Capitulos de este wiki
  1. 1 La construcción del narrador
  2. 2 La construcción del relato (I)
  3. 3 La construcción del relato (II)
  4. 4 Notas
  5. 5 Bibliografía

3 - La construcción del relato (II)

Artículo creado por Antonio Ubach Medina. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero16/landero.html
31 de Agosto de 2006

Durante su larga relación telefónica, Gregorio se va construyendo una imagen que sabe que no es real, pero que no le importaría que lo hubiera sido. "El proceso de construcción de la figura de Faroni responde a un esquema no solo dualístico sino también dialéctico en el que tienen igual importancia el carácter y la historia previa tanto de Gil como de Gregorio" (Martinón, 1994: 214). Gregorio regresa a las ilusiones de su juventud, al afán, cuando ya se había acomodado en una vida sin aliciente, por medio de la relación con Gil.

A veces tiene remordimientos de conciencia, e incluso se llega a plantear en algún momento la posibilidad de confesar a Gil toda la verdad sobre su existencia, pero en el fondo esa vida de poeta, activista clandestino y conquistador audaz de Faroni, el nombre con el que Gregorio asume todas esas actividades, es una de las posibles que podría haber llevado:

Otro ángulo desde el cual se puede comprobar la desaparición del héroe es mediante un análisis de la desintegración o de la pérdida del yo [...] Bergson rectifica el pensamiento de Sheley y Carlyle afirmando que resulta imposible pensar en un "yo" que tenga una única identidad. Según él, esto solo ocurre en el razonamiento lógico pero no se da como un hecho, en la práctica (Encinar, 1990: 37).

La vida real de Gregorio refleja perfectamente la de una época en la que las aspiraciones de alguien como él, y las del país en general, se nutren de una monotonía asfixiante de la que solo se puede escapar por medio de la imaginación. Es gracias a Gil, otro ser que también sufre el aislamiento, la incomunicación y la frustración de todas sus aspiraciones, como Gregorio consigue poner en práctica, al menos hasta cierto punto, su apariencia de hombre decidido y arriesgado que lucha por un mundo mejor desde el incógnito de una oscura oficina en la capital. Y sin darse cuenta lo imaginado empieza a mezclarse con lo real:

Se dijo que en todas aquellas figuraciones había un innegable fondo de verdad. Y empezó a enumerar: él era Gregorio Olías, pero algunos vecinos lo conocían por Faroni; había cantado la habanera y lo habían aplaudido; había visitado el café, aunque no fuese en horas de tertulia; existían los poemas, y aún no era tarde para escribir otros y ser poeta de verdad, y hasta podría componer libros de ensayos, y para demostrarlo, al instante se le ocurrieron títulos magníficos: El bien y el mal, La soledad esencial, y novelas como Los temores de Octavio o La muerte en cada esquina, y por supuesto sus memorias, que esto era algo que convenía dejar para viejo, y vio que todo era posible con solo ponerse a la tarea (Landero, 1989: 163).

Ese proceso de construcción de Faroni va sumando etapas a través de la palabra: primero en las conversaciones con Gil; después por medio del poder evocador y creador del logos, que se plasma en los posibles títulos de sus obras no escritas; más tarde en la adecuación de su personalidad, su aspecto, su vestimenta, a las características del personaje, que acaba traspasando las fronteras de la ficción para convertirse en alguien real en el mundo de ficción: "La escritura d Olías va así plasmándose en su propio cuerpo, que cubierto por el significante "Faroni" se convierte en un texto de sentido doble" (García, 1995: 107).

La aspiración de Gil de llegar a vivir el mundo que le describe Gregorio y le ayuda a sobrevivir en su destierro, como él lo denomina en alguna ocasión, lleva al primero a acudir a la ciudad, y desencadena la irrupción de lo imaginario en la vida real.

Oscuramente [Gregorio] supo que el temor había previsto aquel desenlace. No sintió vértigo ni asombro. No miró afuera ni encendió un cigarrillo. No se concedió un solo instante de pánico o duda. Al contrario: una suerte de lúcida fatalidad lo dispuso a la acción (Landero, 1989: 230).

