



Considero que existe un discurso de la ilusión generador de la apariencia, de la no-existencia. La comunicación de masas es su portavoz, su realizador, su moderador. Entendamos a ésta, como hace Baudrillard, no en un sentido de mera explotación mental en su acepción clásica (Baudrillard, 1989). Concibamos en ella procesos de abstracción e ideologización antimediadora. Olvidemos de una vez por todas el aspecto funcionalista del valor social de su uso. Lo que da entidad a los "mass-media" es la capacidad que tienen para anular los intercambios culturales en un espacio de simulación ilusoria de respuestas integradas en el proceso de emisión de las instrucciones-planos que generan. El resultado es la producción de una efectiva unilateralidad en la acción comunicativa mediante la instrumentalización de unos recursos simbólicos conciliadores de todos los niveles políticos, económicos y socio-culturales enfrentados. Es el camino complejo, entrecruzado y dinámico hacia lo que se ha llamado pensamiento único: la función conativa, configuradora y performativa radical de los propios discursos periodísticos, radiofónicos, televisivos, internáuticos.
Quiero dejar claro en qué sentido hago referencia al concepto de pensamiento único. En el debate político virtual que en la actualidad tiene lugar entre las que formalmente se presentan como dos visiones políticas de la realidad bien definidas y opuestas -el neoliberalismo y la social-democracia- no hay nada sustancial que excluya ambas posturas oficiales organizadas en partidos. Éstos son simples clubs de amigos, caminos para alcanzar metas personales homónimas. Y de los sindicatos, ¿qué podríamos decir? La discusión sobre aspectos tales como el estado de bienestar o el intervencionismo estatal en materia económica nos es más que una engañosa escenificación. Ésta forma parte de los entremeses de la representación final de un sistema conciliador y anulador del conflicto ideológico en su acepción moderna. El aparente exceso de la pluralidad es la abolición de la misma, la destrucción de la alternativa, la neutralidad, la complicidad constitutiva práctico-discursiva.
Para ello, como ya adelanté, lo primordial es la búsqueda, la estimulación de esas estructuras básicas del inconsciente colectivo para provocar la respuesta negociada. El abandono real de la reflexión racional da paso al protagonismo omnipresente de los sentimientos, de la emotividad. Es en el nivel de la afectividad donde todo esto opera. Como propone Adrián Huici, el comportamiento informativo de los medios en la "Guerra del Golfo" se basó fundamentalmente en la revitalización, desde nuestros parámetros culturales, del mito. El héroe frente al villano. El reino de la luz contra el imperio del mal, el lado oscuro (Huici, 1991). En esta nueva versión de la Guerra de las Galaxias se hizo evidente el modelo de construcción social de la realidad que padecemos. Pero las líneas discursivas elementales sobre las que se tejió el relato de los acontecimientos me parecen extrapolables a cualquier acto comunicativo de la vida cotidiana. Lo de menos son los aspectos propagandísticos que en un periodo bélico, por tanto, excepcional, afloraron de manera masiva (Pizarroso, 1991). Lo importante es lo que permanece tras la vuelta a la anodina normalidad de nuestra subsistencia perceptiva, invadida de una insoportable levedad.
Llegados a este punto, si se me permite, procederé de manera sumaria y sistemática. Ofertaré un modelo de articulación de los argumentos de carácter económico-social, político y cultural-comunicativo que creo que conforman el mapa simbólico total sobre el que guiamos nuestro efímero paso por la no-existencia en este siglo agonizante. De este modo, será posible ir retomando conjuntamente muchas de las cuestiones que he ido sugiriendo hasta el momento. En resumen, la receta de la gran ilusión contiene estos ingredientes discursivos:
a) En el plano económico-social, resulta incuestionable la exacerbación entusiástica de los beneficios consustanciales de la economía de mercado. Ello se traduce en una apelación continua a la racionalidad de un sistema infalible que subordina discursivamente el concepto de crisis a lo transitorio y lo coyuntural. Ello, a su vez, se ve reforzado por la imposición de los análisis macroeconómicos referidos a los grandes indicadores de crecimiento, en detrimento de la evaluación y balance, siempre prescindible, de las desigualdades reales en el reparto de la riqueza. Por supuesto, el llamamiento, desde una invocación a la responsabilidad del ciudadano -eso le hace sentirse importante-, a la moderación, el conformismo y el sacrificio general constituye la garantía de operatividad de tal actitud.
