En una sociedad marcada por el sexismo durante siglos, nada nos extraña que en el lenguaje se hayan ido acumulando, en nuestra lengua como en las demás, en los espacios analizados y en otros a los que no podemos aludir ahora, rasgos lingüísticos derivados de tal situación, fruto de estereotipos androcentristas.
Los recientes esfuerzos institucionales correctores no siempre son bien admitidos por todos los usuarios, que tienden mayoritariamente en cuestiones lingüísticas al inmovilismo conservador. Hubiera sido conveniente, desde la administración, realizar estos trabajos con meticulosa atención y mejor conocimiento de las cuestiones lingüísticas, evitando la trivialización de tales asuntos delicados con soluciones superficiales, fórmulas demasiado simples o calcos inadecuados de otras lenguas dotadas de estructuras muy diferentes a las del español. No parece suficiente la ingenuidad de sustituir el genérico sintético y el plural elíptico —en contra del principio de economía [2]— por la duplicidad masculino y femenino o, invirtiendo el orden, femenino y masculino: la mujer y el hombre, la madre y el padre, la tía y el tío, el rey y la reina, los alumnos y las alumnas. Más que cursilerías, con frecuencia parecen disparates o extravagancias, sobre todo si se aplican como simple «formulita» rápida o reivindicación violenta en el estilo de la cultura de la queja. No nos podemos conformar ya hoy con este tipo de reformas, que pueden considerarse ingenuas o estúpidas, aunque sin duda fueron útiles en su momento como llamada de atención, y que seguramente evidencian una aplicación poco reflexiva de un juego demasiado simple; por este camino tendríamos que sustituir todos los genéricos sintéticos, e incluso se nos impediría denominar periodista y periodistas a los profesionales varones, o bien, imitando la jerga de los políticos, nos veríamos obligados a abolir la policía y nombrar en su lugar a los hombres y mujeres que ejercen las labores policiales. Ya no es este el camino, no podemos conformarnos con reformas ligeras, superficiales; hay que exigir estudios más serios y meditados, o bien aplicar con acierto, equidad y simetría el buen sentido de los usuarios en la evolución normal de la lengua.
El igualitarismo lingüístico, cuando excepcionalmente se produce, no garantiza por sí mismo la equiparación social. Ángel López García (1991, 56-57) ha recordado el caso del quechua, lengua indígena hablada en Perú y Ecuador por cerca de diez millones de hablantes, en la que la estructura morfológica del género se presenta como claramente igualitaria; o el del goajiro, lengua indígena de Venezuela, donde el femenino es el término genérico. Aunque cueste trabajo comprenderlo, las sociedades correspondientes a tales culturas, en contra de lo que podríamos esperar de semejantes realidades lingüísticas, han sido, sin embargo, absolutamente patriarcales, pues allí «los que mandan, como en el resto del país que sólo habla español, son ellos y no ellas».
La rectificación está, a pesar de todo, en marcha. La sociedad —hasta ahora muy lentamente y con grandes dificultades— va cambiando, tendiendo a un igualitarismo imparable, a la justamente deseada equiparación social y profesional de ambos sexos. La lengua no puede permanecer al margen de la realidad: cambiará igualmente, acaso de manera espectacular y acelerada en un próximo futuro, pues observamos que las circunstancias sociales y las normas culturales se modifican en el tiempo presente con mayor celeridad que en el pasado. En el actual proceso de transición se producirán cambios para modificar los estereotipos masculino y femenino alusivos a los distintos códigos de comunicación de varones y mujeres en la utilización del lenguaje. Deseamos que se aplique en cada caso, prescindiendo de prejuicios conscientes o inconscientes de uno u otro signo, el buen sentido de los hablantes en la dirección de la cooperación más oportuna, exacta y clara.