



En este ensayo se reflexiona en torno al vínculo entre las bases culturales de las relaciones de poder y los orígenes de la comprensión actual con respecto a la identidad latinoamericana; en lo que respecta específicamente al modo en que el indígena y el sujeto popular han sido percibidos por la elite político-literaria en el siglo XIX y por las ciencias sociales en nuestro siglo, definiéndose desde allí formas de ejercer el poder sobre estos actores desde categorías epistémicas ideológicas determinadas.(1)
Siendo nuestro intento básico el aportar algunos elementos con respecto a la influencia de la estética romántica en la comprensión cultural afincada en las ciencias sociales como vínculo entre la caracterización estética y la racionalidad científica moderna dentro del contexto latinoamericano.
El surgimiento y consolidación de la racionalidad moderna ha requerido del concepto de ciencia como una base sobre la cual ubicar las distintas comprensiones paradigmáticas que han influido a su vez en distintos procesos sociales, es así como podemos afirmar que en América Latina múltiples paradigmas han definido la comprensión y la práctica social por parte de la elite, sin embargo se encuentran aún en signos de interrogación las fuentes culturales que nos han permitido la reinterpretación de estos paradigmas en tanto desconocemos los elementos culturales que han confluido en el modo como se reinterpreta un paradigma cultural o científico en el contexto específico de nuestro continente.
En este trabajo intentaremos identificar las fuentes de aquellas categorías que nos han permitido reconocer nuestro entorno socio-cultural durante los últimos dos siglos y que, asociadas a distintas posiciones epìstemológicas, ya sea desde la suposición de la identidad entre la estructura y el valor o desde un culturalismo que supone una ruptura entre ethos y logos, han nutrido la comprensión científico-social latinoamericana de elementos significativos de su escenario cultural, en este caso desde una fuente estética, para definir prácticas sociales que han estado íntimamente relacionadas con el problema del poder en nuestro contexto.
Es así como afirmamos que el reflexionar en torno al vínculo entre poder y cultura en América Latina implica, entre otras cosas, el identificar las fuentes de aquellas formas de leer nuestro mundo social que, desde las ciencias o la estética, han determinado la comprensión que la elite va definiendo con respecto a su entorno. Comprensión que le es necesaria a esta elite para diseñar desde allí los proyectos y utopías con los que se ha intentado definir el futuro, tanto en la afirmación de movimientos culturales como en la crítica de estos.
Con estrecho vínculo a las afirmaciones anteriores respecto a la necesidad de identificar las fuentes de nuestra autocomprensión, nos parece importante afirmar el que sin duda el movimiento postmoderno no es la única reacción hacia el proyecto ilustrado de la cual la historia de occidente puede dar cuenta, en tanto en la corriente romántica europea y latinoamericana existe una crítica de los fundamentos culturales del poder de un profundo cuestionamiento de la verdadera posibilidad de liberación humana por medio del uso de la razón que el proyecto ilustrado propone.
Frente a esto la crítica postmoderna del Racional Iluminismo no nos aparece en muchos sentidos más que como una reedición de algunos elementos de la corriente romántica; en tanto dentro de este movimiento cultural en la "legitimación estética" de los valores socialmente compartidos se jugaba la posibilidad de construir sociedad desde los fundamentos valórico-culturales del poder, estando esta "legitimación estética" fundamentada en el primado formal de la muerte de Dios, edificándose por parte de este movimiento en numerosas ocasiones, en sustitución de la figura de Dios, mitologías estéticamente coherentes, las cuales cerraran el círculo que comienza en la secularización y concluye con la elaboración de una nueva teogonía, en un proceso vertiginoso donde la moral de los amos, es decir de aquellos destinados a poseer y administrar el poder, se edifica sobre la base de una nueva concepción de lo justo desde lo bello.
En el contexto latinoamericano este proceso tiene un correlato específico en la elite, tanto católica como laica, que intenta asumir la modernidad desde la relectura de nuestra identidad cultural sobre la base de la búsqueda de una mitología secularizada, en la cual la figura del pobre o del indígena pasan a ser un elemento más en este panteón mítico asociado al trazado modernizante y a su organización de las relaciones de poder, penetrando este movimiento incluso la médula misma del pensamiento católico tanto en su comprensión de América Latina como en elementos de su propia espiritualidad (2).
Se apela al recurso estético como mecanismo de comprensión intercultural en un ejercicio dialógico producto del cual el pobre y el "indio" en abstracto pasan a configurarse en imágenes estilístas a las cuales se menciona como mecanismo de legitimación de las transformaciones modernizantes del orden social.
Todo se hace por el indio o el pueblo en pos de su promoción, para ello el pasado es embellecido y el bárbaro pasa a ser el "ingenuo salvaje", bello tan sólo por su misma ingenuidad. La nueva mitología se construye por lo tanto sobre la base de sujetos elaborados escénicamente como dignos y sufrientes, olvidándose al sujeto cultural concreto, con sus grandezas y contradicciones.
Es esta elite la que requiere de un concepto de cultura, capaz de dar cuenta del "otro" en sus diferencias sustanciales, es así como en la elite política y literaria la que desde la corriente romántica latinoamericana elabora un concepto de cultura aún antes que las ciencias sociales aportaran con lo suyo.
Posteriormente es la ciencia social, aplicada tanto en el indigenismo como en el desarrollismo, la heredera de este concepto, el cual sobre una cáscara racionalista esconde la idealización estéticamente fundamentada que se aparta de los sujetos culturales concretos, para crear valores en torno a la praxis social edificados sobre la base de una ética auto-referida en pos de la belleza de un actuar y un pensar, definida desde el prisma de esa elite y en función del destino profético que la elite quisiese darle a nuestro continente.
Por lo anterior afirmamos que el liberal-romanticismo crea en Latinoamérica un concepto de cultura antes de que lo hiciese la ciencia antropológica, lo cual determinó una autocomprensión tanto con respecto a los efectos del proyecto ecuménico del Barroco como del Racional Iluminismo, sellándose así un tipo de legitimación estética del poder de esa elite.
Lo anterior se evidencia, por una parte, en el indigenismo de la primera mitad del siglo XX, fundamentado en una apelación estética, lo cual fue positivo como recuperación de lo indígena pero negativa como caricaturización del mismo, y por otra en las numerosas transformaciones en la percepción del sujeto popular desde la idea de chusma, sujeto de redención a pueblo actor de su liberación.
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