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Rojo y verde - Rojo y verde (V)

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CopyLeft Artículo de Francisco Fernández Buey - 13 de Diciembre de 2005
Temas Relacionados: Asociación y sindicatosConflictos
5. Rojo y verde (V)
Precisamente porque cambiar los hábitos de consumo en sectores ya muy amplios de las poblaciones europeas, norteamericanas o japonesas no es cosa de un día, ni de un decreto político, ni parece moralmente defendible que eso tenga que hacerse por la vía autoritaria, los partidarios de políticas económicas y ecológicas alternativas, rojiverdes, no deberían dejarse coger en la demagógica pregunta con la cual los poderes establecidos suelen poner hoy a las poblaciones entre la espada y la pared: o sea, ante la pregunta que induce a elegir entre mantener la dominación existente, "la verdadera soberana", que dice Ferlosio, y el diluvio universal.

Cierto: no hay alternativa a la vista (en el sentido singular e inmediatista que los poderes establecidos quieren dar a su provocación); a corto plazo no hay alternativa al sistema de producción y consumo dominantes. Independientemente de lo que se piense de lo que se presentó como alternativa entre 1917 y 1990 en el ámbito económico-social, hoy es evidente que no lo era desde la perspectiva medioambiental y que, por tanto, no se puede reproponer como tal.

Pero hay, sí, alternativas imaginadas o en construcción para aspectos concretos y definidos de la problemática general; alternativas que apuntan ya hacia otra forma de producir, de consumir, de vivir. Las propuestas son suficientemente conocidas y no me voy a detener en ellas aquí. Sí que querría apuntar, en cambio, una cuestión previa: la diferencia de prioridades sobre el ámbito socioeconómico y medioambiental entre las principales organizaciones con realidad social en nuestro mundo, los sindicatos y los movimientos verdes.

En la superación de las reticencias y prejuicios aún instalados en los sindicatos sobre la problemática mediomabiental tiene mucha importancia la forma en que sean abordados y tratados estos temas.

En mi opinión, lo que cumple es mostrar precisamente hasta qué punto los temas y problemas cotidianos que preocupan y hasta angustian a los trabajadores tienen, todos ellos, implicaciones más generales cuyo análisis es a menudo de importancia decisiva para tomar decisiones que luego inspiran la acción sindical. Estoy pensando en problemas cotidianamente vividos por los trabajadores y por lo general hoy relegados en los principales medios de comunicación de la sociedad del espectáculo: salud laboral y prevención ante la cada vez mayor presencia de sustancias tóxicas en el entorno, vivienda digna, control de calidad de los alimentos, transporte público confortable, gestión de las aguas, eliminación de residuos industriales y urbanos, prevención de catástrofes derivada de la intervención y manipulación técnica del entorno natural, etc.

La general aceptación del "espectáculo" generado por los principales medios de comunicación, que mezcla indiscriminadamente todos los días verborrea sobre el terrorismo, jeremiadas victimistas o declaraciones prepotentes sobre las esencias identitarias, trivialidades sobre la forma de vida de los famosos y glorificación de las nuevas y viejas sustancias opiaceas para el pueblo, acaba convirtiéndose en una tela de araña que oculta las necesidades básicas de las gentes de abajo, produce perplejidad en los de en medio y desvía las pasiones de los trabajadores hacia árboles pintados o virtuales que impiden ver el bosque real de la producción y del consumo.

A ello están contribuyendo de la manera más descarada economistas que afirman por la noche que sobre lo económico no se puede predecir nada pero que predicen todos los días, cínicamente, que mañana seguirá habiendo lo que hay hoy, es decir, el mismo engaño, la misma mentira sobre la economía "virtual" y sobre la economía "real" de un capitalismo supuestamente "popular" y que se limitan a contemplar las catástrofes y hasta el riesgo de guerra (incluido el de la "guerra preventiva" que ahora amenaza a la humanidad) como una simple variable económica más en la recuperación de la tasas de crecimiento.

