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Realidad y ficción en Juegos de la edad tardía, de Luis Landero - La construcción del relato (I)

Artículo creado por Antonio Ubach Medina. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero16/landero.html
31 de Agosto de 2006
Historia de la literatura

2 - La construcción del relato (I)

En su intervención en las Jornadas mencionadas más arriba, Landero comentó que en un principio había redactado dos versiones de la novela en primera persona: "Al final me decidí a contarla en tercera pero retrospectivamente, lo cual encubre una primera persona porque lo que el autor cuenta es lo que el personaje recuerda. El autor le cede la voz, pero es el personaje el que sabe, el que recuerda, el que piensa con una voz prestada". Se trata, pues, de un narrador aparentemente de tipo tradicional en tercera persona, pero que narra la historia desde el punto de vista del personaje, es decir, es la experiencia de éste la que se va a transmitir al lector.

Así, por ejemplo, en la mañana en que comienza la novela se describe de este modo una de las habitaciones de la casa a la que se asoma Gregorio:

Enseguida, espoleado por el temor a la cobardía, salió a la puerta y miró la sala en penumbra. Sobre el organillo se amontonaba su indumentaria de impostor, y en un sillón había una caja de zapatos y seis libros iguales, abandonados a un orden de naipes perdedores. Junto a la ventana, en una silla que guardaba la ausencia de su dueña, distinguió la caja de los hilos y las agujas de tejer. Las cosas de siempre parecían envueltas en un aire hostil de novedad (Landero, 1989: 17).

Este tipo de narrador se manifiesta en las frases subrayadas. Estas reflejan apreciaciones subjetivas que solo pueden deberse al personaje. Es lo que Dolezel denomina forma de 3ª persona subjetivizada, que caracteriza "como un modo narrativo que presenta los rasgos formales de la narración en 3ª persona, pero con los rasgos semánticos del discurso de los personajes". Y sigue más adelante:

Los mundos formados por estos hechos no son los mundos absolutamente auténticos del narrador anónimo en 3ª persona, ya que están impregnados por las actitudes de los agentes. Tampoco son los mundos de creencias de los agentes, puesto que están autentificados por el discurso de la forma en 3ª persona. Representan una forma de transición entre el mundo absolutamente auténtico de los hechos narrativos y los mundos de creencias de los agentes, absolutamente no-auténticos (Dolezel, 1980: 109).

La autenticidad de las afirmaciones del narrador, que se deriva de su papel de constructor del mundo ficcional, se transmite de este modo a las del personaje. De ese modo se difumina el límite entre ambos tipos de discurso, algo que se repite a lo largo de toda la novela. El "temor a la cobardía" y el "aire hostil de novedad" son reflejo de las sensaciones y reflexiones de Gregorio esa mañana, de su inquietud ante la decisión que ha de tomar y del extrañamiento que esa decisión ha producido ya en relación a los elementos de su vida cotidiana. Los libros están "abandonados" con "un orden de naipes perdedores" puesto que han sido un elemento clave en la construcción que él ha llevado a cabo de Faroni, y los últimos acontecimientos, los que motivan su marcha, han destruido la posibilidad de continuar con ello. Esa "silla que guarda la ausencia de su dueña" es un reflejo de la monotonía y falta de aliciente en los últimos años de su vida, pues en ella están los instrumentos con los que su mujer ha consumido el tiempo de ambos en la monótona tarea de las labores de punto.

La novela comienza con una frase que hace referencia a un día concreto que sitúa parcialmente la acción: "La mañana del 4 de octubre Gregorio Olías se levantó más temprano de lo habitual" (Landero, 1989: 15). Aún está en el duermevela, y mezclados con los sueños oye ruidos externos: unos tambores, "un rumor en desbandada"; y por fin "Recordó entonces que aquel día, 4 de octubre, pasaba el General por la ciudad". En ese día se celebra la fiesta de San Francisco de Asís, onomástica de Franco, que se conmemoraba de forma especial durante su régimen. Se cita la fecha, pero no el año; se habla del general, con mayúscula, pero no hay un nombre concreto. Sin embargo, esas referencias están dirigidas al público que va a leer la obra, y que comparte con el autor un contexto histórico determinado que le permite fácilmente rellenar esos huecos de información con una experiencia que sabe común con el autor.

