república literaria” europea, en los momentos iniciales de reformismo cultural del XVIII, se comprueba en multitud de textos del periodo de los dos primeros borbones. Los intelectuales españoles de la vanguardia reformista quieren reestablecer el contacto perdido con la filosofía y la ciencia europeas, y piensan que los pasos a dar han de ser por un lado propagandísticos, para recuperar un crédito nacional perdido dos siglos ha, y por otro lado de contención de los escritores decadentes del interior que promueven la mala imagen del país en el extranjero. En una de sus Cartas eruditas, elogiando la España sagrada de Flórez, Feijoo manifiesta su padecimiento “de ver tantos infelices escritos como en este siglo salen de nuestras prensas, que en vez de acreditar en otras naciones la literatura española, la infaman y desacreditan,” y obras como la de Flórez las recibe “como unos justos vindicadores o restauradores del crédito que hacia los extranjeros nos presentan los malos” (cf. Stiffoni, “Intelectuales” 130). En la dedicatoria al rey que abre el primer tomo del Diario de los literatos (1737), ideado sobre el modelo del Journal des savants, el objetivo que justifica la petición de protección y patrocinio real es el de “promover el crédito de nuestra Nación,” y los diaristas ofrecen al rey, como modelo a imitar, “otros Príncipes Estrangeros” que han otorgado su protección a la “admirable invención de los Diarios,” quienes están “persuadidos de lo mucho que se interessa el recíproco comercio literario de las Naciones cultas, de la mayor ocasión de conocer los más selectos Autores, assí los proprios para el premio, como los estraños para el uso, y de ser medio eficacíssimo para contener la importuna presumpción de los que sin el estudio conveniente usurpan el caracter de Escritores” (dedicatoria no paginada). La clave de la reforma de las letras está en el intercambio con el extranjero, pero para que en el extranjero no nos den de lado es necesaria una labor de purificación interna. De ahí la fórmula asimétrica que proponen los diaristas, y que se repetirá a menudo a lo largo del siglo: comercio de ideas con el exterior, control de ideas en el interior.
Debe además diferenciarse otra forma de retórica nacionalista que no es estrictamente equiparable a ninguna de las otras dos, aunque se conjuga con cada una de ellas de una manera determinada. Se trata del nacionalismo centralista que surge como componente fundamental de la ideología oficial tras la Guerra de Sucesión, con los Decretos de Nueva Planta y el esfuerzo por acabar con el sistema foral mantenido por los Austrias para Aragón, Cataluña y Valencia, al que acompañó también alguna arremetida -si bien mucho más ligera- contra los privilegios vasco-navarros (Vázquez de Prada). Es el antecedente inmediato del nacionalismo de distinción, en cuanto que representa una fuerza centrípeta y persigue fines homogeneizadores, pero se diferencia de él en que los mecanismos de identificación que pone en juego no se basan en la diferenciación respecto del “exterior” de la nación, sino solamente en la oposición a la desunión interna. El foco de irradiación de este nacionalismo, los grupos reformistas oficiales, coincide con el del nacionalismo de emulación, con el que establece una relación de complementariedad. Ésta relación queda ejemplificada claramente en el caso de Feijoo, que en nombre de la nación aboga por la apertura a la cultura europea a la vez que se gana el favor de Patiño y del reformismo cortesano con la proclama nacionalista centralizadora que representa su discurso “Amor a la patria y pasión nacional” (1729, tomo III del Teatro crítico universal). Ahí distingue, por una parte, una forma de pasión nacional que halla su causa en que “[l]a vanidad nos interesa en que nuestra nación se estime superior a todas, porque a cada individuo toca parte de su aplauso” (144). Por otra parte, este abuso, que “ha llenado el mundo de mentiras, corrompiendo la fe de casi todas las historias,” es un vicio inocente si se compara con otro más común:
Hablo de aquel desordenado afecto que no es relativo al todo de la república, sino al proprio y particular territorio. No niego que debajo del nombre de patria, no sólo se entiende la república o estado cuyos miembros somos y a quienes podemos llamar patria común, más también la provincia, la diócesi, la ciudad o distrito donde nace cada uno, y a quien llamaremos patria particular. Pero asímismo es cierto, que no es el amor a la patria, tomada en este segundo sentido, sino en el primero, el que califican con ejemplos, persuasiones y apotegmas, historiadores, oradores y filósofos. La patria a quien sacrifican su aliento las almas heroicas, a quien debemos estimar sobre nuestros intereses particulares, la acreedora a todos los obsequios posibles, es aquel cuerpo de estado donde, debajo de un gobierno civil, estamos unidos con la coyunda de unas mismas leyes. Así, España es el objeto proprio del amor del español, Francia del francés, Polonia del polaco . . .
El amor de la patria particular, en vez de ser útil a la república, le es por muchos capítulos nocivo. Ya porque induce división en los ánimos, que debieran estar recíprocamente unidos para hacer más firme y constante la sociedad común; ya porque es un incentivo de guerras civiles y de revueltas contra el soberano, siempre que, considerándose agraviada alguna provincia, juzgan los individuos de ella que es obligación superior a todos los demás respetos el desagravio de la patria ofendida; ya, en fin, porque es un grande estorbo a la recta administración de justicia en todo género de clases y ministerios. (145)
Feijoo se está enfrentando a dos vicios: uno de ellos pecado venial, que correspondería a la actitud básica de lo que venimos llamando nacionalismo castizo, al que responde implícitamente con una propuesta de nacionalismo de emulación; y el otro pecado mortal: el “paisanismo,” como lo llama él, o localismo disgregador, introductor de “sediciones, desobediencias, cismas, batallas,” contra el que opone un nacionalismo integrador y centrípeto, agradable al centralismo gubernamental.
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