En esa situación cualquier pensamiento razonable rojiverde que quiera hablar en serio de alternativas tendría que invertir desde ahora mismo el orden de las prioridades imperante sobre los problemas a tratar:

Donde reina el chafardeo sobre las mansiones en las que se refocilan los famosos tendría que imponer la prioridad del problema de una vivienda digna para los de abajo, empezando por exigir responsabilidades por lo que ha significado, en este país, la Ley Boyer.

Donde reina la politiquería sobre las responsabilidades de los partidos políticos de la alternancia en las catástrofes ecológicas derivadas de la intervención del factor humano debería imponer la crítica de la degradación mercantilista de la tecnociencia, la ciencia con conciencia de las derivaciones catastróficas del uso indiscriminado de las energías no renovables, empezando por el petróleo.

Donde reina la publicidad alienadora sobre cualquier tipo de consumo debería imponer la exigencia de una alimentación digna y sana para los que están en el umbral del hambre y del control de los alimentos consumidos para todos.

Donde reinan las jeremiadas de los "hunos" y las prepotencias identitarias de los "hotros" debería plantar la pregunta, tan vieja como nueva, sobre a quién y a quiénes han beneficiado y benefician las manipulaciones de los hechos diferenciales y de las esencias patrias en un mundo globalizado.

Donde reinan los opiaceos deportivos (que se comen ya la mitad de los telediarios y una cuarta parte de los diarios) debería exigir la sustitución de esos espacios por otros dedicados a tratar, con conocimiento de causa, la cuestión social y a la cuestión medioambiental.

La inversión de las prioridades obliga a relacionar dos tipos de debates y preocupaciones que hasta el momento parecen discurrir por vías paralelas que nunca llegan a encontrarse: el debate sobre el tipo de negociación colectiva, sobre el monto de las pensiones no contributivas, sobre los problemas de la salud laboral, sobre la reforma del mercado de trabajo y los problemas de la inmigración, de un lado, y el debate sobre el tipo de desarrollo sustentable en la época de la crisis ecológica, sobre el reparto del trabajo en la época del desempleo estructural, sobre la dimensión europea y mundial de la acción sindical en la época de la globalización de la economía, de otro lado.

A la hora de hallar un equilibrio en el tratamiento de temas como los mencionados y orientar la acción sindical en una dirección mundialista, medio-ambientalista y renovadamente igualitaria se presentan problemas metodológicos que no son irrelevantes para la práctica.

Desde luego, como he dicho antes, hay que superar todavía las mutuas incomprensiones que han atenazado durante mucho tiempo a sindicalistas y ecologistas (no sólo a ellos: a sindicalistas y feministas, a sindicalistas y activistas de organizaciones mundialistas no gubernamentales). Algo se ha hecho en los sindicatos desde 1990 para reducir o paliar las incomprensiones. La creación, en estos últimos años, de departamentos sindicales de ecología y medio ambiente ha sido un paso en la buena dirección. Eso facilita el conocimiento mutuo y abre espacios para la circulación de ideas.

Pero hay que decir que este esfuerzo no siempre se ve correspondido. Convendría revisar también la crítica (habitual en algunas corrientes de los nuevos movimientos sociales) al corporativismo sindical. Pues es cierto que ha habido y hay corporativismo sindical. Pero se pierde la significación del mismo, su sentido real por comparación con las actuaciones de otras instituciones propias del capitalismo avanzado, cuando los movimientos sociales críticos del sindicalismo aceptan la descripción académica, de origen neoliberal, más extendida del fenómeno.