Gregorio no puede desmentir la imagen que Gil tiene de él, cosa que se produciría en el momento en que viera cuál es su auténtica realidad. Por esa razón abandona el trabajo y se va de su casa, inventando nuevas historias que justifiquen su comportamiento ante Gil y su mujer, con la esperanza de acabar obligando a éste a regresar al pueblo y de ese modo recuperar su vida cotidiana.

Lo que en un principio consistían en la adecuación de su discurso telefónico a ciertas expectativas que pertenecen al universo discursivo de Gil (remodelación y pulimento del yo escrito, creación como "juego" sin graves consecuencias) se le empieza a escapar de las manos con la presencia de Gil en la ciudad... su ejercicio escritural a partir de entonces consistirá en crear ficciones alternativas que le ayuden a escapar de la escritura unívoca e incontrolable en la que se ha transformado Faroni (García, 1995: 108).

Por primera vez Gregorio tiene la oportunidad de vivir auténticas aventuras, aunque en parte sigan siendo fruto de su imaginación, pero por primera vez no tiene ningún control sobre lo que ocurre. Así sucede cuando cree estar perseguido por la policía por haber matado a la empleada de la pensión en la que se aloja, cuando en realidad lo único que ha hecho es dejarla inconsciente.

Quien le da esta buena noticia es don Isaías, un personaje que ha estado observándolo desde su llegada a la ciudad. Fue él quien, con intención de hacer un experimento, dio a su tío los tres libros en los que se basó su primera educación, y le ha seguido la pista desde entonces. "Del mismo modo que Faroni es producto del complot argumental de Gregorio, el mismo discurrir de Olías deriva del programa que, a través del tío Félix, le trazó a aquél don Isaías" (García, 1995: 113). Gregorio ha sido objeto de un experimento en el que don Isaías ha ejercido la labor de constructor de una existencia. Tras desengañarse de su proyecto de escribir una "Guía de la Felicidad y del Destino", abandona la observación de Gregorio hasta que algo le llama la atención, coincidiendo con el inicio de la relación con Gil: "Por curiosidad, retomé mis pesquisas. Como si leyese una novela o viese una película" (354). Y obsérvese cómo en la comparación los dos elementos que aparecen están dentro del ámbito de la ficcionalidad.

La seguridad que le proporciona saber que no es un asesino motiva que Gregorio le dé una nueva versión de toda su historia, quedon Isaías no acaba de creerse, para reivindicar su autonomía. Gregorio reconoce que ha mentido, y don Isaías pregunta:

- [...] Pero, ese Gil y tú, ¿habéis conseguido ser felices?

- No lo sé. A veces. Y a veces incluso le he mentido para que sea feliz, pero que conste que en las mentiras había siempre un fondo de verdad.

- Para ser feliz, unas cuantas mentiras es un precio barato (...) Por eso, cuando afirmas que has mentido por una buena causa, debes de tener razón, porque las mentiras sirven precisamente para eso, para tener razón (Landero, 1989: 356-357).

Gregorio decide marcharse de la ciudad y regresar a donde había transcurrido su infancia. "Pensó que entonces, a espaldas ya de todo afán, cerraría el círculo de su existencia y esperaría a la vejez dentro de aquel tiempo definitivamente clausurado" (359). Después de doce días de un penoso viaje, acaba encontrando a Gil cuando ve sobre la puerta de una casa un cartel que anuncia el Círculo Cultural Faroni y entra asombrado. Tras ponerse al día de los últimos avatares de sus respectivas peripecias, mezclando de nuevo Gregorio realidad y ficción, el narrador los deja dispuestos a iniciar juntos una nueva vida en aquel lugar apartado, dedicándose a cultivar la memoria de Faroni.

