Si hay un elemento característico de la Posmodernidad es la definición de nuestro universo como simbólico. Definirlo como simbólico implica reconocer su carácter discursivo, por un lado, y constructivo por otro. Discurso y construcción son los dos ejes de un proceso continuo: nuestro universo es simbólico porque está construido por discursos.
A nuestra naturaleza biológica hemos superpuesto una capa cultural que nos envuelve determinando nuestras posiciones y relaciones. Naturaleza y Cultura son los dos campos en los que nos movemos. La Cultura es lo que hemos producido como especie y esa producción es el filtro a través del cual contemplamos la Naturaleza y, especialmente, nuestra propia naturaleza. Como seres simbólicos (semióticos, si se prefiere) no nos limitamos a vivir, sino que reflexionamos sobre nuestra existencia y para hacerlo utilizamos el filtro del Lenguaje.
El ser humano es el único animal que define y se define. “Definir” pasa a ser el elemento decisivo en el establecimiento de este universo simbólico en el que nos movemos. Y “definir” es, precisamente, la capacidad de reducir a discurso la naturaleza y generar una nueva naturaleza, que ya no es natural, sino cultural y social. Este proceso discursivo supone la conversión/traducción de lo que simplemente es a un sistema relativo de valores y símbolos. “Definir” pasa a ser, entonces, un acto político en toda su dimensión, puesto que determina las nuevas posiciones en el sistema. “Definir” es la actividad primera del ejercicio del poder.
Hay muchos tipos de poder. Estamos acostumbrados a la personalización del poder, a ponerle rostro, pero el poder es un elemento mucho más complejo. Concebir el poder como discurso, supone que para manifestarse no necesita de una voluntad, sino que le basta una cierta forma de inercia, la que acumula en nuestra Cultura, creándonos un contexto que es medio. Esto significa algo importante: que no solo usamos el poder, sino que el poder nos usa, que vivimos insertados en él a través de la Cultura. Nuestras acciones, nuestras palabras son prolongaciones de ese poder originario, primordial que actúa no sobre nosotros, sino a través de nosotros.
No es extraño que, una vez descubierto esto, gran parte del análisis contemporáneo en muchos campos se haya concentrado en el poder de los discursos y los símbolos, en cómo esos discursos se insertan en otros discursos que, poco a poco, camuflan su origen y se presentan como naturales.
El sistema cultural resultante es un entramado complejo cuyo fondo está constituido por una serie de relaciones primarias de las que se derivan el resto. Hanna Arendt señaló que cuando Platón y Aristóteles concibieron sus modelos políticos “tuvieron que basarse en ejemplos de relaciones humanas tomados del gobierno doméstico y de la vida familiar de Grecia donde el jefe de familia hacía las veces de «déspota», con un dominio indiscutido sobre los miembros de su familia y los esclavos de la casa”.1
Así, durante siglos, muchas estructuras de poder se han presentado como herederas de una forma natural: la familia. De las relaciones de poder entre sus miembros se ha derivado ese carácter natural sobre el que se han sostenido dioses y reyes. Los dioses de la mayor parte de las religiones constituyen familias y su historia es la de sus disputas por el poder. Los dioses pueden establecer sus linajes a través de los humanos, ya sean como pueblos completos, descendientes de alguna divinidad o a través de algunos héroes que derivan su grandeza de la conexión familiar. En las religiones monoteístas, los seres humanos pasan directamente a ser hijos del Dios-Padre creador, lo que nos convierte a todos en “hermanos” e hijos eternos. Los reyes, por su parte, también han cumplido esa misma función paternal sobre los pueblos, basando su autoridad, reflejo y transmisión de la divina, en el mismo tipo de relaciones.
Obsérvese el doble movimiento del que estamos hablando, la circularidad del caso: los modelos familiares se proyectan sobre la divinidad/religión y el estado para después recibir desde la autoridad de ambos su ratificación. Es decir, el modelo familiar sirve para crear las instituciones y las instituciones refuerzan el modelo patriarcal. El Padre se proyecta sobre el Dios-Padre y el Dios-Padre-Estado ratifica la autoridad del Patriarcado. Si lo pensamos bien, no podía ser de otra manera; o, mejor aún, es la manera más eficaz de alcanzar el propósito deseado: la dominación, el mantenimiento de la autoridad y el poder. La sociedad patriarcal, independientemente de su localización geográfica o temporal, ha sido patriarcal precisamente por esta triple relación de apoyo mutuo: Dios, Rey, Padre.
El núcleo, por lo tanto, de toda argumentación debe buscarse en el interior de las relaciones familiares, en sus estructuras y funcionamiento. Como dijimos al principio, esta estructura relacional se transmite/repite en el tiempo, demostrándose más resistente que las políticas y las religiosas, que se han visto modificadas en diverso grado: más las políticas, menos las religiosas, en función de qué religión estemos hablando.
De toda esta relación, la gran perjudicada es la mujer. La figura autoritaria del “Padre” lo es a costa de los demás elementos de la familia: la esposa y los hijos. Los hijos varones crecen y pasan a ser depositarios de ese poder. La situación de la mujer, en cambio, no se modifica o lo hace apenas. Si sale de la casa paterna, lo hace para entrar en la del nuevo padre-marido o si no, como se solía decir, para sumirse en la perdición, forma de infierno en vida.
Estos elementos analizados son característicos de lo que se ha dado en llamar crítica a la Sociedad Patriarcal o simplemente al Patriarcado. Nuestra sociedad occidental, que ha avanzado más que otras en este sentido, gracias al esfuerzo sobre todo de muchas mujeres, manifiesta todavía esta estructura -en crisis, es cierto-, pero que se manifiesta a través de distintas formas de discriminación, violencias domésticas, etc. Las noticias que nos llegan desde otros espacios culturales sobre lapidaciones, encierros, prácticas aberrantes para la mujer, etc. nos hacen tomar conciencia tanto de lo que se ha recorrido como de lo que queda por recorrer.
Mi interés aquí es tratar de explicar por qué en ciertas autoras literarias, poetas, para ser más precisos, se ha retomado la figura de una Gorgona, Medusa, en concreto, para reivindicar la nueva condición del sujeto femenino. Este caso debe incluirse entre aquellos otros intentos que, desde distintos frentes artísticos, se han propuesto para realizar un desenmascaramiento de los mecanismos culturales. Es decir, aquello que apuntamos anteriormente: cómo los elementos culturales, especialmente los simbólicos por excelencia, son portadores, en este caso, del patriarcado o de su cultura. En una interpretación radical y extrema de la Cultura, podríamos entender que el conjunto de los discursos y formas simbólicas estarían cumpliendo una función de sostenimiento del orden a través, cada uno de ellos, de su propio campo. Esto nos lleva a un enfoque multifuncional de los objetos simbólicos: en un nivel específico cumplen el objetivo primario para el que han sido creados, pero en un segundo nivel, en la medida en que se insertan en la tradición, cumplen un objetivo general de sostenimiento del discurso y las estructuras patriarcales. Piénsese que este tipo de acusación es muy frecuente, por ejemplo, en ciertos anuncios publicitarios, películas, etc. que son denunciados por sus mensajes subyacentes. En muchos casos, ni los mismos autores son conscientes de ese segundo efecto cultural de refuerzo que su creación transmite.
En este sentido, la poesía de la que hablamos se plantea una función similar: una deconstrucción del sentido subyacente de determinadas formas culturales que han constituido el acerbo simbólico, narrativo y poético, occidental, ya sea a través de los mitos grecolatinos o de los cuentos populares, leyendas, etc.