



Desde la inquietud por el enorme confusionismo ideológico con el que parece cerrarse este siglo, estimo oportuno proponer una serie de reflexiones convergentes acerca de la dimensión cultural de nuestra "sociedad post-industrial" (1). Cuando unos ya han proclamado con entusiasmo el fin de la historia y el advenimiento de un nuevo orden mundial pretendidamente concluyente, otros presienten con cierto desasosiego que el curso de la historia parece haber perdido las referencias modernas que lo habían puesto en marcha. En el primer polo se sitúa la obra oficialista de Francis Fukuyama, cuya tesis fundamental se centra en la convicción de que el proceso de devenir dialéctico de la realidad ha culminado, de forma definitiva, en una adecuación total con lo "Absoluto", la "Idea", la "Razón". Dicho de otro modo, la historia parece haber alcanzado su máximo punto de realización y perfeccionamiento posible, por lo que ya no le queda ninguna misión ulterior que cumplir. Esto se entiende como la victoria incontestable del moderno sistema de supervivencia post-industrial consumista, amparado en las bondades inmanentes de la democracia. El mejor de los tiempos posibles en el marco de una completa afirmación del proyecto humano universal de riqueza humana, bienestar social, libertad política e identidad cultural (Fukuyama, 1992).
Por el otro extremo, valoro el alcance crítico de la postura de Baudrillard, el cual denuncia la paralización del proyecto histórico desde su propio agotamiento, desde su imposibilidad de seguir siendo tal. En "La ilusión del fin" argumenta: "Pero si ya no hay futuro, tampoco hay fin. 'Por lo tanto ni siquiera se trata del fin de la historia'. Estamos ante un proceso paradójico de reversión, ante un efecto reversivo de la modernidad que, habiendo alcanzado su límite especulativo y extrapolado todos sus desarrollos virtuales, se desintegra en sus elementos simples según un proceso catastrófico de recurrencia y de turbulencia" (Baudrillard, 1995: 24). Para profundizar en una clarificación articuladora de esta doble perspectiva, considero necesario, de entrada, partir de las premisas fundamentales sobre la que hoy se tienden a estructurar las formas de pensar la realidad.
Hace décadas que el pensamiento sobre lo social, atravesado por ese fenómeno que se denominó "giro lingüístico", se viene proyectando desde la óptica del análisis de la realidad como producto cultural, como conjunto de procesos de significación intersubjetiva de las actividades humanas. Entendiendo la realidad como el resultado de la construcción social de la misma a través de los patrones lingüísticos-simbólicos que permiten aprehenderla como tal, ésta no constituye, pues, sino un artificio humano sobre "lo real" en tanto algo natural, indefinido; tan insoportable como inaprensible para el hombre. Su objetivo, por tanto, es la construcción de los caminos bien dirigidos sobre los que hacer viable la conducción del comportamiento humano por el laberinto vital. Así, no queda otra alternativa que tratar el problema de la realidad en su doble carácter de "realidad real", socialmente ineficaz, y "realidad cultural" como liberación socio-histórica concreta del potencial semántico de aquélla en forma de conjuntos de entidades sociales integradas dotadas de pleno sentido.
Para Edgar Morin "el conocimiento humano está gobernado por un poli-logicial, constituido por la combinación compleja (complementaria, concurrente, antagonista) de un cuasi-logicial sociocultural. Es decir, que no sólo el logicial cultural le es necesario al cerebro humano y que los logiciales cerebrales le son necesarios a la cultura, sino también que las condiciones socio-culturales del conocimiento no sólo actúan como determinaciones externas que limitan y orientan el conocimiento, sino también como potencias internas inherentes a todo conocimiento" (Morin, 1994: 253). El incuestionable trasfondo fenomenológico que hoy guía la reflexión en el marco de una filosofía antropológica posmoderna ha de ser, por consiguiente, el marco donde he de situar las valoraciones críticas que serán el objeto de mi esfuerzo especulativo. Ante la necesidad de penetrar en este sombrío panorama, he de advertir que, quizá, como indica Jeanniére, el exceso de sentido de la realidad presente, en el plano de aceleración de la historia en tanto proceso acumulativo exponencial de los acontecimientos, provoca una inevitable multiplicidad de lecturas y explica, por consiguiente, la indisposición de modelos eficaces de representación de la realidad. Esto tiene su reflejo en la inadecuación de los antiguos objetos simbólicos que han estructurado nuestra experiencia vital (Jeanniére, 1979). Sería necesario considerar esta idea con el objeto de comprender, mediante la paradoja, la operatividad real que tienen los códigos simbólicos que de hecho atrapan la realidad social actual en su especificidad histórica.
"Fin de la historia", "después del comunismo", "nuevo orden mundial", "sociedad global", "poder diluido", "sociedad red", etc; estos y otros conceptos semejantes se elevan hoy día a la cima de la designación simbólica de nuestro mundo, un mundo que pareciera tener carácter terminal desde todas las posiciones, críticas y complacientes. Pretendo penetrar en la compleja trama socio-cultural y política desde algún ángulo discursivo. Ante la diversidad de enfoques con los que podríamos plantear el problema, y con una mera intención instrumental-metodológica, afrontaré el mismo, para empezar, desde un punto de vista que puede ser válido. Me refiero al problema de la definición conceptual de las relaciones de poder en el seno de la estructura de lo que podríamos llamar capitalismo internacional democrático-totalitario. Aclaro que por poder entiendo, en un sentido amplio, la capacidad de provocar en el "otro" un determinado comportamiento o actitud que responda a ciertas expectativas de quien lo ejerce: la estimulación efectiva de una interferencia en la voluntad y aptitud autodeterminativa del sujeto-objeto sobre el que recae dicha acción.
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