La actual crítica genérica del corporativismo sindical me parece poco atendible, por unilateral e interesada, cuando viene de privilegiados académicos que sospechosamente ignoran u ocultan el más profundo, arraigado y tradicional corporativismo de las instituciones de que forman parte, o que postulan a cambio un individualismo feroz generalmente basado en el reconocimiento cínico de que lo mejor que puede hacerse con el corporativismo imperante en la propia profesión es pasar de largo o limitarse a hablar de ello en privado. Es un cruel sarcasmo el que la crítica al corporativismo sindical se haya desarrollado en los últimos tiempos en uno de los centros más corporativos de nuestra sociedad, las universidades, donde cuerpos, estratos y categorías siguen funcionando con el mismo automatismo de hace décadas. Hay razones morales y políticas más que suficientes para considerar poco atendible una crítica del nuevo corporativismo sindical que pasa por alto el mantenimiento del viejo corporatismo, del propio privilegio.

Tampoco en esto estará de más la crítica de la crítica. De manera que las personas vinculadas al ecologismo y a los nuevos movimientos sociales harán bien (y ayudarán a los sectores mejor dispuestos de los sindicatos) distinguiendo, en tal crítica, entre la defensa interesada del viejo privilegio y la necesidad de superación del espíritu de cuerpo para pensar y actuar globalmente. No deja de ser llamativo en este sentido el que una de la críticas más duras y constantes al corporativismo sindical proceda, por ejemplo, en España, de la asociación médica colegial, y se haya hecho en nombre de la ciudadanía y de la sanidad en general. También en este punto la argumentación a contrario en los sindicatos servirá para poner de manifiesto las insuficiencias del punto de vista sólo liberal.

Para fundir, pues, en el programa sociopolítico intereses obreros y reivindicaciones ecologistas seguramente es preferible hablar de programas de lucha (aunque éstos no tengan por qué ser meramente resistenciales) que de programas de gobierno o de alternativas acabadas. De esas "alternativas acabadas" hasta el más mínimo detalle decía Gramsci hace décadas que son las utopías realmente irrealizables, las utopías en el sentido negativo de la palabra. Una de las razones por las cuales es preferible la modestia del programa de acción o del programa de luchas al programa de gobierno que se presenta como "la alternativa" es ésta: tanto lo rojo como lo verde, tanto el problema social como la cuestión ecológica, obliga en la actualidad a una perspectiva mundial que contemple actuaciones también mundialmente coordinadas. Por primera vez en la historia de la humanidad la palabra "mundo" tiene un sentido pleno. Esto es importante para corregir el viejo etnocentrismo europeísta.

Durante mucho tiempo los europeos hemos tenido la tendencia a llamar "mundo" sólo y exclusivamente a nuestro continente. América, Asia, Africa y Oceanía no eran "mundo" sino geográficamente; desde los puntos de vista político, social y cultural eran: la prolongación de nuestro propio hogar, la segunda vivienda en la montaña lejana, el coto de caza, el latifundio, la inagotable fuente de riquezas exóticas, la añoranza de la propia infancia, o también --cuando en aquellos continentes empezamos a encontrar resistencia organizada-- el "corazón de las tinieblas", la barbarie, lo otro, lo "inmundo", lo que no tiene nombre (1). Todavía hoy los mismos "neoliberales" europeos, que se jactan diariamente de la propia historia, se quejan luego con amargura de que el principio cada hombre un voto tenga como resultado el que los países pobres de los otros continentes obtengan una mayoría en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Sobre todo cuando lo que hay que juzgar son intervenciones de las potencias "democráticas" en países extranjeros.

Pero aquella visión reductiva y etnocéntrica del "mundo" no puede seguir manteniéndose ya. Esto es algo que se repite cada semana en las páginas de cultura de todos los grandes medios de comunicación. Y es natural que así sea, pues, para mantenerla, para mantener esa visión etnocéntrica, las grandes potencias del mundo de hoy tendrían que condenar a la esclavitud, al hambre y a la miseria a cientos de millones de seres e impedir de paso, por la fuerza, las corrientes de población que están abriendo actualmente una nueva fase histórica de grandes migraciones, consecuencia ella misma de la combinación de factores económicos y ecológicos negativos. Por eso es tan importante para rojos y verdes, sindicalistas o no, luchar contra el racismo en este fin de siglo: contra el racismo xenófobo, culturalista y diferencialista, de estos tiempos; no contra el racismo histórico, del pasado, que es ahora una batalla con soldados de papel, una batalla contra la mera palabra. Y por eso, también, es tan importante un nuevo internacionalismo (2).

