Seis instantáneas de Daniel Moyano - La fiesta
2 - La fiesta
La primera fotografía corresponde a Una luz muy lejana, la novela más cordobesa de Moyano, publicada en 1966. Es la imagen de una fiesta: la celebración del año nuevo. Estamos en un conventillo, próximo a La Cañada. Un tablón largo, sobre caballetes, lleno de restos de comida y botellas semivacías. Detrás, en semicírculo, están: Eusebio, el mozo del bar, con un reluciente traje azul con chaleco, a pesar del calor; Teodoro, afectado en su lenguaje y en sus modales; don Reartes, que cada tarde hace una recorrida con su carrito y los tachos de helado; la Flaca, a quien todos tienen por loca, pero que conoce mucho de música clásica, ejecuta el piano con relativa soltura y a quien últimamente se le ha dado por estudiar inglés; Teresa, una mujer joven y exuberante, amorosamente abrazada por Tomás, a quien no parece importarle su oficio de prostituta; Peralta, haciendo gala de su bandoneón; Marta, también prostituta, de rostro infantil, ojos inciertos y piernas desmesuradas; otra larga serie de caras que no se distinguen bien por defectos en el revelado de la fotografía; y finalmente, con el temor evidenciado en su cara, está Ismael, recién llegado del interior y empecinado en ir apropiándose de esa ciudad que no le pertenece.
Para comprender el significado de esa fiesta habría que recordar que Una luz muy lejana es una novela urbana, con un personaje –Ismael– que cumple un camino de iniciación en el descubrimiento del mundo social. Un joven que está siempre en el límite de lo permitido, jugando a transgredir o quebrantar ciertas normas. En su intención de integrarse o confundirse con ese mundo, que le aparece como vedado, acaba por resignarse a observarlo desde los bordes: pienso, inevitablemente, en la visión transfigurada de Córdoba que desde allí logra Ismael. Se repiten y multiplican los marginales: las prostitutas, los mozos, los lavacopas, los vendedores ambulantes. Hay un esfuerzo por recuperar la infancia como instancia de salvación, que se enlaza con el retorno a la vida del campo o de los pequeños pueblos del interior. Un paraíso doblemente irrecuperable porque se trata de una búsqueda a través del otro: me refiero al gesto de Ismael, que pretende hacer el camino inverso hacia el origen acompañando a Jacinto a su pueblo natal. Esa agonía se explica porque existe como un intruso, como un mero espectador de quienes ya están irremediablemente inmersos en la decadencia moral, y porque aún conserva cierta nostalgia por la inocencia perdida o en proceso de desaparición.
La novela, entonces, recupera el sentido festivo de la existencia pero en medio de un ámbito en el que los mitos se han vaciado de contenido. Justamente porque el proceso de descubrimiento del mundo, el riesgo de situarse en los bordes y la búsqueda de una manera de salvación se asocian con el modo de ser de una colectividad y de unos individuos para los cuales el espíritu festivo está desprovisto de su carácter de experiencia colectiva y su significado de renovación.
En efecto, la fiesta en su dimensión ritual es la vía para lograr la regeneración del tiempo histórico a través de su disolución y el retorno al illud tempus de los orígenes. En toda fiesta –en particular en cada festividad del Año Nuevo– se renueva el mundo, se cierra un ciclo. Por otra parte, el rito de la regeneración se suele manifestar asociado con la muerte como sacrificio: la muerte ritual que implica el acto de la creación.
En esta fiesta, la de Una luz muy lejana, hay una víctima: precisamente un cordero –símbolo de la inocencia y con un peculiar significado en la teología cristiana–. Sin embargo, ese sacrificio no supone la renovación porque no existe entre quienes comparten la casa un verdadero valor de comunidad y porque el propio objeto inmolatorio les es ajeno: "La cabeza del cordero, apenas visible ahora en el alambre, parecía una víctima de toda aquella gente, alguien que, como él [como Ismael], no pertenecía al lugar"1.
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