



Este cuento-fábula de Borges podría entenderse también como una breve historia de la concepción del poema en Occidente. El primer poema estaría vinculado al género épico, el segundo poema aludiría más bien al género dramático y el tercero sería una identificación con lo lírico puro, con el Absoluto Estético, que va más allá de todo lenguaje, que es esencia inefable, infinita, inabarcable en un sistema de signos lineal como es el lenguaje, siempre arbitrario con respecto a la realidad que tiene muchas más dimensiones, que es múltiple, diversa, simultánea.
La misión del arte no sería otra que la de revelar la relación entre el hombre y el universo que lo circunda. Para los griegos el poeta era aquel capaz de "revelar"; aunque sabemos que Platón tenía una idea muy distinta.
El poeta de la fábula de Borges estaría moviéndose dentro del ámbito de las apariencias, de la "doxa", cuando declama con mucha seguridad la primera oda. Porque la descripción puntual y lineal de lo observable no agota la realidad. El lenguaje crea una apariencia de realidad que es una parte mínima de todo lo existente. El lenguaje, pues no dice suficientemente, desde que es una creación humana, y por tanto limitada.
Borges es un escéptico, si es posible enmarcarlo dentro de alguna postura. Cree que el ser humano no está en condiciones de entender la infinita complejidad del universo, que todos nuestros conocimientos son relativos, discutibles, que toda verdad lleva en sí su propia contradicción. La constatación de lo relativo le lleva a Borges a admirar el itinerario del hombre en su imposible afán por buscar el conocimiento, es decir la episteme. Para Borges, el ámbito de la irrealidad se confunde con el de la realidad, el sueño puede ser la vigilia, y los seres humanos meras apariencias, sombras, como en "Las ruinas circulares", el mundo en general producto de un dios lúdico, que ha construído un universo laberíntico y caótico.
Puede resultar paradójico que precisamente Borges, creador de una prosa tan hermosa como precisa e impecable, poseedor de una visión del mundo amplia y lúcida, sea un escéptico con respecto al lenguaje, al tiempo, a la existencia misma de la realidad, etc. Citaré varias líneas de Borges, que graficarán esta afirmación.
"Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro.” (p. 120)
Con un lirismo extraordinario, Borges nos regala estas líneas:
“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata; pero yo soy el río; es un tigre que me destroza; pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume; pero yo soy el fuego. El mundo desgraciadamente es real; yo, desgraciadamente, soy Borges".
(En Otras Inquisiciones, p. 220)
Borges, a través de sus obras nos manifiesta la dificultad de interpretar una realidad que se nos escapa y el "deseo de mostrar con humildad lo precario de nuestro conocer".
Según Borges, el hecho de que una sola palabra pueda manifestar experiencias distintas resalta la pobreza del lenguaje en toda su magnitud.
"...Como se ve, ni éste (Spinoza) con su metafísica geometrizada, ni aquél (Lulio) con su alfabeto traducible en palabras y éstas en oraciones, consiguió eludir el lenguaje. Ambos alimentaron de él sus sistemas. Sólo pueden soslayarlo los ángeles que conversan por especies inteligibles; es decir por representaciones directas y sin misterio alguno verbal. Y nosotros los nunca ángeles, los verbales, los que en este bajo, relativo suelo escribimos, los que sotepensamos que ascender a letras de molde es la máxima realidad de las experiencias?
Que la resignación -virtud a que debemos resignarnos- sea con nosotros. Ella sería nuestro destino; hacernos a la sintaxis, a su concatenación traicionera, a la imprecisión, a los tal veces, a los demasiados énfasis, a los peros, al hemisferio de mentira y de sombra en nuestro decir".
(Borges, El idioma de los argentinos, pp. 26-27)
Como señala Alazraki, en su libro La prosa narrativa de Jorge Luis Borges: "La realidad procede por hechos y es inasible, la literatura procede por el lenguaje y es convencional". La inaprehensibilidad de la realidad condiciona y limita las posibilidades del arte reduciéndolo a una mera representación o mímesis. Las realidades que subyacen en los cuentos de Borges, son un sistema de símbolos. El símbolo intenta aprehender la idea que está en el fenómeno y por eso tiene un carácter de revelación. Borges confiere a lo concreto una mayor intensidad al enmarcarlo dentro de la perspectiva de lo genérico. Así el Rey de Irlanda, es un rey en particular cuyo nombre no se menciona, no está individualizado; el poeta representa a todos los poetas. Los personajes de Borges en este relato son arquetipos platónicos; se explican genéricamente. Según Bioy Casares, las fantasías de Borges son “fantasías metafísicas”. La metafísica será el intento de conceptualizar la idea abstrayéndola de su efecto, del fenómeno. El laberinto; símbolo dentro del símbolo, es la explicación más aproximada a la visión de mundo que tiene Borges.
