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Romántica, Legitimación y Dominación en nuestra visión de la cultura: Notas sobre las fuentes culturales de nuestras opciones paradigmáticas - Indio y Pueblo desde el Romanticismo Latinoamericano

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Creative Commons Artículo de Miguel Alvarado Borgoño - 11 de Junio de 2006
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6. Indio y Pueblo desde el Romanticismo Latinoamericano

El proceso que anteriormente mencionamos de búsqueda de la particularidad, llevado al terreno de la caracterización de los actores sociales, posee la cualidad paradójica de convertirse en una caricaturización generalizante en el lazo que se establece entre las ideas de pueblo, indio y cultura popular. Mediante este proceso el rescate de los actores fundamentales de la tradición cultural, como representantes del espíritu particular de cada conglomerado cultural, deriva en procesos de generalización, produciéndose el que aquellos sujetos culturales caracterizados como "únicos" dentro de la tradición no son reconocidos en sus particularidades históricas y adaptativas, se reconoce la particularidad del pasado pero en términos estáticos, de forma tal de convertir al actor popular e indígena en figuras estéticas mitológicas.

Lo anterior, llevado al terreno del discurso de las ciencias sociales latinoamericanas, debe hacernos meditar en torno al hecho de que al interior de estas ciencias la reflexión con respecto a un concepto debería conllevar la existencia de una variedad en la adjudicación de significados, de manera tal que la polisemia de un término permitiera constrastar la utilidad y rigor de distintos paradigmas y escuelas de pensamiento teórico, en lo que respecta a su capacidad para proporcionar categorías que permitan interpretar el mundo.

Sin embargo nosotros afirmamos que el concepto de "cultura popular" como significante flotante esencialmente polisémico, más que dar cuenta de la existencia de alternativas conceptuales, se emparenta con la romántica en tanto generalización surgida desde la ensayística liberal-romántica, en el intento de la elite político-literaria por interpretar a ese "otro cultural" que se presentaba delante de sus ojos bajo la forma del sujeto popular latinoamericano, más allá de los marcos teóricos o la opción paradigmática desde donde se haga uso del concepto. La unidad del concepto históricamente ha estado asociada en nuestras ciencias sociales con la figura estética del "pueblo" como categoría abarcadora que engloba múltiples diferencias particulares. La crisis interpretativa estaría dada por el sencillo hecho de que los actores históricos concretos exceden la cobertura de los conceptos aportados por la romántica latinoamericana.

Podemos ver como hoy el concepto de "cultura popular" ha vivido un dramático proceso de fragmentación, entendida esta como parcelación en los sentidos del mismo, generándose el que incluso el acuerdo entre los interlocutores que dialogan en torno a este concepto, como es el caso de la reflexión que se realiza sobre el arte popular latinoamericano, resulta un hecho complejo, en el cual, bajo la cobertura de un concepto común, se cobijan visiones del mismo muy distintas entre sí, rompiéndose con la caracterización primera de la ciencias sociales de nuestro continente, las cuales por influencia de la romántica intentaron generalizar en torno al sujeto popular, empleando tipos ideales que no abarcan la multiplicidad de las expresiones del fenómeno.

Como ya hemos planteado el concepto de cultura popular en lo que respecta a su significado hoy vive un estado de imprecisión como nunca antes lo había vivido, y esto guarda relación con las reformulaciones epistemológicas y teóricas de la ciencia social latinoamericana, y en particular con los replanteamientos de las ciencia antropológica.

Es así como en nuestra opinión las transformaciones fundamentales que ha vivido este concepto en las últimas décadas serian dos:

Por una parte no se está hablando de la cultura popular ni de indígena latinoamericano en singular, sino que más bien se habla de "las culturas populares" (11) y de los "distintos troncos culturales indígenas" (12) en plural, esto representa no sólo un cambio en el lenguaje sino que evidencia una nueva manera de ver a estas formas culturales, en la cual los marcos analíticos clásicos se demuestran incapaces de dar cuenta plenamente de la inmensa variabilidad con que estas se presentan. Se comprende que ellas, a pesar de estar asociadas al proceso de ingreso desigual al capitalismo por parte de los sectores proletarizados y subproletarizados latinoamericanos, representan una infinita variedad de rasgos culturales en torno a los cuales resulta aventurado hacer generalizaciones.

Se lleva el análisis del fenómeno más allá de los límites del determinismo socio económico, en tanto se asume la independencia del análisis cultural respecto del análisis del cambio social. Esto se fundamenta a nivel teórico a partir de concebir como falsa la supuesta identidad entre estructura social y valor, que restringe el análisis de la cultura, y por lo tanto de los valores, el análisis de la estructura social, reemplazándose aquello por un tipo de reflexión teórica en la cual se acepta la independencia de la cultura y su dinámica histórica, de la dinámica de la sociedad y su estructura social. Por esto, en el caso puntual del estudio del indígena y del sujeto popular latinoamericanos, se intenta indagar en las fuentes histórico-culturales de estos sujetos como expresión viva de la identidad cultural latinoamericana (13), dentro de los límites de nuestro continente y hacia su exterior.

