



El enfoque crítico, ya enunciado desde la clasificación mencionada en torno a los intereses del conocimiento de Habermas o, desde una concepción de paradigma de acuerdo a lo expresado por Khun, se constituye en referente para reflexionar en torno a la educación, la pedagogía y el currículo en el momento actual. Sin embargo, son los aportes de J. Habermas4 y del profesor Guillermo Hoyos5, los que han posibilitado una adecuada comprensión del sentido de la educación en el momento actual en la medida en que ésta de debe constituir en propósito social de transformación de la civilidad moderna para la creación de una cultura de la tolerancia y del pluralismo, de la solidaridad, del diálogo y de la formación de ciudadanos y ciudadanas, del conocimiento para el progreso y para la inclusión social en un momento de gran convulsión política, social y cultural.
Se puede entonces afirmar, que la educación universitaria como proceso formativo, discursivo, comunicativo y argumentativo se abre a la comprensión con miras al entendimiento basado en el reconocimiento del “otro” como interlocutor válido6, y a la vez, a la búsqueda del entendimiento, acuerdos y consensos mínimos con base en los mejores argumentos, de lo contrario se estará negando su carácter de social y pública, y su naturaleza formativa y simbólica en detrimento de su rol en la sociedad.
Para que desde los presupuestos de la teoría discursiva de la educación, se dé la posibilidad de que en la universidad los procesos formativos se orienten a la conformación de una sociedad civil fortalecida, en la que lo público adquiera su verdadero sentido a partir de la formación de ciudadanos como protagonistas, se requiere que “La razón comunicativa se constituya en metateoría para explicar los diversos tipos de acción y su sentido específico de racionalidad” (HOYOS; 2001:12). Porque la comunicación posibilita el entendimiento y resalta el sentido humano y académico de los procesos formativos.
Es así como en la sociedad del conocimiento, con la denominada mundialización y la revolución científico-tecnológica como fenómenos inherentes a la globalización que caracteriza el momento actual, presentan a la universidad contemporánea del siglo XXI, desafíos en torno a la urgencia de una educación moderna que articule los ideales de la revolución industrial, en cuanto a igualdad de oportunidades inherentes al desarrollo material de la sociedad, con base en la ciencia la técnica y la tecnología; y de la revolución democrática, en cuanto a igualdad de ciudadanía, al desarrollo moral y al progreso cultural de la sociedad7.
Esto obliga al fortalecimiento de lo público como espacio de ejercicio de la ciudadanía y a asumir la responsabilidad que nos compete en la formación de la opinión pública en una sociedad cada vez mas convulsionada por los fenómenos del mercado, por la manipulación del poder político, por la doble moral de las políticas macroeconómicas, por la deshumanización y la pobreza y por las disparidades éticas que día a día observamos; así como la inequidad, el desempleo y las desigualdades de todo orden. Es necesario repensar el sentido de la ciudadanía, de la tolerancia y la solidaridad como valores ético–políticos de la sociedad moderna que a la educación, y en particular a la educación universitaria le corresponde asumir desde los procesos formativos que validen políticamente el desempeño de los ciudadanos en el espacio público.
Debe ser nuestra preocupación dilucidar, si se acepta que el proceso educativo tiene que ver no sólo con el desarrollo económico en una sociedad del mercado y de la competencia producto de una globalización incompleta basada en políticas mercantilistas, o si además es nuestra responsabilidad la formación para la convivencia, destacando la connotación humana, moral, ética y cultural de la educación. En este sentido, la concepción de ciudadanía democrática como parte de la educación universitaria, aporta un enfoque fundamental al concepto de formación para una sociedad en una crisis permanente (HOYOS; 2004:45).
Los grandes problemas mundiales y nacionales contemporáneos manifiestan cada vez más la falta de comprensión entre las personas y la complejidad de los procesos sociales a todos los niveles, intolerancia social y grandes conflictos; ello exige un cambio de mentalidad que permita formar adecuadamente las nuevas generaciones para el diálogo. Al respecto, conviene citar la reflexión hecha por el profesor Kazepides de la Universidad Simon Fraser de Canada8 ( 2004:175) “It is no mere coincidence that the prerequisites of dialogue are also the prerequisites of education and that the principles of dialogue are the foundations of a genuine educational curriculum……Not only is dialogue at the center of all education, it is also the most effective method of teaching the young”.