De ese modo se establecen las coordenadas de la historia narrada, como marco de referencia en función del cual hay que entender lo que sucede, de acuerdo con los elementos connotativos y denotativos que surgen y que comparten narrador y lector. Estos marcos de referencia, que orientan la creación de sentido, son, de acuerdo con la definición de Fillmore (1982: 111), "cualquier sistema de conceptos relacionados entre sí de tal modo que para entender uno de ellos hay que entender la estructura completa en la que se inserta; cuando uno de los elementos de una estructura de este tipo se introduce en un texto, o en una conversación, todos los demás pasan a estar disponibles de modo automático"3.

La activación de ese marco de referencia por medio de la alusión al día y al general hace innecesario la localización espacio temporal explícita de lo narrado, pero de todos modos el marco de referencia externo a la ficción está presente. Por tanto, desde el principio se establece claramente un cronotopo determinado, de acuerdo con la definición de ese término dada por Bajtin (1975: 237-238):

En el cronotopo artístico literario tiene lugar la unión de los elementos espaciales y temporales en un todo inteligible y concreto. El tiempo se condensa aquí, se comprime, se convierte en visible desde el punto de vista artístico; y el espacio, a su vez, se intensifica, penetra en el movimiento del tiempo, del argumento, de la historia.

Todo ello permite al lector situar la acción en el período de la dictadura franquista, en una ciudad de la que tampoco se da el nombre, pero que bien podría tratarse de Madrid. Los años y el lugar exactos no son importantes, es más, esa indefinición hace que la historia cobre un valor generalizador en la descripción del ambiente de una época.

La mención de esa fecha (4 de octubre) se repite al comienzo de los capítulos I, III, V, y VI, puesto que es clave dentro de la ficción: es el día en que la llegada de Gil a la ciudad marcará un cambio radical en la vida de Gregorio. Eso provoca las diversas analepsis que van a reconstruir el pasado del protagonista (primera y segunda parte) y explican cómo ha llegado a la situación en la que se encuentra (que se desarrolla en la tercera).

La reconstrucción del pasado de Gregorio se hace a través de sus recuerdos. Mientras se despierta, baja las escaleras de su casa y contempla el paso del General. Gregorio tiene 46 años ("Un tiempo de cuarenta y seis años le corrió como una araña por la piel", p. 16), y por ello la alusión a la edad tardía del título.

El narrador sitúa la infancia del personaje en un período concreto, la posguerra española, como reflejan la pobreza de su vida en el campo y posteriormente la que lleva en la ciudad con su tío. Esa recapitulación es necesaria para el personaje en un momento de crisis crucial de su vida, pero también viene impuesta por una decisión del autor:

De todos modos, es necesario insistir de nuevo aquí en la significación de la decisión de Landero de integrar también en el relato la estrategia del Lazarillo y tomar la historia de Gregorio desde su niñez. El anónimo autor renacentista hace que su personaje cuente las miserias y desgracias que ha pasado en su vida para que, así, se pueda comprender la actitud consentidora de Lázaro ante "el caso" de la relación de su mujer con un párroco de Toledo. El autor actual, en actitud paralela, trata también de presentar la vida entera de su personaje (Martinón, 1994: 223).

Esa reconstrucción del pasado del personaje a través del recuerdo va desvelando las diversas etapas de la formación de su personalidad. Así, por ejemplo, el lector descubre cómo su imagen del mundo se forma a través de la educación que su tío Félix pretende impartirle con tres libros, la enciclopedia, el atlas y el diccionario, que le había entregado un misterioso personaje4.

La revisión de su pasado, tanto el cercano como el más lejano, retrata a un ser que ha vivido encerrado, primero en el quiosco, desde donde vive su primer amor y hace su primer amigo, Elicio, quien le sugiere el pseudónimo de Faroni, y luego en su casa familiar y su trabajo. Sus intentos de salir de ese microcosmos, de ese ámbito que puede resultar agobiante pero que lo protege del mundo, se reducen a escapadas más o menos fantásticas sin ninguna proyección en la realidad. Así, su amor por Alicia le consume sin que ella llegue a enterarse:

No era valiente pero tampoco se resignaba a ser cobarde, así que pedía que aquel parapeto de humo y letra impresa no resultase ni demasiado frágil ni demasiado seguro: que fuese al mismo tiempo una defensa y un acceso (Landero, 1989: 40).

