Retomando la pregunta objetivo de este trabajo -por qué Medusa-, nos encontramos con que la obra de ciertas autoras asume la figura de lo horrendo como una forma emblemática de la condición de mujer. Mi interés por esta cuestión surgió con motivo de la escritura de una introducción para la antología de la poeta canaria Tina Suárez Rojas en la que la figura de la Gorgona juega un papel fundamental que orienta su producción poética. Tendremos ocasión más delante de referirnos a esta autora y su obra.
La idea general que manejaremos es que la búsqueda de una escritura propia puede realizarse desde la cultura existente si se introducen los elementos necesarios para llevar a cabo la anulación de los principios subyacentes, es decir, los patriarcales.
Para comprender este proceso de reconstrucción simbólica es mejor tratar de descomponerlo en los diferentes elementos estructurales que lo constituyen. Extraeremos sus principales componentes para ver su articulación.
1.- Lo horrendo.
En primer lugar, lo horrendo funciona como una marca de exclusión en sí misma. En un sistema simbólico, lo exterior y lo interior pueden ser intercambiables, lo uno es reflejo del otro; es decir, lo horrendo, elemento externo, representa lo interior. La gorgona Medusa representa aquello cuya sola contemplación produce la muerte.
En cuanto mecanismo de marca, lo horrendo es el resultado de una sanción externa: lo horrendo es horrendo a los ojos de los otros. Es una consideración de aquellos que apuntan primero para después retirar la mirada. Lo horrendo es el mal que causa el mal, aquello de lo que es necesario estar prevenido, la amenaza permanente.
2.- El combate masculino-femenino.
Otro aspecto importante constituyente del mito es su carácter agonístico. Lo horrendo es el elemento con el que hay que combatir. El héroe, Perseo, adquiere precisamente esa dimensión mediante la realización de un acto que resulte grandioso: la muerte de la gorgona Medusa. Asistido por los dioses Hermes y Atenea, Perseo, invisible gracias al casco de Hades, logra cortar la cabeza de Medusa con una hoz de hierro y huir con su trofeo, perseguido inútilmente por sus hermanas.
Resulta interesante la confluencia de apoyos en la tarea de Perseo. El héroe no está solo, sino que toda una serie de fuerzas de las divinidades se ponen a su lado para ayudarle a realizar su objetivo. Tenemos dos elementos importantes: a) el escudo pulido que, sostenido por Atenea, sirve de espejo y devuelve la terrorífica y paralizante mirada de Medusa; y b) la invisibilidad de Perseo gracias al casco de Hades. Gracias a estos dos elementos, Perseo puede vencer a Medusa.
Si nos damos cuenta, Medusa no muere en combate a manos de Perseo, sino por el efecto mortal de su propia imagen. Al igual que los otros pueden ser víctimas de su mirada, Medusa muere al contemplarse en el espejo. El arma letal es ella misma. El hecho de decapitarla ya no tiene más función que cumplir el compromiso realizado al rey Polidectes; la cabeza no tiene más que un valor de prueba. Es, pues, la astucia del héroe masculino la que acaba con el ser horrendo femenino.
Resumiendo estos elementos, tenemos un hombre invisible que actúa sobre el monstruo femenino matándola con su propia imagen especular.
Creo que la comprensión de estos elementos nos ayuda bastante para encontrar la respuesta a la pregunta que nos planteábamos: ¿por qué asumir la posición de Medusa desde una poesía de mujeres?
La explicación hay que elaborarla teniendo en cuenta que la representación femenina y de lo femenino ha sido desarrollada desde el presupuesto contrario: una belleza/virtud idealizada, platónica, de origen patriarcal, que la aleja de sí misma. El ideal poético femenino representa justo lo contrario de lo que Medusa representaba. Con sus versos, con sus poemas, con sus metáforas... los poetas han idealizado a la mujer y, a la vez, han construido una representación cultural que construye un sistema, un marco referencial. Es este marco referencial el que es rechazado, esta posición relativa la que se niega.
El que las mujeres abandonen el papel que los hombres tradicionalmente les han asignado y se dirijan hasta el extremo contrario debe ser analizado con cierto detalle. Cuando se asume la posición de Medusa se está produciendo un rechazo de la construcción poética tradicional de lo femenino en la medida en que se entiende como falsa, es decir, una posición que no representa a la mujer, sino la idealización que los hombres han realizado para ellas.
Las mujeres que aparecen en la tradición poética2, quieren decirnos estas autoras, no somos nosotras; son imaginaciones vuestras. Pero esas mujeres imaginarias no son meras idealizaciones; son el resultado del sistema patriarcal. Son, además, modelos: modelos de belleza, modelos de virtud, modelos de comportamiento... Es a través de estos modelos como se crea el sistema posicional de la cultura. Por un lado las idealizaciones positivas; por el otro la concentración de los elementos negativos en la categoría de lo horrendo, el lado de Medusa.
Asumir la posición de Medusa, de la Gorgona, es resistirse a ser idealizada, primero, y negarse a seguir ese comportamiento derivado del ideal. El camino de Medusa es, pues, el camino de la mujer que busca ser mujer desde sus propios planteamientos, resistiéndose a ser dirigida y colocada. Medusa es, entonces, un lugar simbólico: una toma de posición y un punto de partida.
Situándose en ese espacio, la mujer asume que los elementos que constituían lo horrendo de su condición solo lo eran desde la perspectiva patriarcal. Se trata, pues, de bucear en lo que ha sido negado, en lo que se ha sido sancionado desde las normas socio-culturales.
El temor a ser Medusa, a estar en el lado de lo horrendo, se pierde y se convierte en motivo de indagación, de búsqueda de la propia identidad. Recordemos que el problema de la identidad femenina es constante en toda la reflexión crítica realizada por mujeres en los últimos dos siglos. La cuestión de desde qué punto pensarse, culturalmente hablando, ha sido central en cualquier reflexión al constatar que los lugares posibles eran lugares ajenos. La situación que se plantea es cómo generar un lenguaje, una teoría, un método, etc. propios, algo que pueda dar un resultado no sesgado. Se comprende, entonces, que el problema mismo de la escritura haya estado en el centro de la reflexión feminista desde hace décadas: ¿cómo escribirme, cómo describirme sin utilizar el aparato discursivo que me desfigura?
Una de las fórmulas elegidas para esto es, precisamente, la deconstrucción de los mitos y figuras constitutivas de nuestra tradición occidental. Medusa es un caso, pero no el único. Podemos citar, como ejemplo, los casos de la canadiense Margaret Atwood, en su poema Eurídice, en el que la protagonista dice sentirse mejor en el infierno y no necesitar que Orfeo vaya a rescatarla; o el caso también de la británica Angela Carter, con sus revisiones de cuentos populares, como Caperucita Roja, que reinterpreta con “En compañía de lobos”, texto que dio lugar a la celebrada película del irlandés Neil Jordan.3
En todos estos casos, el material original -ya sean mitos, cuentos populares o cualquier otra forma literaria- es sometido a una labor deconstructiva dejando al descubierto el funcionamiento simbólico de los mecanismos patriarcales. De esta forma, la corriente crítica se distancia de la tradición asumiéndola y negándola en un mismo movimiento.