En consecuencia, el principal desafío que se le presenta a la universidad contemporánea es el de validar, acreditar, el carácter deliberativo y justificatorio inherente a su propia naturaleza pública, de forma que trascienda del aula al campus universitario, y de éste, a toda la comunidad educativa y a la sociedad en general, convirtiéndose en una de las múltiples voces del espacio público–político, en dinamizador de la sociedad civil y en elemento de formación de opinión y voluntad comunes, que erradica el poder coercitivo y la violencia mediante entendimiento íntersubjetivo.
A la Universidad, le compete hacer más eficaz la acción política, desarrollando la capacidad de diálogo y propiciando los espacios que permitan generar discusiones racionales, que posibiliten el entendimiento, para llegar a acuerdos constructivos de benéfico común. Este es el ideal que nos plantea Habermas a través de Acción Comunicativa.
Es evidente que existe una relación muy estrecha entre educación y comunicación, entre el diálogo y la educación humana integral; igualmente, es obvio que el espacio universitario es un ámbito ideal para el diálogo y la argumentación, allí se dan diversas oportunidades de expresar, discutir, compartir y fortalecer o debilitar actitudes, virtudes y hábitos ciudadanos de solidaridad, comprensión, pluralismo, cooperación para lo común y lo público. En este ámbito académico, deliberativo y reflexivo se debe promover la participación a todos los niveles, desde los diferentes roles que cada cual desempeñe, para que cada uno asuma su papel como protagonista del desarrollo de su institución y de su sociedad, en función del fortalecimiento de lo público como bien común, no como espacio, sino como proceso en continua construcción en el horizonte del interés común y de la convivencia ciudadana. “Se trata mas bien, del desarrollo humano como desarrollo de las competencias libertarias de los ciudadanos al cual se debe orientar el proceso educativo” (HOYOS, s.f., p.6).
La pedagogía debe servir como propósito social de transformación de la civilidad moderna para la creación de la cultura del pluralismo, de la solidaridad, de la corresponsabilidad, de la aceptación de las diferencias, del diálogo y de la formación ciudadana; del conocimiento para el progreso, para el desarrollo y para la participación social. Esto plantea la necesidad de asumir la educación como un proceso orientado a la formación para la mayoría de edad, la democracia participativa y la civilidad.
Es imperativo asumir el currículo considerando no sólo la educación para el desarrollo económico sino también la formación para la convivencia y para el fortalecimiento de lo público y de la democracia.
Desde una concepción comunicativa de la educación, estos planteamientos hacen necesario abordar los diferentes procesos de interacción que se generan en el ámbito educativo y, establecer a partir de allí, las estructuras de la comunicación humana, donde la pedagogía se constituye en animadora de la comunicación entre los actores sociales y entre los diversos ámbitos del conocimiento en el proceso educativo como un todo.
Inicialmente, es fundamental que se lleve a cabo la comprensión9, toda comunicación comienza por la comprensión. Es necesario que se comprendan los diferentes agentes y que comprendan lo que dicen y, posteriormente, mediante la argumentación y la discusión se consigue llegar a consensos, disensos y a diferentes formas de identidad y de relación interpersonal.
Los momentos identificados en las estructuras de comunicación desde una concepción discursiva de la educación, basada en el dialogo, la participación y el entendimiento para el bien común se relacionan a continuación:
Se da un primer nivel hermenéutico básico de comprensión de los significados de las proposiciones y de las expresiones mediante una actitud comunicativa de los participantes. Ello exige que:
El educador asuma un rol de participante como ciudadano que se comunica activamente y reconoce en el otro, o en la otra, el interlocutor valido, digno(a) de ser atendido(a) y comprendido(a) (pluralismo razonable). Esta comprensión de sentido es el paso previo para toda investigación y se supedita a la construcción de contextos de participación que abren los problemas sociales en su autentico significado.