Así, la insistencia en la irreversibilidad ficticia del concepto de bienestar y el enaltecimiento consagrado del compromiso por la estabilidad social sellan el nunca cuestionable proceso de producción material de la vida (8). No es momento para entrar en detalles. Sin embargo, por aportar un simple ejemplo muy significativo de la manipulación interesada del discurso social, nótese como hoy día el debate sobre la negociación laboral se centra en la idea del reparto del trabajo desde la premisa de la reducción de la jornada laboral. ¿Quién puede dudar que lo que, en realidad, se está planteando es el reparto del paro en su dimensión de elemento estructural de las nuevas formas de proceder de una economía que en su propia lógica orgánica prescinde gradualmente del trabajo humano masivo?
Es asombrosa la capacidad de mutabilidad simuladora de que disfruta el sistema. Voces críticas denuncian la inviabilidad de un modelo productivo competitivo que tiene como consecuencias irremediables el desempleo y la degradación alarmante del medio ambiente. La ilusión permite, en la perspectiva discursiva de un desarrollo sostenible, la elaboración de propuestas comprometidas con la búsqueda de un equilibrio entre el modelo de economía de mercado y la reducción de los riesgos que conlleva. Recientemente, tres autores han publicado "Factor 4". Se trata de un nuevo informe al Club de Roma. En él se propone una diversidad abundante de medidas conducentes a la introducción de fundamentos ecológicos en el sistema productivo considerándolos no sólo compatibles con el desarrollo, sino como estímulos eficaces para el propio crecimiento en función de una rentabilidad multiplicadora. ¿Es posible, realmente, reconvertir los criterios ecológicos, en principio gravosos, en factores de beneficio? Los autores piensan que sí. De ahí la razón de ser de su libro. Su preocupación final es la búsqueda de un consenso internacional que, limando las inconveniencias del libre mercado mundial, evite, por otra parte, tentaciones intervencionistas excesivas que nos puedan llevar al triunfo de nuevos totalitarismos. ¿Es esto factible? Lo siento, pero me parece patético que las últimas palabras de este recetario del bienestar humano que, ante todo, quiere ser conciliador con la lógica del sistema productivo de mercado multinacional, concluya con estas palabras: "En este punto, nuestra crítica de la economía desenfrenada coincide con la concepción moderna de Coase, quien pretende poner coto, mediante la solución negociada, al ejercicio del poder por parte de los monopolios y al saqueo de los recursos. Sin embargo, los interlocutores más importantes no podrán sentarse a la mesa de negociación en una ronda sobre estrategias ecológicas para el futuro: son las futuras generaciones y las especies de animales y plantas de hoy y de mañana que no dominan el lenguaje humano" (A.A.V.V., 1997: 396). Semejante alarde quijotesco no parece tener otro destino real que la cimentación consoladora de la ilusión necesaria en un mundo feliz. Pero, y lo lamento, el mejor de los futuros posibles que puede esperar a este libro es llegar a convertirse, como mero producto de consumo más, en un nuevo título de la lista de los "best sellers". En este caso, en la sección de sueños nobles e imposibles.
b) En el ámbito de lo político, encontramos, paralelamente, el enardecimiento de la bondad intrínseca de la democracia. Esto tiene su materialización discursiva en la reafirmación y legitimación del sistema en su oposición necesaria referencial a modelos históricos enemigos como el fascismo y el totalitarismo soviético. El discurso se cierra en tanto no se puede no ser demócrata. Esto equivaldría a decir que se es fascista o se es estalinista. Este terrorismo mental sobre el sujeto, pues, impide a éste formular el enunciado discursivo: "no soy fascista, no soy estalinista, no soy demócrata" (9). La reiteración del carácter autónomo y soberano del ciudadano, la alabanza del protagonismo de las naciones, la exaltación de los conceptos de seguridad nacional e internacional, la justificación del gobierno como reservado de los más instruidos, la disculpa del inevitable carácter coercitivo y punitivo del estado, la glorificación de su carácter transcendente, etc., son argumentos que se vienen a sumar al núcleo discursivo de la democracia como Bien Absoluto. La finalidad de la historia.
c) Estos elementos del enunciado económico-social y político tienen un dispositivo discursivo de seguridad en la abierta predisposición para la ridiculización de la utopía social y la anteposición de lo posible, lo real. La superioridad de la práctica con respecto a la teoría. De hecho, la actitud caricaturizadora y malintencionada que en ciertos núcleos sociales podrían despertar estos planteamientos críticos no tendría otra respuesta por mi parte que el rechazo enérgico de su complicidad en el "crimen perfecto" (Baudrillard, 1996) (10). Así, la descarga de la relevancia de los hechos concretos, la denuncia de los males del pasado reciente frente a un presente-futuro plenamente prometedor, la transmisión de un moralismo autocomplaciente con lo existente, etc., tienen su proyección en argumentos que van desde la fe en la paz y la concordia mundiales, al elogio de las llamadas misiones de paz y el ensalzamiento del protagonismo internacional de las grandes potencias, pasando por la denuncia de la grave responsabilidad y barbarie de los países tercermundistas. Todo ello para legitimar, una vez lavada la mala conciencia, los crímenes legales contra la humanidad garantizadores de nuestro excelente y deseable modo de vida. Y es que, muerto el viejo enemigo soviético, paradójicamente, este sistema de paz no puede funcionar sin ellos; sin enemigos irreales, por supuesto.