Realidad y ficción, dentro del mundo de la novela, se mezclan a lo largo de la obra en torno a los dos personajes, Gregorio y Gil, que viven la historia de modo paralelo pero, en el fondo, similar. Gregorio, cuyo sentido familiar del "afán" permanece adormecido durante un largo período de tiempo ("Te sentaste a descansar para siempre en la primera sombra del camino", le dice don Isaías), se despierta al entablar relación con Gil, en parte por piedad, en parte porque le ofrece la oportunidad de vivir sin peligro, ya que no son reales, todas esas aventuras que en su imaginación ansía. La reaparición de su amigo de la adolescencia, que sí ha llevado una vida similar a la que soñaban, acelera el proceso iniciado por Gil: "El malestar que descubrió tras el encuentro con Elicio se le había convertido en un peso oprimente" (Landero, 1989: 99). Sin embargo, cuando esa vidaaventurera comienza a tomar visos de realidad, Gregorio acaba huyendo al territorio de su infancia, donde busca un refugio que lo proteja de las desventuras que el mundo real puede ocasionar. Regresa al campo con la idea de cultivar la tierra, otro motivo que se había repetido en muchas de sus conversaciones con Angelina, su mujer, y allá encuentra a Gil, con el que se dispone a refugiarse lejos del mundanal ruido pero manteniendo su fama de aventurero ante el otro personaje. Solo allí puede recuperar, en parte, su identidad de Gregorio Olías ante Gil, aunque sea como biógrafo de Faroni.

Ninguna de las dos historias, ni la que aparece en el plano de la realidad ni la que pertenece claramente al de la fantasía, son inverosímiles. El oficinista con una vida convencional hasta la náusea y el intelectual de obra desconocida y opositor al régimen son personajes fácilmente identificables con una época de la historia española. La sociedad en la que se mueven Gregorio y Gil, uno en la ciudad y el otro en una zona rural, pertenecen claramente a ese período. La confesión a su mujer por parte del primero de su pertenencia al partido, que identifica inmediatamente con el Partido Comunista ante el horror de ésta, para justificar su marcha de casa tras la llegada de Gil, habla de un momento en el que las actividades políticas sólo podían tener un único sentido en determinadas circunstancias.

Gregorio, protagonista y héroe, huye ante la adversidad, y sin embargo Gil se ofrece al sacrificio para mantener la llama del progreso y el cambio, a pesar de todas las negras perspectivas que le plantea Gregorio si no se marcha de la ciudad. En las dos partes de la historia, la fantástica y la real, está presente esa época concreta de la historia española que el autor ha vivido como adulto. Esta experiencia es la que refleja en su obra, explicando a la vez la permanencia de un régimen político a pesar de los deseos de cambio de una minoría. Porque frente a las actitudes de ambos personajes principales están todos los demás, desde los que se asoman a la calle a ver pasar al General hasta los pueblerinos de los que habla Gil en sus conversaciones telefónicas, y la mujer de Gregorio y su madre. La primera, ante las quejas de Gregorio por el paso del tiempo, define así su idea de la felicidad:

- Yo he sido feliz -dijo Angelina con voz neutra-. No hemos pasado hambre ni hemos estado malos. No ha habido guerras. ¿Qué más quieres entonces? (Landero, 1989: 283).

Ese no querer nada más es lo que define a una sociedad en el fondo conformista, aunque con su imaginación a posteriori creyera desear otras cosas, y de la cual es representante Gregorio Olías, protagonista de la obra. De ese modo Landero recrea ese período, ya que, como indica Alfonso de Toro (1995: 1):

[...] las obras narrativas concretizan algunos aspectos de esta temática [recuerdo vs. olvido] en base a una percepción subjetiva de la realidad de donde se desprenden dos núcleos temáticos, aquel de la "actualización y revalorización de experiencias [...] vividas en la memoria colectiva" que compite con la historia oficial y que proviene de un espacio o paisaje determinado arraigado en la infancia y que actúa como transportador de la memoria colectiva y aquel que impide que esta se pierda en el transcurso del tiempo.

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Artículo de Antonio Ubach Medina. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero16/landero.html CopyLeft
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