Desde otra esfera pero en estrecho vínculo con el concepto de cultura popular, podemos afirmar que en el Romanticismo existe una tremenda simpatía por las razas indígenas y las culturas más tradicionales o marginales, desde la postura de autores como Chateaubriand o el buen salvaje de Rousseau quien prepara la comprensión romántica del orden social lo cual se proyecta en la obra de teóricos como Saint-Simon, se exageran las virtudes del primitivo tal como es idealizado el sujeto popular.

En el caso del actor indígena el pasado desde el indio tribal al indio genérico que plantea Darcy Ribeiro (14) corresponde a las transformaciones a nivel de la estructura social propia de la expansión de la modernidad y a la influencia del romanticismo como crítica del Racional Iluminismo, configurándose una visión que idealiza a un indígena abstracto pero que legitima estéticamente las articulaciones de la conciencia social que permiten las relaciones de dominación que sobre él se ejercen.

Para Lourdes Arispe (15) el término indio sirve para denominar a todo aquel susceptible de convertirse en sujeto de explotación, en tanto para la autora la derrota es ante todo una derrota cultural del indio, porque, como afirma Juan Bautista Alberdi, somos europeos en América siendo fundamental diferenciarse del indio (16).

Desde las ciencias sociales existe un itinerario específico del concepto de etnicidad el cual ha estado unido tanto a los giros epistemológicos y teóricos de las ciencias sociales como a la influencia sedimentaria de la corriente romántica en las elites intelectuales literarias primero y científico sociales después.

Desde la categoría de raza, que fijaba la pertenencia a un grupo étnico dentro de los márgenes de somatometría y de los estereotipos que rasgos como el que el color de la piel originaba, hasta la actualidad en que estas categorías han sido ampliamente superadas, este análisis ha sufrido una mutación profunda, en tanto la pregunta por la raza, en la acepción exclusivamente biológica del concepto, como determinante de características psicológicas y conductuales, ha sido reemplazada por otra referida al problema de la "identidad cultural", refiriéndose ésta a la identificación de sujetos particulares con grupos puntuales dado que presentan rasgos distintivos en planos tan divergentes como el biológico, el lingüístico y el socio-cultural.

La génesis de esta concepción la podemos remontar al siglo XIX, en tanto es debida al colonialismo, y al surgimiento de las ciencias sociales, que occidente se pregunta en primer lugar, que es lo que los separa de los pueblos colonizados, para luego, en la segunda mitad de nuestro siglo, pasar a preguntarse que es lo que separa en el propio mundo de los colonizadores a sujetos que poseen diferencias no tan marcadas en el plano biológico y cultural.

Es a partir de esta concepción que se origina, a nivel científico, el concepto de raza como base para la clasificación. Esta idea, que surge desde la incipiente ciencia social y desde un biología fragmentaria y manipulada, creó taxonomías, que en muchos casos, más que aclarar el panorama en torno a la variabilidad humana biocultural, sirvieron como instrumentos de dominación de una cultura sobre otra (17).

Como reacción a esta postura surgen líneas teóricas, tanto en el plano de la etnografía como en el nivel etnológico, que intentan asumir apelaciones de corte positivista como la de Durkheim en el sentido de "analizar lo social por lo social" (18). Es así como desde el estructural funcionalismo surgen visiones en torno a la identidad social, estrechamente ligadas a la territorialidad y a la especialización de las funciones sociales vinculadas a las relaciones ecológicas-culturales.

Se piensa en el grupo étnico como un conglomerado de individuos pertenecientes, por lo general, a un territorio dado y que mantienen relaciones de dependencia con éste, de forma tal que la pertenencia a un espacio guardan relación con las funciones surgidas tanto desde la lucha del grupo por la supervivencia como desde la necesidad del mismo de poseer un perfil autónomo respecto de otros conglomerados sociales, determinando esta relación funcional la estructura interna del grupo.

Posteriormente nace en la década de los 50, una crítica desde la etno-lingüística. Es así como se asume la definición "fonémica", propia de la lingüística estructural, que entiende a la identidad étnica desde la perspectiva "emic" o "desde dentro", fijando en el actor social los criterios de la clasificación, en tanto la pertenencia a un grupo étnico se define desde las categorías de adscripción e identificación con el mismo. Pertenece a un grupo étnico quien se siente parte de él y al mismo tiempo, es identificado como tal por otros, y es desde allí que el criterio de etnicidad se libera definitivamente de su definición directa desde categorías como las biológicas y geográficas, para pasar a ser un problema en la esfera de la conciencia social (19).