"¿Por qué no crear una palabra, una sola, para la percepción conjunta de los cencerros insistiendo en la tarde y la puesta de sol en la lejanía ? ¿Por qué no inventar otra para el ruinoso y amenazador ademán que muestran en la madrugada las calles?
...¿Y otra para la inconfidencia con nosotros mismos después de una vileza ? "
("El tamaño de mi esperanza", pp. 48-49. Ed. Proa, Buenos Aires, 1926)
Definiendo el 'clásico literario', Borges ha escrito en el ensayo "El primer Wells":
"La obra que perdura es siempre capaz de una infinita y plástica ambigüedad; es todo para todos, como el Apóstol; es un espejo que declara los rasgos del lector y es también un mapa del mundo. Ello debe ocurrir además de un modo evanescente y modesto, casi a despecho del autor; éste debe aparecer ignorante de todo simbolismo".
(Otras Inquisiciones, Ed. Emecé, Buenos Aires, 1964, p.162)
Y en El Informe de Brodie, nos recuerda Borges:
"Cada lenguaje es una tradición, cada palabra un símbolo compartido, es baladí lo que un innovador es capaz de alterar; recordemos la obra espléndida pero no pocas veces ilegible de un Mallarmé o de un Joyce".
(En el prólogo de El Informe de Brodie; Ed. Emecé, Buenos Aires, 1970, p. 10)
Según Borges, hay que “sentir” las palabras para de alguna manera ganarnos el derecho a usarlas:
"La variedad de palabras es otro error. Todos los preceptivistas la recomiendan, pienso que con ninguna verdad. Pienso que las palabras hay que conquistarlas, viviéndolas, y que la aparente publicidad que el diccionario les regala es una falsía. Que nadie se anima a escribir suburbio sin haber caminoteado largamente por sus veredas altas; sin haberlo deseado y padecido como a una novia; sin haber sentido sus tapias, sus campitos, sus lunas a la vuelta de un almacén; como una generosidad... Yo he conquistado ya mi pobreza, yo he reconocido, entre miles, las nueve o diez palabras que se llevan bien con mi corazón; yo he escrito más de un libro para poder escribir acaso una página.
La página justificativa, la que sea abreviatura de mi destino, laque sólo escucharán tal vez los ángeles censores cuando suene el juicio final".
(Inquisiciones, p. 153)
En otras líneas Borges se refiere de manera optimista a las posibilidades expresivas del lenguaje:
"Yo personalmente, creo en la riqueza del castellano pero juzgo que no hemos de guardarla en haragana inmovilidad, sino multiplicarla hasta lo infinito. Cualquier léxico es perfectible y voy a probarlo. El mundo aparencial es un tropel de percepciones barajadas. Una visión de cielo agreste, ese olor como de resignación que alientan los campos, la acrimonia gustosa del tabaco enardeciendo la garganta, el viento largo flagelando nuestro camino, y la sumisa rectitud de un bastón ofreciéndose a nuestros dedos, caben aunados en cualquier conciencia, de golpe. El lenguaje es un ordenamiento eficaz de esa enigmática abundancia del mundo. Dicho sea con otras palabras: Los sustantivos se los inventamos a la realidad. Palpamos una realidad, vemos un montoncito de luz color de madrugada, un cosquilleo nos alegra la boca, y mentimos que esas tres cosas heterogéneas son una sola y que se llama naranja. La luna misma es una ficción, fuera de convenciones astronómicas que no deben atarearnos aquí, no hay semejanza alguna entre el redondel amarillo que ahora está alzándose con claridad sobre el paredón de la Recoleta, y la tajadita rosada que vi en el cielo de la Plaza de Mayo, hace muchas noches. Todo sustantivo es abreviatura.
(En El tamaño de mi esperanza, pp. 45-46)
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