Se hace necesaria, imprescindible para su supervivencia, la fabricación bien diseñada y medida de la amenaza. Como recalca Noam Chomsky, no cabe otra alternativa que buscar a ésta en el mundo subdesarrollado, allá donde, de paso, estén en juego intereses económicos preferentes: Oriente Medio. La lógica de la "guerra fría" se resiste a tocar retirada. Se hace insustituible en los nuevos esquemas de fin de siglo. Estamos ante la confección mitológica de una nueva "guerra fría". Sus comienzos son bien conocidos: la "Guerra del Golfo" (Chomsky, 1996). La victoria del Bien sobre el Mal es, pues, cuasi-definitiva. El maniqueísmo profético del sistema precisa de una cierta provisionalidad sostenida en la lucha por el triunfo decisivo.
Por eso, los tejedores de la política internacional al más alto nivel han de andarse con cuidado a la hora de hacerse copartícipes del aclamado fin de la historia. El discurso sobre el fin del proceso histórico, tras la victoria en la "guerra fría" por la no-comparecencia del contrincante, no puede adoptar un criterio semántico estricto. Más bien, ha de asemejarse al concepto matemático del límite. Entendiendo la historia como una secuencia infinita de magnitudes, la situación que se pretende eternizar debe constituir la magnitud fija a la que se aproximan cada vez más los términos de la secuencia, pero nunca de forma definitiva. Por tanto, hay que estar siempre alerta. Pero, sabemos que mientras dormimos alguien vela por nuestro plácido sueño. El doble destino consumista y tributario de la renta familiar es el precio que pagamos por tan nobles servicios públicos: la cara material de nuestras aspiraciones desorientadas, de nuestra sinrazón existencial.
d) En lo que atañe al ámbito cultural-comunicativo hay que situarse en la perspectiva de un nuevo modo de utilización de lenguaje. Se ha de entender éste como el instrumento esencial a través del cual tiene lugar el proceso de construcción social de la realidad, con la consiguiente estructuración tropológica de los discursos, basados en la metaforización encubridora de sus propios contenidos. Hoy la homogeneización y estatismo de la comunicación verbal se materializa en una apreciable esquematización publicitaria de las formas, en una creciente simplificación del estilo mediante el abuso de las nominalizaciones y la supresión de las matizaciones del verbo y el adjetivo, y en un pragmático reduccionismo gráfico-sonoro de la palabra. Ésta se ve introducida en un proceso de adecuación a las exigencias comunicativas del moderno sistema de supervivencia consumista, lo cual se traduce en una patente cosificación de las ideas y en la conversión de las producciones intelectuales en mercancía-moda.
Como ya indiqué, la reflexión crítica deja paso libre al imperio todopoderoso de la emotividad computerizada, lo que tiene su reflejo en el acceso compulsivo-consumista a los bienes y artefactos culturales. Esto al margen del valor específico de éstos en cuanto formas de pensar la realidad. Estamos ante la derrota del pensamiento. Alain Finkielkraut considera que "la batalla ha sido violenta, pero lo que hoy se denomina comunicación demuestra que el hemisferio no verbal ha acabado por vencerla, el clip ha dominado a la conversación, la sociedad 'ha acabado por volverse adolescente'(2). Y a falta de saber aliviar a las víctimas del hambre, ha encontrado, con motivo de los conciertos para Etiopía, su himno internacional: 'We are the world, we are the children'. Somos el mundo, somos los niños" (Finkielkraut, 1987: 138) (11). Edgar Morin, por otra parte, entiende nuestra época como trágica para el conocimiento por ser trágica para la reflexión. Ésta, sumida en un profundo vacío, es víctima de la degeneración protagonizada por una cultura científica basada en un modelo de conocimiento cuantitativo, manipulador, segmentado y disgregado: "Siendo que la reflexión une un objeto particular con el conjunto del que forma parte, y este conjunto al sujeto que reflexiona, resulta imposible reflexionar sobre los saberes parcelados, divididos en trozos" (Morin, 1992: 73).
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