Por otra parte es importante considerar que apelar hoy desde la moderna antropología cultural al concepto de raza o etnia, supone un moverse dentro de los límites epistemológicos de la filosofía del lenguaje, y también implica que se asume la relación mutivariable que se encuentra en el origen de todo fenómeno socio cultural, pero que reconoce por otra el principio epistémico básico que afirma que lo social se explica por lo social, generándose una tensión aún no resuelta entre generalización estética y caracterización científica.

El proceso de transformación de la ciencia misma guarda directa relación con el acelerado proceso de mezcla y difusión cultural asociado a la industrialización, al colonialismo y al desarrollo de los medios de comunicación de masas. Es así como la pregunta por las minorías étnicas se replantea a partir del esfuerzo por explicarse la variabilidad cultural al interior de las sociedades complejas, en tanto concepto como clase, estamento, segmento de clase, etc., han demostrado ser insuficientes para explicar muchos aspectos del funcionamiento y del conflicto al interior de las sociedades multiculturales.

En un continente como el nuestro donde la heterogeneidad impera, la pregunta por la identidad se vuelve particularmente compleja. La diversificación, complejización y transformación de los grupos sociales, hacen que la pregunta por la identidad étnica se convierta en una interrogante de primer orden a partir de cuya respuesta es posible aportar elementos a los problemas planteados por el desarrollo, las desigualdades y el conflicto social, es por ello, que el aporte multidisciplinario que asume elementos provenientes de distintas disciplinas sociales, es de particular urgencia. La única posibilidad de recomponer el imaginario social fragmentado desde la pluralización que los planteamientos de la modernidad han vivido, consiste, para la actual antropología latinoamericana, en la generación de categorías que den cuenta de la diferencia, pero apuntando a la multidimensionalidad de todo fenómeno cultural, en tanto la dinámica de los valores culturales se define en gran medida en su vínculo con la estructura social.

Dentro de esto nos parece importante recalcar que el vínculo entre estructura social y valor al interior de la reflexión antropológica en torno a lo étnico, es un asunto complejo que no puede ser generalizado, ya que ha pasado desde la identificación absoluta de la dinámica de los valores, es decir de la cultura, con la dinámica de la estructura social, como lo plantea el estructural funcionalismo clásico, hasta una absoluta autonomización del concepto analítico de cultura, como se da en la antropología cultural de corte idealista, como es el caso del análisis de autores como Cliford Geertz (20).

Lo que sin embargo nunca ha implicado el desconocimiento de la dimensión multivariable de fenómenos cómo la etnicidad, en tanto el concepto de cultura siempre ha sido un concepto aglutinante, que asume la multiplicidad del hombre como creador y usuario de la cultura en la sociedad, con respecto al ecosistema y en su particular vínculo con lo trascendente, de manera que el actual escenario antropológico latinoamericano es propicio para el rescate de la romántica, en un proceso en el cual se reconozca la polisemia del concepto de cultura pero en el cual exista un esfuerzo serio por reconocer tanto las fuentes estéticas como científicas propiamente tales de este concepto, reconociendo que el vínculo que podemos apreciar entre estructura social y valor esta en alguna medida también estrechamente determinado incluso para las propias ciencias sociales.

Es así como, a manera de síntesis, afirmaremos que a nuestro parecer la romántica es un movimiento con una presencia cultural actual, donde podemos identificar el factor determinante de aspectos que caracterizan el tipo de valores que legitimaron el poder de la elite político literaria en el contexto de nuestra modernidad inducida, obligándonos esto a aceptar que los factores que configuraron nuestro acceso a lo moderno no surgen únicamente de una identidad configurada en el proyecto ecuménico del barroco.

La reedición de la romántica por parte de los postmodernos no es más que el recurso evidente frente a la crisis de la racionalidad moderna y de su forma de organizar las relaciones de poder, en cuyo contexto la polisemia identificable en el tratamiento del concepto de cultura tiene su origen en la influencia de la romántica en la sociedad como totalidad y en las ciencias sociales latinoamericanas en particular, en tanto la fuente del concepto no posee un sello racional científico sino que se define desde una legitimación metasocial estética.

Lo anterior nos permite caracterizar como peligrosa aquella generalización definida desde una caracterización estética en tanto ella amenaza con hacer perder de vista las verdaderas relaciones de poder que se ejercen sobre los sujetos culturales particulares siendo un ejemplo de estos el tratamiento "científico" de los mitológicos actores "indígena" y "popular", basándose esta afirmación en la confianza que en la búsqueda de las fuentes culturales del poder reside en el aporte de subdisciplinas como la sociología de la cultura y la antropología cultural al esfuerzo de la epistemología de las ciencias sociales por llevar su análisis más allá de sus límites clásicos, para indagar en torno a las fuentes epistémicas del ejercicio del poder.

Autor y licencia de 'Romántica, Legitimación y Dominación en nuestra visión de la cultura: Notas sobre las fuentes culturales de nuestras opciones paradigmáticas - Indio y Pueblo desde el Romanticismo Latinoamericano'
Miguel Alvarado Borgoño Extraído de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html

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