El educador, investigador participante en procesos sociales actuales, pasados o futuros descontextualiza su propio mundo de la vida, para poder recontextualizar el mundo en el cual participa como dialogante activo.
El participante renuncia a ver el cosmos solo desde su perspectiva, para ello debe discernir entre su mundo y el mundo de los demás diferenciando el mundo subjetivo, mundo social y mundo objetivo (regiones de mundo), para de esta forma asumir la complejidad del mundo de la vida. Esto se realiza con base en la comunicación que posibilita a su vez, identificar los diferentes discursos en las variadas formas del conocimiento.
A partir de este primer momento, se genera el nivel de validez ontológica de las proposiciones, que se realiza con base en argumentos (razones y motivos), donde, además de la comprensión como paso inicial y necesario, se genera la posibilidad de consensos y disensos con fundamento en tres tipos de pretensiones de validez, de conformidad al tipo de acción que se realice y a la región de mundo donde se lleve a cabo. Entonces, es posible asumir que hay pretensiones de credibilidad, de rectitud y de verdad, en los sujetos capaces de lenguaje y acción a partir de las acciones dramatúrgicas, normativas o teleológicas - instrumentales.
Por último, se identifica un nivel de competencia argumentativa a partir del uso discusivo racional del lenguaje. Se requiere de la discusión racional basada en la argumentación y en la comprensión de razones y motivos; lo que implica, comprender opiniones y puntos de vista de otras culturas, desvelar el por qué, aunque no se este de acuerdo. Lo razonable es reconocer la legitimidad de las razones y motivos que cada cual tienen si se considera a su vez, como razones y motivos que puedan ser validos en otras culturas y otras circunstancias. Esto permite comparar el peso argumentativo de las razones y motivos en los diferentes contextos. Todo lo anterior posibilita la construcción de la propia argumentación teórica del educador o investigador con base en: las propias experiencias, la participación real o virtual en los otros grupos sociales, apoyado indudablemente, en los conocimientos de la disciplina y en los diferentes aportes teóricos generados en las comunidades académicas.
Se estaría presentando una concepción de educación como proceso social de formación de una cultura ciudadana que permite redefinir la problemática de la relación entre educación y cultura como procesos recíprocamente implicados, que posibilitan que el multiculturalismo sea entendido como característica esencial de la sociedad, sin ignorar el peso de las condiciones materiales de la vida y el desarrollo económico, pero haciendo igualmente, énfasis en la urgencia de formar ciudadanos como protagonistas reflejándose lo público y la educación como complementarias y necesarias en la formación.
En consecuencia, la universidad, requiere como condición, para un adecuado desempeño, de un pluralismo cualificado por la permanente discusión y confrontación argumentada entre las diferentes interpretaciones de la realidad contribuyendo al desarrollo institucional. Es inherente a su misión, constituirse en el centro de formación de una nueva cultura política, en la que individuos autónomos, así como partidos, organizaciones y comunidades, puedan exponer y debatir libremente sus respectivos sentidos del bien común con la pretensión de lograr acuerdos racionalmente motivados, técnica y ambientalmente realizables y moralmente aceptables para todos.
En esta perspectiva el currículo universitario debe asumir como su tarea la formación10 de sujetos morales11 a través de procesos que afecten a todos los integrantes de la comunidad educativa; en congruencia con las necesidades y prioridades nacionales y regionales, buscando el fortalecimiento de la sociedad civil en el empeño por la implementación de procesos de formación para la ciudadanía y el fortalecimiento de lo público y de la democracia; esta sería la posibilidad de poner a dialogar, la imagen científica del mundo como fenómeno y su imagen moral; “la libertad de la razón y la causalidad de la naturaleza” (HOYOS y VARGAS,1996 ). Es, según lo plantea Newman, unir en la universidad, lo que originariamente había estado unido, “el deseo intelectual de aprender la verdad y el deseo moral de aprender el deber: Unir razón y fe” (LUQUE; 1995).
|