Levantar un programa de luchas, un programa de acción verdi-rojo, coherente con el sentido actual de la palabra "mundo", internacionalista, anti-racista, no es, desde luego, asunto solamente de los sindicatos. Hasta está por ver si la diferencia de intereses a corto plazo entre los sindicatos de los países más desarrollados desde el punto de vista económico y las gentes de los países del "tercer mundo" no acabará convirtiéndose en un obstáculo insuperable. Pero aquí se habla de las intenciones, de la voluntad, de los propósitos de sindicatos que se consideran de clase y herederos de las tradiciones solidarias e internacionalistas que siempre acompañaron al socialismo.

Desde esa perspectiva configurar tal programa de luchas exigiría de los sindicatos una actitud parecida, en los temas económico-ecológicos, a la que han mantenido en los años ochenta en la lucha por la paz y en relación con los movimientos pacifistas: iniciativas en los temas difíciles y conflictivos primando los intereses medioambientales generales y la satisfacción de las necesidades de los más desfavorecidos, no esperando el debate o la polémica que provoca en cada caso la mera defensa del puesto de trabajo. El horizonte más apropiado para eso, como se ha dicho tantas veces, es trabajar menos para trabajar todos y para poder educar a la mayoría en una nueva forma de mirar y de relacionarse con la naturaleza.

Un síntoma de que queda mucho por hacer en este ámbito es el siguiente. Las ponencias sindicales suelen empezar por lo general tomando nota de la influencia negativa sobre el empleo de las nuevas tecnologías y de la concentración de empresas. En casi todos los sectores se observa una correlación entre modernización tecnológica y pérdida de puestos de trabajo en la última década. Pero luego, al tratar de las propuestas y alternativas sindicales para sectores en dificultad o en crisis en cada país o nacionalidad, se recomienda precisamente presionar en favor de la modernización tecnológica de las empresas con el argumento de que sólo así podrán estas empresas ser competitivas en el contexto europeo y se mantendrá o generará empleo en el sector.

¿No es esto una contradicción? ¿En qué quedamos: las nuevas tecnologías destruyen empleos o los generan? ¿No estamos proponiendo para muchos casos lo mismo que no nos gusta para otros?

Hago estas preguntas para intentar reflexionar a partir de ellas acerca del tipo de dificultades a las que los sindicatos tienen que hacer frente. Una de esas dificultades me parece que es que, en las condiciones actuales de mundialización de la economía capitalista, no se puede hablar en general y en abstracto de efectos destructivos de las tecnologías modernizadoras sobre el empleo ni se puede defender en general y en abstracto la conservación de puestos de trabajo y la generación de empleo. Lo que esta contradicción --que se da en la mayoría de los papeles sindicales-- está poniendo de manifiesto es que, hablando en general, la innovación tecnológica aplicada a la producción es inevitable y la destrucción del tipo de trabajo basado en técnicas antiguas también es inevitable mientras que la generación de nuevos empleos en un país o comunidad determinado depende de otras variables además de depender de la innovación tecnológica.

