Históricamente, la palabra misticismo va asociada a las religiones de misterios o cultos mistéricos que florecieron en el mundo grecorromano en los primeros siglos de la era cristiana (eleusinos, órficos, dionisíacos). El místico (mustes) era el iniciado que bajo juramento de guardar el secreto prometía callar sobre la actividad interna de su recién fundada religión. En su sentido original, pues, la palabra misticismo está asociada con el misterio, el secreto y lo oculto.
Luego pasó al neoplatonismo donde significó cerrar los ojos a todas las cosas externas, práctica que se hizo central en la meditación neoplatónica, se excluía al mundo para poder levantarse hasta el Uno y estar “solo con el solo”. Mientras los ojos del cuerpo estaban cerrados, el ojo interior permanecía abierto y buscaba la sabiduría.
La palabra mística fue introducida por el cristianismo por un monje siríaco desconocido, un neoplatónico cristiano de finales del siglo V o principios del siglo VI, que escribió varios tratados teológicos, uno de ellos llamado Mystica Teologia. Sus obras, aunque poco apreciadas, recorrieron el mundo intelectual de Europa después de haber sido traducidas al latín en el siglo IX. Alberto, Santo Tomás de Aquino, Buenaventura y los escolásticos recibieron al autor con entusiasmo, haciendo numerosos comentarios sobre sus obras. Esta obra, la Mystica Teologia, fue traducida al inglés por el autor anónimo de La nube del no saber (tal como la conocemos hoy), en el siglo XIV.
La obra se abre con un pasaje que describe como el alma asciende al área de la supraconceptualidad y del silencio interior, trascendiendo todas las imágenes y pensamientos:
Trata, pues, en tu intento de practicar la contemplación mística, de dejar atrás los sentidos y las operaciones del intelecto, así como todas las cosas que pueden percibir los sentidos y el intelecto y todas las cosas que no son y las que son. Lánzate a lo desconocido, en cuanto es posible, hacia la unión con aquel que está por encima de todas las cosas y de todo conocimiento. Solo por una incesante y absoluta negación de ti mismo y de todas las cosas en pureza, abandonándolo todo y liberándote de todo serás transportado al rayo de la divina oscuridad que supera todo ser” (La nube del no saber, Anónimo inglés, 1981, p. 47)
Estas son algunas de las definiciones clásicas de la teología mística que eran comunes en la Edad Media y, más tarde, en San Juan de la Cruz:
Juan Gerson (1363-1429) canciller de la Universidad de París: “La teología mística es el conocimiento experimental de Dios por medio del abrazo del amor unitivo”.
Buenaventura (1217-1274): “La teología mística es el ascenso de la mente a Dios por medio del deseo amoroso”.
San Juan de la Cruz (1542-1591): “Contemplación es la teología mística que llaman los teólogos secreta sabiduría, la cual dice Santo Tomás que se comunica e infunde en el alma por amor” (Noche oscura).
El mismo San Juan de la Cruz, comentando su propio poema, habla de una “ciencia sabrosa y amorosa”, y escribe: “La ciencia sabrosa que dice aquí que la enseño es la teología mística, que es ciencia secreta de Dios, que llaman los espirituales, contemplación, la cual es muy sabrosa, porque es ciencia por amor, el cual es el maestro della y todo lo hace sabroso” (Cántico Espiritual)
De esto se desprende que el misticismo es sabiduría o conocimiento que se encuentra a través del amor, es un conocimiento amoroso. Además, es un conocimiento experimental comparable a la sensación o al tacto, diferente del conocimiento abstracto, y este conocimiento experimental de Dios solo se puede obtener a través del amor. Esta es la doctrina de la primera carta de San Juan y es la doctrina del autor de La nube del no saber, que escribe: “Pues por amor podemos encontrarle, sentirle y alcanzarle por sí mismo” (1981, p. 78). Y en otro lugar también dice: “Aunque no podamos conocerle, sí podemos amarle. Por el amor puede ser tocado y abrazado, nunca por el pensamiento” (1981, p. 78)
Otros autores medievales sostienen que los conceptos pueden alcanzar a Dios tal como es en la creación, pero solo el amor puede alcanzar a Dios tal como es en sí mismo. Santo Tomás de Aquino sostiene que la infinitud de Dios supera cuanto la razón pueda alcanzar, porque lo finito no puede comprender adecuadamente lo infinito. Por esto los misterios de Dios no son antiracionales sino supraracionales. Frente a esta incapacidad del hombre para alcanzar el misterio de Dios, San Juan de la Cruz invita a una búsqueda que deja de lado lo intelectual, cierra los ojos del entendimiento y de los sentidos, y por el camino de la negación y del amor se encuentra con su Amado.
Cabe señalar que la inspiración fundamental de los místicos de la Edad Media proviene de los Evangelios, las Epístolas de San Juan, los Salmos, el Cantar de los Cantares, es decir la Biblia.
En otras palabras, la experiencia mística fue interpretada así: Dios que es amor infunde su don de amor en el alma. Cuando el alma responde a esta llamada recibe el espíritu santo que es el amor personificado. Para San Juan la experiencia mística es la “llama de amor viva”.
“¡Oh, llama de amor viva
Que tiernamente hieres
De mi alma en el más profundo centro!”
Llama de amor viva, primera estrofa