Tiene miedo a ese mundo que está más allá de lo que puede controlar ("No era valiente"), pero no acepta sus propios defectos ("tampoco se resignaba a ser cobarde"). La forma que halla Gregorio de conjugar ambos sentimientos es a través del "universo de papel", que se convierte en "defensa" pues le permite no verse afectado por el mundo exterior, pero es a la vez "acceso" pues también le permite vivir vicariamente la vida de amores y aventuras que le convierte en un ser digno.

Gregorio no carece del afán, esa característica de la familia que en su infancia le explicó su abuelo en qué consistía:

- ¿Qué es el afán, abuelo?

- El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán (Landero, 1989: 48).

Por ello elabora el proyecto de hacerse ingeniero para marchar a trabajar a países exóticos, y comienza a aprender inglés para esa nueva vida. Pero en la academia nocturna, donde acude después de las jornadas de trabajo, conoce a la que se convierte en su mujer, alguien completamente ajeno a ese primer amor juvenil por Alicia. Hija de un militar que ha muerto hace años, Angelina vive con su madre una vida monótona a la que se incorpora Gregorio, uniendo su rutina a la de ellas tras un convencional noviazgo:

«Sois tan jóvenes, tan locos, tan atolondrados», había dicho la madre, con cara de Virgen Traspasada, cuando supo de sus relaciones. Y luego se sucedieron años difusos, tan amontonados en el recuerdo por la monotonía, tan maltratados por el olvido que solo consiguió rememorarse [...] viendo pasar las nubes y descubriendo en ellas sus mensajes secretos (Landero, 1989: 79).

El tiempo ha transcurrido sin dejar huella pues el "afán" no ha pasado de ser un proyecto incumplido, y en la "edad tardía" no hay nada que justifique una existencia que se vaticinaba a sí mismo llena de sentido, transformada por un matrimonio5 y un trabajo en los que todo está previsto.

Gregorio comienza a trabajar en Requena y Belson, una empresa que comercializa vinos y aceitunas desde hace doscientos años sin haber alterado jamás sus métodos, tras una peculiar entrevista. Su rutinaria labor solo se ve interrumpida cuando, a los seis años de estar despachando correspondencia comercial y muestras sin ver nunca a ningún otro empleado, comienza a recibir llamadas de Gil, representante de Requena y Belson. Empieza a establecerse una relación entre ambos que resucita una parte de su vida pasada:

Apenas sonaba el teléfono, se recostaba en el sillón, encendía un cigarrillo y cruzaba las piernas: «Olías al habla», y aprovechaba la presentación para expulsar artísticamente el humo, como sus viejos héroes policíacos (Landero, 1989: 88).

Esos héroes son los de las novelas del quiosco de su tío, que él devoraba cuando se hizo cargo del negocio. A partir de este momento, los antiguos sueños, sus deseos de ser poeta, toda la vida imaginada pero nunca llevada a la práctica vuelven a resucitar poco a poco en las conversaciones con Gil, que le obliga casi, para que no destroce esa idea que se ha hecho del mundo urbano que añora y del que se siente desterrado, a ir construyéndose una existencia que en realidad es la que Gregorio cree que le hubiera gustado llevar, formada por todas sus fantasías y aspiraciones nunca cumplidas. Así ocurre, por ejemplo, cuando Gil le pregunta si ha viajado en avión:

- [...] Esto, usted, si me permite, ¿ha montado en avión?

Y antes de dar tiempo a la respuesta, añadió, «seguro que sí», y antes de que Gregorio pudiese rectificar, dijo: «¿Lo ve? Lo sabía. Y ¿cómo es?»

-¿Cómo es qué?

-El avión. ¿Da miedo?

-No, no se nota nada -dijo Gregorio, sin atreverse a contradecir a Gil (Landero, 1989: 104).

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