Una manera posible de enfocar este problema con más concreción es empezar tomando nota de algunos otros datos relevantes. En la mayoría de los sectores importantes de la industria la productividad ha crecido mucho durante los últimos diez años al mismo tiempo que descendía el número de trabajadores. Eso quiere decir que el excedente generado por la parte de la fuerza de trabajo empleada en las nuevas condiciones tecnológicas ha crecido muchísimo por comparación con etapas anteriores del capitalismo. Una parte de ese excedente ha ido a parar a los servicios asistenciales, lo que ha permitido, entre otras cosas, controlar la potencial conflictividad social inherente a tasas de desempleo muy elevadas. Otra parte de ese excedente ha ido a parar a las finanzas y se ha convertido en capital especulativo. Mientras tanto, el tiempo de trabajo de los que están empleados apenas se ha reducido en las últimas décadas. Así pues, el impresionante aumento de la productividad y del excedente no se basa sólo en las nuevas tecnologías aplicadas a la producción sino en la sobreexplotación comparativa de las personas que entran en el mercado de trabajo. Esto da lugar a una sociedad en gran parte parasitaria: la subvención del desempleo estructural y la especulación financiera se basa en el excedente generado por el aumento de la productividad del trabajo en la tercera revolución industrial (3).

Para generar empleo en tales condiciones no basta, pues, con propiciar la innovación tecnológica en tal o cual sector industrial. Son precisas seguramente tres cosas más: reparto del trabajo, reparto de la riqueza y reparto de la propiedad.

La misma ampliación del contenido real del concepto de "mundo", en el sentido que acaba de verse, altera y complica las formas conocidas de la batalla de ideas y, consiguientemente, la lucha por la hegemonía. ¿Puede hoy hablarse de un sindicalismo no particularista sin una política específica y coordinada de los trabajadores de la FIAT, de la Pirelli, de la Union Carbide, de la Massey Ferguron, de la Ford, de la Mitsubishi, de la Toshiba o de la Volkswagen acerca de, por ejemplo, la deforestación de la selva amazónica por las grandes transnacionales norteamericanas, europeas y japonesas? ¿Es posible un sindicalismo no gremial sin ideas precisas y definidas acerca de la deuda externa de los países pobres o sobre esa "nueva guerra del opio" que está emergiendo, en Asia y América, como consecuencia del agotamiento (en países que un día fueron exportadores) de los recursos agrícolas tradicionales y de la valorización simultánea de las drogas duras por el capitalismo tardío? ¿Tiene sentido un sindicalismo, que en este fin de siglo no quiera ser corporativo, sin un punto de vista definido acerca de la "soberanía limitada" de tantas naciones a las que el Banco Mundial y otros organismos internacionales está convirtiendo en lugar para la exportación de tecnologías peligrosas, en depósito de basuras radiactivas, en centros de experimentación de ingenierías de alto riesgo o en prostíbulos para ricos de vacaciones?

Ya esa simple enumeración de preguntas, que apuntan a problemas que implican injusticias y desigualdades, tan lejanas pero al mismo tan próximas, en este mundo de hoy --siempre con el gran riesgo de las armas de destrucción masiva como fondo-- es todo un indicio de la alteración y complicación de las formas conocidas de la lucha histórica por la hegemonía (cultural y política).

Es de esperar, sin embargo, que la vía que conduce a la formación y educación de la subjetividad y de la sensibilidad del trabajador-ciudadano ante la cuestión social y ante la cuestión ecológica acabe imponiéndose en los sindicatos, por influencia del ecologismo, a aquella otra vía --tan cara a los nuevos liberalismos-- que cifra todas las esperanzas en el efecto positivo de las nuevas tecnologías sobre la consciencia excedente de los hombres y de las mujeres de estos tiempos. La batalla que se está dando en Brasil a este respecto y en la que intervienen el MST, los sindicatos, los partidarios de Vía Campesina y los movimientos ecologistas, será, sin duda, decisiva para hacer realidad aquella esperanza.




Notas

(1) Remito aquí a lo que escribí en La barbarie: de ellos y de los nuestros. Barcelona, Paidós, 1995.
(2) Que han defendido, por ejemplo, P. Ingrao y R. Rossanda en Appuntamenti di fine secolo. Roma, Manifestolibri, 1995.
(3) Gary T Marx, "Il lato oscuro della nuove tecnologie", en Politica ed Economia, sep. de 1989; Marco Revelli, "Economia e modello sociale nel passaggio tra fordismo e toyotismo", en P. Ingrao y R. Rossanda cit., págs. 161-224
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